Oct 11

¿Cómo fue la niñez de Martin Dihigo?

11/10/17

10.00 pm

 

Por el amigo de la peña:

Luis Ramón Campo Yumar

 

 

 

A partir del día 16 de agosto de 1960 el Periódico Hoy publicaba en la columna «Desde el pan de Matanzas» las memorias deportivas de quien fuera cronistas de ese diario: el señor Martín Dihigo. Espero que disfruten las anécdotas de la vida de «El inmortal» contadas por el propio protagonista. Con el deseo de que algún día podamos reunir todas estas crónicas del gran Dihigo, tan buen cronistas como deportista, en un sencillo pero interesante libro, reciban este regalo de sus más sinceros colaboradores de El Observador.

Publicaremos en esta columna «mi vida deportiva» escrita hace ya tiempo. Más está sin escribir lo relativo a la más bella parte de la existencia de cualquier hombre, la niñez. En ella cobra sentido la vida, en esta parte dolorosa el hombre de bien se define, planta su bandera en lo alto y, a partir de entonces, trata de defenderla con todas las fuerzas del alma, con el trabajo y el esfuerzo. Si notamos, toda nuestra vida es como una consagración permanente de nuestros sueños infantiles. Por eso, habrá de disculpárseme pretenda hacer este corto preámbulo, a fin de dar a los lectores algunos elementos con que ellos justifiquen mi posterior vocación. Créanme, lo hago por decir la verdad del pueblo que queremos y podemos expresar, hoy día, todos los cubanos. Sin ningún propósito exhibicionista y personal. Simplemente para mostrar a los jóvenes de hoy, que siempre es posible vencer con tenacidad, trabajo y honrados propósitos, y que la vida del pueblo está hecha de ese modo, sumándose un poco de lágrimas, de protestas, de luchas y —¿por qué no decirlo?— también de risas, de alegría buena…

Alegría produce ver ahora cómo esta Revolución abre sus puertas —las puertas de la vida y de la igualdad—, a los olvidados de antaño. Tierra, salario, pan, casa, diversiones, médico, justicia, dignidad, para quienes antes nunca conocieron esto, pese a ser ellos los constructores de todos los bienes sociales. Del pueblo, de los hombres y los niños del campo, nunca se ocuparon los gobernantes de turno. Por eso nuestros frutos, nuestras alegrías, nuestros triunfos fueron más meritorios, los forjamos con nuestro propio llanto, con solo nuestro dolor, con toda la humanidad, luchando siempre contra el látigo y las tinieblas.

Pero, entremos en materia.

Dice la inscripción, y mis padres lo confirman, que nací en la ciudad de Matanzas. Yo conocí la ciudad solo cuando tuve siete años. Me gustó encontrar una ciudad bellamente trazada, que abanicaban majestuosas palmeras; ver el mar adormecido, lanzar piedrecitas en las aguas transparentes del río Yumurí; y me es capé un momento de mi padres para soñar un poco en el puente tenido sobre el río San Juan que llevaba a Pueblo Nuevo. Sin embargo, yo fui extraño a la Villa, pues, aunque hubiese nacido allí mi infancia estaba arraigada al central «Jesús María», donde con pésimo sueldo mi padre hacía vivir a la familia.

«Jesús María» era entonces un pequeño central azucarero y nosotros lo amábamos como si hubiese sido nuestro. Yo aspiraba un aire tibio en las mañanas, sus tardes luminosas y abiertas, y cuando con los muchachos remontábamos alguna colina suave, podíamos admirar a la distancia otros centrales pequeños de la comarca: «Triunvirato», «Porvenir», «San Cayetano»… Después, lo de siempre, la tierra dulce de la patria pasó a manos extrañas. Los cuatro pequeños centrales fueron destruidos por la Hershey Co. Nosotros tuvimos pena.

Cerca del central está el poblado de Santa Ana, allá el pueblo cabecera: Cidra. Siento aun como un ser vivo la tierra seca y dulce de los caminos que nos llevaron allí, recorriéndoles con pies descalzos de niños sin fortuna.

Don Segundo Botet era el dueño de «Jesús María», para mí, simpático y afable. Es posible se fundara este sentimiento en las «perras gordas» españolas que con buen humor repartía, algunavez, entre los muchachos del batey. Acudíamos diligentes para tender la mano suplicante, ansiosa, flaca… todos los niños, entre ellos «El Negro»: yo.

«Ninín» mi mejor amigo, era hijo del reparador de la vía férrea del central; su casa estaba frente a la mía y todas las tardes iba yo hasta allí para jugar, aprovechar su velocípedo y otros ricos juguetes con los que nosotros los más pobres no podíamos ni soñar. Yo experimentaba sentimientos contradictorios entrando en la casa de mi amigo, llena de luz, muebles y colores; tocaba no sin estremecerme de envidia, los muros de magnífica mampostería. Y cuando volvía a mi pobre casa arrastrando los pies y la mirada, triste de que la vida no fuera para todos igual.

Nuestra casa de guano y yaguas, con su piso de tierra apelmazada, oscura y pobre. Vivíamos hacinados porque solamente disponía de dos habitaciones para abrigar a tres hermanos que éramos entonces, y a nuestros padres.

Mi hermana, en las mañanas ayudaba a mi madre en los haceres domésticos más duros. Mi hermano, salía desde temprano con nuestro padre, portando un filoso machete que con dificultad sostenía. Más, sin su temprano esfuerzo no hubiéramos podido sobrevivir. El trabajo es el pan de los pobres y no podía rehuírsele bajo excusa alguna.

En la tarde, ellos, iban a la escuelita. Mi padre decía que era necesario aprender. Nosotros no entendíamos bien porque aun los trabajadores que leían un poco ganaban mal y vivían miserablemente.

Por eso, yo disfrutaba de mi edad. «El Negro», yo, el más pequeño, no estaba en edad de memorizar lecciones a juicio de la maestra, además aseguraba que mis travesuras habrían de distraer al resto de alumnos.

Entonces mi obligación fue ir a traer el agua a un manantial existente al pie de una loma que sigue el camino para San Ignacio. Iba yo a caballo, le espoleaba y le hacía trotar. Mi sangre ardía y, soñaba ser yo un centauro de la libertad, cabalgando en los llanos sublevados de la patria. Pero estas ansias de niño, estos sueños, mueren luego atropellados por la realidad, y la realidad es siempre la aplastante faena de todos los días.

Algunas veces íbamos al pueblo de Santa Ana; yo prefería cuando otros domingos nos encaminábamos con la familia hasta la finca «Los Mameyes» de Félix Silveira. —¿Qué pasará con Félix?, hace 47 años no lo veo—. Nuestra alegría era más viva aun cuando salíamos hacia el rancho de mi tío Nicolás Llanos, en la loma del «Paraíso». A estas simples cosas se limitaba nuestra dicha.

En 1912 llegaron a mis oídos extrañas confabulaciones. Los nombres de Evaristo Estenoz y de Pedro Ivonet, se murmuraban en los corrillos de trabajadores negros y de los obreros de los centrales; parecía que una esperanza estaba por nacer. Luego, empezaron los negros a huir de los centrales. La Guerra Racista había estallado en Oriente y esa sed de justicia que en todos los rincones de la patria tenía el hombre se hizo sentir. Nos fuimos del central. ¡Cuántas penalidades! Fugas, evasivas, hambre, desvelos, sufrimientos, en fin, todo cuanto cuesta al pueblo acariciar un sueño, lo afrontamos nosotros, y cuando la horrible represión se desató, sufrimos las mismas tribulacionesque perros hambrientos a quienes se les persigue. Las protestas de todos los negros fue efímera en el tiempo, es posible, pero entonces cobramos el sentimiento de ser hombres, capaces de levantar la cabeza, de la manera que no podían hacerlo las bestias de carga.

Volvimos al central, aparentemente vencidos. La verdad, habíamos ganado una fuerza que yo de niño no había conocido jamás. Entonces comprendí el significado de la palabra HOMBRE, y algo así como una llama empezó a agitarse en mi conciencia. En 1913 dejamos definitivamente el central, fue una partida física dolorosa. Más, todo cuanto iluminó los días de la infancia vive desde entonces con nosotros como indeleble recuerdo: «Jesús María», «Santa Ana», «San Francisco de Paula», Cidra, y todos los rincones pintorescos y amigos donde nuestra alma cobró el aliento amado de la piedra, de la tierra laborada por nosotros pero malditamente ajena…

Ha pasado mucho tiempo, tanto que se ha transformado a fuerza de sudor y de lágrimas. Hoy, la tierra no es ajena, los pobres son sus dueños. Ahora podemos volver a aquellos lugares de la infancia, no para temer, ni para llorar, ni para huir; ahora iremos a visitar con el alma sonriente y amplia como los mismos paisajes luminosos de la patria. Y nuestra vida infantil saltará hasta nuestro corazón cansado para decirnos que los sueños se han hecho realidad. Que las palabras «tierra», «justicia», «fraternidad» están encendidas en el corazón de todos los hombres de Cuba, que nuestro pueblo arde patriota, como un fuego eterno.

 

9 comentarios

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  1. Sencillamente fenomenal el trabajo y fenomenal Martín Dihigo, tambien sobre la comparación que se hace en ocasiones con Omar Linares, decir que Martín a los 14 años ya jugaba en la liga juvenil y a los 16 ya estaba en un equipo profesional de su Matanzas natal, eso hace que se acaben las comparaciones, no existe otro cubano que con solamente 16 años haya jugado ya profesionalmente, aunque no sea al máximo nivel del país en ese momento, pero profesional de cualquier tipo es muy duro para un niño de 16 años.

  2. por cosas como esto daimir ..es que difiero a todo aquel que me dice que omar linares fue el mejor pelotero cubano de todos los tiempos …señores MARTIN DIHIGO fue el mejor como pelotero pero tambien en su vida extradeportiva por eso es tan grande su figura y por eso no hay mejor jugador de besibol de cuba que DON MARTIN DIHIGO YA QUE FUE MAS QUE UN PELOTERO UN HOMBRE!!!! ..saludos

    1. Así mismo hermano, a medida que uno va conociendo mas pasajes de la vida del Inmortal se puede apreciar el gran HOMBRE que fue, sin duda alguna para mí el más grande de todos los tiempos cubano, los demás que empiecen del 2do para atrás. Saludos.

    • SIEMPRE NARANJA on 13 octubre, 2017 at 3:52 pm
    • Responder

    Sin palabras pues todo está dicho por mis colegas. Muchas gracias Luis Ramon ….

    Saludos

    • Rafa on 13 octubre, 2017 at 12:57 pm
    • Responder

    Luis Ramón, mi felicitación por mostrarnos esta prosa de nuestro Martin Dihigo. No sabía que el Inmortal escribía tan bien, es un relato que cuando lo empiezas no paras hasta que lo terminas. Una razón más para idolatrar al Maestro. Y en lo personal tu gesto hace oda de Dihigo y de la peña. Felicidades de nuevo.

  3. Grande MD en todas las facetas de su vida…

    • Marcial Segura Beltrán on 12 octubre, 2017 at 8:01 pm
    • Responder

    Más razones para admirar su figura, y más ORGULLO de pertenecer a esta Peña, HONOR A QUIEN HONOR MERECE….Excelsa FIGURA de nuestra Patria….Leyendo la crónica del amigo, encontré muchas cosas en común con Antonio Maceo, otra de las grandes figuras que más admiro de mi Cuba..

    • Valenzuela on 12 octubre, 2017 at 5:40 pm
    • Responder

    Excelente regalo del amigo Luis Ramón, es la primera vez que leo algo escrito por Dihigo, y créanme cuando les digo que si fue grande como pelotero lo fue también como cronista, te lleva de la mano por aquellos campos donde la miseria era el pan de cada día y donde los hombres como el mismo dice ´´ cobramos el sentimiento de ser hombres, capaces de levantar la cabeza, de la manera que no podían hacerlo las bestias de carga´´, yo, que soy un asiduo lector de todo lo relacionado con Martin Dihigo , confieso que cada día me convenzo que muy poco se sobre él , nos hemos acostumbrado a sus números como beisbolista , que no vemos la inmensidad del ser humano que fue, del patriota que llevaba dentro, del cubano que transformo su porvenir a base de sudor y lágrimas, y que las palabras tierra, justicia ,fraternidad y Cuba estaban encendidas en su corazón, le debemos demasiado a Dihigo.

  4. Muchas gracias Luis Ramón por este excelente regalo sobre nuestro MD. Te confieso que hasta ahora este ha sido el que más he disfrutado de él, wooowww, que clase de inteligencia la de Don MD, que clase de léxico, que manera de ver la vida y al cubano. Su pensamiento era tan profundo que hasta político pudiera haber sido si su color de piel fuera otro en los tiempos que vivió. Admiro mucho el pensamiento de MD, por eso lo idolatro tanto, en este articulo se puede apreciar mucho la clase de HOMBRE ( en mayúscula como el mismo la escribió) que fue y por eso estamos muy orgulloso de rescatar su historia, la historia que usted amigo nos está ayudando a mostrar con sus colaboraciones y por eso esta peña siempre le estará agradecida. Un abrazo.

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