ÁFRICA, APUNTES BIOGRÁFICOS.

ÁFRICA, APUNTES BIOGRÁFICOS.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AUTORES: Lic. Martín Francisco Dihigo Reina. Jr. MsC. Teléfono: 43572824 y 43572998.

Carlos Manuel Martínez Goitizolo. cmrinezg@ucf.edu.cu Teléfono: 43572824 (Trabajo) 43572940 (Casa)

María Aurelia Reina Rodríguez, más  conocida como África, nace el 21 de julo de 1908 en el pueblo de Cruces, fue la sexta de los ocho hermanos, cuatro varones y cuatro hembras. Su padre se nombraba José Reina Montero, natural de Cienfuegos e hijo de padres españoles. Su mamá llevaba por nombre: María Luisa Rodríguez Sosa, su lugar de nacimiento fue el entonces municipio de Esperanzas, las dos localidades pertenecían a la antigua provincia de Las Villas. Hoy Esperanza, debido a la última División Político Administrativa ocurrida en el año de 1976, se convirtió  es un barrio del actual municipio de  Ranchuelo. José se desempeñó como barbero en el antiguo central “Hormigueros”. Un fiel seguidor del béisbol en cualquier categoría y lugar, tuvo que conformarse con esto porque como jugador activo,  pasó sin destaque alguno. Sí influyó decisivamente en la inclinación de su hija María Aurelia para que amara este deporte.

Por otra parte, María Luisa era ama de casa y una excelente cocinera con premios familiares por  conocer, con resonante prestigio, todos los secretos de la repostería casera. Esta experiencia la asimiló  de buena gana la futura esposa del Inmortal.  Cruces por su parte fue creado en el año de 1879. En 1852 se conocía como Sabana Ibarra. El primero de enero de 1879 se convirtió en término municipal, el cual formaba parte de la entonces provincia de Santa Clara. Más tarde fue municipio de  desde 1953 hasta 1976, cuando pasa con  esta categoría a la nueva provincia de Cienfuegos, por el orden que tomó la geografía del país en ese año. Se bautizó con el nombre de Cruces porque las primeras viviendas se construyeron en un lugar que llamaban Hato de Cruces  donde se cruzaban los caminos reales de San Agustín, Cienfuegos y Santa Clara.

Este pueblo tuvo un desarrollo económico, social y cultural desde el siglo XIX avanzado, ya que el cultivo de la caña, la producción de azúcar y sus derivados crecieron vertiginosamente sin que el proceso de centralización y concentración de la Industria azucarera, permitiera la inversión extranjera como otros de  zonas cercanas. Este florecimiento económico permitió el desarrollo del  comercio y las construcciones de fábricas, establecimientos y pequeñas producciones   que producían artículo derivados de la industria azucarera. Socialmente la población estaba compuesta por españoles, asiáticos y descendientes de africanos en lo fundamental. Practicaba la segregación por el color de la piel, ya que por el centro del Parque Municipal, que aún lleva el nombre del Apóstol, solo podían pasearse las personas de piel blanca, el resto, por los alrededores. Culturalmente vieron la luz varias luminarias de la literatura como Raúl Aparicio Nogales, José Ángel Buesa; en la música: Richard Egüe, Pepe Olmo, entre otros en la plástica y el deporte. A María Aurelia nunca  le gustó la capital estaba muy apegada a su pueblo.

Cursa su primera enseñanza, como todos los niños de procedencia humilde, en una escuela pública cerca de su casa: “Escuela Nacional  Primaria “Corina Rodríguez”, en la misma que años posteriores lo hiciera la Heroína del Moncada Melba Hernández Rodríguez del Rey. Posteriormente los grados del quinto al sexto, en la Escuela Nacional Carlos Manuel de Céspedes, cuyo Director lo fue Medialdea, maestro de generaciones de crucenses durante su larga vida. Es el autor de la letra del Himno Municipal de Cruces. Aquí se destacó por su participación en las actividades deportivas y culturales, además de figurar entre las mejores estudiantes por sus calificaciones. María Aurelia era inquieta, conversadora y le gustaba la lectura, fundamentalmente los libros de Historia de Cuba; formó parte de coros creados en la escuela, así como de equipos de voleibol. Atesoraba una linda voz, por lo que frecuentemente se apoyaban en ella para cantar en los Actos Cívicos de los viernes.

Alternaba sus vacaciones con viajes a varios lugares de la antigua provincia de Las Villas, casi siempre fue acompañada por sus hermanos, sobre todo Héctor quien nunca faltó a esas visitas a los familiares de Placetas. Se divertía mucho por el contacto que tenía con los parientes de ese municipio, lo que le permitía profundizar en las relaciones con ellos, las cuales mantuvo toda la vida. Siempre atesoró un alto concepto de la familiaridad, el respeto y la voluntad de llevarse bien con sus allegados, amigos y vecinos. Prestar  ayuda al necesitado en cualquier circunstancia, sin mirar si era pobre o rico. Su legado era hacer el bien. En estas reuniones íntimas formaba un dúo con su hermano Héctor que era el deleite de los presentes. Muy raro  que en esos encuentros no les pidieran que cantaran varias canciones cubanas como Veinte Años y Longina. Fue insustituible cuando fungía como voz acompañante.

Realmente sus padres y hermanos no conocen a ciencia cierta de dónde le vino la afición de África con el deporte, especialmente con el béisbol, actividad que dominaba con profundidad, causando el asombro de los allegados por la precisión y dominio de  las estadísticas de los jugadores más destacados en el territorio y a nivel nacional, así como los  resultados más insospechados de los diferentes juegos que se efectuaban diariamente, sin distinción de municipio, provincia o la capital. En aquella época no era común que una mujer le gustara este deporte, primero porque sus reglas y las situaciones que se presentaban en el desarrollo de cada juego no  resultan fáciles para una fémina,  si agregamos el conocimiento profundo de ella en cuanto a los datos, resultaba realmente asombroso: el hecho de ser una señorita de su casa   que solo salía con familiares mayores a diversas tareas propias del hogar, no a la asistencia de un juego de pelota.

Cuentan que la belleza de su rostro motivaba la admiración de los jóvenes y aquellos que no lo eran. Se unía a esas facciones los ojos que eran verdes, muy expresivos, de mirada tan profunda que paraban a cualquiera que intentara pasarse en los elogios por su hermosura. No faltaron quienes la catalogaron de coqueta y vanidosa a lo que ella no le prestó importancia alguna porque en más de una oportunidad, varios de los  hombres, sin respetar a las mujeres que los acompañaban, la piropearon, poniéndola en situación embarazosa. Otros no corrieron igual suerte, debido a que los ubicó en tiempo y lugar por no agradarle las lisonjas mal intencionadas de los ocasionales don Juanes que se encontraba muy a menudo. Su temperamento de genio vivo, el cual le mutaba según la ocasión  que se le presentara, arrancaba de raíz cualquier atrevimiento de quien viniera.

Nunca imaginó María Aurelia ni su familia que la afición, conocimientos y dedicación que le imprimió al deporte de las bolas y los strike le fuera algún día a cambiar completamente el curso de su vida, que en alguna medida influyó en la de sus familiares.  Primeramente porque la joven no podía nunca asistir a todos los juegos que se desarrollaban, aunque fuera de su interés personal, ya que una señorita, tan joven y criada con todos los requerimientos de la disciplina, moral y comportamiento que exigía la sociedad, no podía estar sentada en las gradas de los diferentes estadios para disfrutar de un encuentro por sencillo que pareciera. Mucho menos codearse con todo tipo de individuos a escuchar los gritos, improperios y chabacanería que a raudales se originaban en los estadios en los cuales competían los equipos contrincantes. Sufría cuando la novena de su preferencia no era la ganadora, más aún porque ella conocía bien el porqué se escapaba la victoria.

Idolatraba al equipo del antiguo central azucarero: “Hormigueros” actualmente conocido como “CAI Espartaco” que  tras el proceso de reconvención de la industria azucarera fue demolido.  Situado aproximadamente a 14 kilómetros de la capital provincial de Cienfuegos. Es un batey con una larga tradición deportiva, no solo en la pelota, sino también en otras disciplinas como el boxeo, la lucha libre y la natación.  El rival de   mayor envergadura se nombraba  “Andreíta” que llevó el nombre, antes de su demolición de “”CAI Mal Tiempo” siempre contó con equipos bien formados, con jugadores de experiencia y fogueados en diferentes ligas como la  “Pedro Betancourt”. Los patrocinadores eran dueños de diferentes negocios que manejaban grandes cantidades de dinero que empleaban para mejorar las condiciones de su equipo, renovándolo a menudo, según las circunstancias y exigencias de los rivales que enfrentaron.

La rivalidad llegó a tal punto ante las continuas victorias del equipo del Central “Hormigueros” que los de la otra novena fueron a Matanzas y trajeron nada menos que a un joven negro de 6 pies y 4 pulgadas de estatura, cuyo nombre era: Martín Magdaleno Dihigo Llanos para asegurar la victoria frente a su contrincante. África, conocedora de los principales jugadores de las diferentes ligas y el desenvolvimiento en los juegos más recientes, supo de la calidad del prospecto que trajeron los dirigentes del equipo de “Andreíta” y manifestó que solo con un lanzador de la talla de Martín podrían arrebatarle el triunfo a los de “Hormigueros”. Todavía este lanzador no contaba ni con la más mínima parte de la historia que escribiría años posteriores. Tomó la decisión de no asistir a ese juego porque presentía que su equipo sucumbiría ante los envío de aquel lanzador desconocido para muchos, pero no para ella que seguía las estadísticas de muchos de los jugadores de la época.

Al finalizar el encuentro que tantas expectativas levantó entre los aficionados, el resultado fue precisamente como esperaba África, cayó en cerrado marcador su equipo por lo que quedó pactada la celebración de la victoria por la noche en el municipio de Cruces. Las amistades lograron presentarle a Martín quien se enamoró locamente de aquella mulata de ojos claros y de bellas proporciones a primera vista, quien además, disertaba de béisbol como una conocedora, inusual sobre todo en el sexo femenino. Esta unión duró 45 años ininterrumpido, solo separados por la muerte. No tardaron en contraer  oficialmente matrimonio, el que se hizo por poder, ya que él se hallaba en Estados Unidos jugando. Lo representó en esa delicada y amorosa unión, su futuro cuñado: Héctor Reina, hermano de la novia con el que Dihigo se relacionaba excelentemente.

Cuando finaliza la temporada en los Estados Unidos de Norteamérica, Martín regresa a Cuba para disfrutar de las vacaciones programadas en estos casos y se encuentran los enamorados esposos por primera vez en esta condición, sin ataduras convencionales ni personas que los estuvieses cuidando porque sencillamente eran ya marido y mujer con todas las condiciones espirituales  y  materiales para formalizar una pareja feliz, como realmente fue hasta el fallecimiento del Inmortal. Comienza África a viajar junto a su marido por diferentes países donde  jugaba. Ella lo acompaña y llegaron a México por primera vez,  este lugar se adueñaría para siempre de los corazones  de los recién casados y por contagio de toda la familia que disfrutaron de las descripciones y narraciones que les enviaban, de los buenos momentos que pasaban juntos en el país centro americano y donde su esposo escribiría páginas hermosas en su incursión como jugador de béisbol.

A mediado de la década del 30 sale embarazada de su primer hijo, anhelo que la mantiene ocupada durante todo el día en la preparación de la canastilla que toda madre cree incompleta, ya que todo parece poco para el primogénito. Pero quiere el destino troncharles la felicidad deseada y pierde la gestación a los pocos meses de haberla logrado. De momento el cielo pareció cambiar de color, la sonrisa se escapó de los rostros de los  padres. Pasó momentos de inseguridad, de temor al volver a embarazarse  por el miedo de perder de nuevo otra criatura. Pero sale preñada por segunda ocasión, los temores se acrecientan, la inseguridad y las comparaciones con la anterior. Nace una linda niña que vino a llenar el vacío que dejara el primero que no pudo retener en su vientre. Ahora cuesta trabajo recordar la maldita infección, que en estos tiempos, fuera totalmente curable, sin ni siquiera   hospitalizarse, pero son tiempo en que  la ciencia anda, comparada con la actualidad, en biberones. Esa desgraciada infección se llevó a su niña.

Solo una mujer que ha pasado por esa experiencia sería capaz de imaginarse, sentir e interiorizar  de alguna manera los dolores que castigan a una madre cuando pierde a un hijo, no importa el género, ni la edad, mucho menos el tamaño con que se va eternamente, es una hija y basta con eso.  Nunca los padres estarán preparados psicológicamente para resistir tal pérdida, además son seguidas, una detrás de la otra y no hay reposición posible porque cada una de ellas se añora como única. Llega el año de 1942, ella misma se sorprende embarazada por tercera vez, ha transcurrido poco tiempo, todavía no se ha repuesto del dolor de la ausencia de los anteriores, pero está embarazada nuevamente. Martín decide enviarla con urgencia para Cuba  junto a su familia de cuna; acude a los brazos de María Luisa, la  madre quien la recibe con el corazón palpitante de emoción. El miedo no se ha espantado, pero los suyos le dan toda la confianza necesaria para que se mantenga tranquila y segura.

Nace esta vez un varón que nombra Martín Francisco Dihigo Reina sin ningún problema de salud, fuerte y sano que a los pocos meses comienza a darles alegría a todos en la casa. No padeció de enfermedad alguna en la infancia, ni en la juventud. Jugó pelota en la Ligas Menores de Estados Unidos en la que dio la talla, pero razones como el racismo imperante en los años de 1962, el deseo de ver a su abuela, a su mamá y a Cuba hacen que vuelve para no abandonarla como no fuera a cumplir varias misiones internacionalista por razones de trabajo como profesor de Educación Física en las especialidades de béisbol y baloncesto en la Universidad de Cienfuegos, en aquel entonces con el nombre de Carlos Rafael Rodríguez. En uno de estos viajes, experimentó nostalgia al visitar en México los lugares en los que sus padres vivieron

África poseía las características de entablar amistad con todas las personas que se acercaran a ella, a pesar de su carácter fuerte, era muy afable y educada. De hablar pausado y en tono bajo. No concordaba con las mentiras ni las habladurías por detrás de las personas, enfrentaba los problemas de frente, sin rodeos y cuando algo no le gustaba, lo decía con la tranquilidad más natural del mundo. Sin embargo tuvo el honor de confraternizar con personalidades cubanas de distintas ramas del saber, del arte, la música y el deporte. De  esta manera confraterniza con el  profesor universitario: Salvador García Agüero,  con Carlos Rafael Rodríguez quien fuera Miembro del Buro Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, Calixto García, Asaltante del Cuartel Carlos M. de Céspedes de Bayamo, con Rita Montaner, Bob Canel, reconocido justamente como el mejor comentarista deportivo de  toda una generación.

Era una mujer con un sello muy personal que dominaba de inmediato el ambiente, esta cualidad no reñía con su amable trato. Cuentan que consecuente con sus ideales, en una oportunidad en el Consulado de Cuba en México fue a recoger su pasaporte, iba acompañada por su esposo e hijo. Llamó la atención a las autoridades consulares la claridad de su piel comparada con la de sus acompañantes. Don Martín recogía sin contratiempo los  otros pasaportes, mientras África se puso a leer el suyo, sin hacer decir nada fue directo hacia donde estaba el funcionario y se lo devolvió, inmediatamente le preguntaron que cuál era el problema y respondió en el acto: “Aquí hay un evidente error que no es  con el color del  pelo ni con el de los ojos, sino con el de la piel que en mi caso es mestizo y no blanco.

Odió fervientemente las manifestaciones de racismo por lo inhumano, vanidoso por parte del racista y la autosuficiencia de creerse, por el color de la piel, superior al otro. Quizás los constantes viajes que realizó acompañando a Don Martín a diferentes lugares, en los que se incluye Estados Unidos en una época en que estaba en su apogeo el racismo y la segregación. El propio Martín sufrió en más de una ocasión este flagelo en comentarios y análisis periodísticos por parte de narradores deportivos con inclinaciones racistas. Se leyó en una de las publicaciones periódica de entonces que qué lástima que no fuera blanco, o el otro comentario de que “píntenlo de blanco para llevármelo para mi equipo”. No escapó a leer en más de un establecimiento que no se permitían negro en él o las rechiflas de aficionados que no admitían su calidad como jugador de béisbol. Ella lo sufrió también junto a su hijo.

Toda esas historias y realidades las conoció de primera mano África y las otras, se las contaba el esposo, pero lo inadmisible para ella fue que también su único hijo: Martincito quien jugó en las Ligas Menores, allá por los años 59 y principios de la década del 60, conoció y sufrió de estas vejaciones en más de un Estado, situación que llenó la copa de la tolerancia del vástago y decidió regresar a Cuba para incorporarse como entrenador de los diferentes equipos beisboleros que surgían en los barrios, escuelas  e incipientes academias, en las que faltaban los profesores y entrenadores de experiencias, conocedores de los secretos de este deporte que tanto ama Cuba y ella misma. Se negó a viajar a varios países de los cuales conocía que eran racistas porque  su firme carácter, no iban a soportar tanta humillación pasivamente. Quizás, como el propio Comandante de la Revolución, Juan Almeida Bosque, amó tanto a México porque nunca sintieron ese desagrable flagelo sobre sus personas ni en otros amigos o conocidos.

María Aurelia se destacaba en la cocina, poseía el don de aderezar las comidas con un innegable sabor que la distinguían vivamente de las que cocinaban las otras hermanas y hermanos.  Todo consistía en secretos aprendido de sus antepasados que nunca reveló “Para no perder la importancia” según manifestaba a menudo cuando trataban de acorralarla después de degustar los invitados algunos de sus platos. Además de lo que había aprendido con María Luisa su abuela, también tenía conocimiento de recetas dadas en los centros de estudio en que  se preparó.  En cierta ocasión en que se encontraba invitado a cenar el  fallecido Carlos Rafael Rodríguez por la familia Dihigo-Reina cuando se encontraban en México DF. Surgió una amistosa discusión sobre cómo adobar el Enchilado de Camarones. Don Martín y Carlos Rafael defendían una forma, la cual habían aprendido en Cuba,  África, por su parte, respaldaba otra contraria a la de los dos conocedores, sin embargo demostró que tenía razón y ganó en la porfía: primero porque su receta también era cubana y segundo porque demostró que era como ella decía.

Transcurre la década del cincuenta cuando enfrenta la pérdida  de dos pilares:   su padre y más tarde de su hermano Héctor. El primero a pesar de la rigidez y austeridad de la crianza que se mantenía en los años descritos no impedían la comunicación entre los dos,  el intercambio de pareceres muchas veces contrarios de tópicos como el deporte, la política, la cultura, recetas de reposterías y cocinas gustos que formaban parte de los intereses de su papá. El segundo solo unos meses después, era el hermano confidente,  al que no le guardaba ningún secreto, porque era el del consejo oportuno, seguro y el que estaba siempre al tanto de sus problemas en el más mínimo detalle. Con ese hermano formó pareja de baile en infinidades de  ocasiones, arrancando aplausos en fiestas familiares y cuando lo hacían en el antiguo local de la sociedad de los negros denominada, “Club Moncada”, ya que ambos eran excelentes bailadores de Danzón y de la música cubana en general.

Cuando transcurre los inicios del años de 1963, fallece su madre dolor  que siente en lo más profundo de su ser, no obstante, continúa su labor como ama de casa, atendiendo los quehaceres que surgen día a día en cualquier hogar. Cuentan los vecinos, familiares y amigos  que la visitaban en esos años que África era muy solícita con su madre a la cual no le permitía realizar actividades domésticas por temor a que sufriera un accidente de los tantos que se originan en los domicilios. Este amor era natural y de agradecimiento por la manera en que se comportó María Luisa cuando ella tuvo a su hijo, pero yendo más atrás en los años, por el desvelo que eternamente tuvo para criarla, en momentos en  que la Patria estaba pasando una crisis económica que para llevarse un pedazo de pan a la boca había que trabajar duro y aún así, a veces  no alcanzaba para todos.

Apena repuesta de tanto dolor y ausencias de aquellos que no volverá a ver como antes, en mayo de l971 le toca el turno al compañero de toda la vida, al padre de su hijo, al admirado y reconocido pelotero al cual todos le rinden honores: Don Martín Magdaleno Llanos que brilló como una auténtica estrella e inigualable capacidad de juego, fue coherente con los más sorprendentes adjetivos. Diamante todo nervio y grandeza. Califica como el pelotero más grande de nuestro medio: aquel que por derecho propio esculpiera su nombre en tres ocasiones en el libro de oro de los más destacados jugadores negros  de todos los tiempos. Con orgullo recordemos que en all star, junto a las luminarias de ébano: Jorocón Wilson, Oscar Charleston, entre otros más. Dihigo aparece en ¡tres oportunidades! Como serpentinero y suplente de short y segunda.

Sigue viviendo no se puede dar por vencida porque ahora cuenta con tres nietos pequeñas a los cuales hay que llenarlos de mimos y caricias. Ellos se nombran por ese orden: Bárbara, Martin y David, todavía le quedaba solventar el susto del segundo con una enfermedad, aunque curable, hubo que correr para el médico en más de una oportunidad, cuidarlo en un hospital, estar al tanto de los métodos para las diferentes medicinas como apoyo de su nuera cuando marchaba para la capital para los turnos con el médico del nieto enfermo. Además, la atención de la casa cuando ya los años le pesaban como le pesaban los muertos que tantas alegrías le depararon en años anteriores. Un mal día se le ordena un ingreso en el hospital de Cienfuegos para un chequeo de rutina, dicen los entendidos en la materia, pero inesperadamente la sorprendió un infarto masivo el día 2 de diciembre de 1984.

No se sabe cuántas veces ella  sufría porque creyó que iba a padecer en una cama durante mucho tiempo, dándoles preocupación y ocupación a los familiares, que supuestamente tendrían que atenderla durante todo el día, mientras se quejaban por alguna de las terribles enfermedades conocidas en momentos que tuvo que atender a varios de sus familiares por largo tiempo. Entonces María Aurelia Reina Rodríguez, la África del cariño, de los conocidos, de los amantes del béisbol, de las tertulias mañaneras a la orilla del fogón cuando se esperaba el café, la que amó a Don Martín como él a ella, a su hijo a sus nietos, murió como  pidió  o mejor, como ella quiso para no darles dolores a todos aquellos que la querían, para que no sufriera como le pasó con los suyos, sobre todo sus nietos que la adoraban y seguramente no le perdonarían al destino que se la llevara tan pronto de sus lados porque ella todavía es necesaria.

África Reina quizás no hubiera querido tampoco morir tan joven para luchar junto a los suyos, por sus ideas, por mantener su carácter fuerte, pero afable. De eso supo Don Martín porque no todo fue color de rosa en el béisbol, hubo momentos sublimes. ¡Muchos! pero otros para no recordar, en los que se sintió con  deseos de no volver a jugar. Porque si se  tuviera la dicha de que todo  saliera bien, en perfectas condiciones  toda la vida, esta sería muy aburrida”. Entonces ahí surgía María Aurelia, la que nunca estuvo detrás del hombre, sino a su lado,  la África que todos idolatraban para “meter en cinturas” al Inmortal y darle todo el ánimo del mundo cuando tuvo que  sacarlo de malos momentos, para que comprendiera que cada juego y cada experiencia que se vive en la tierra es única, por eso hay que salir a ganarla con el mejor  espíritu posible como cuando acudía  para acallar el llanto e interrumpir el goteo de las lágrimas de su único hijo: Martincito que sí logró salvarse.

REFERENCIA TESTIMONIAL.

Lic. Martín Francisco Dihigo Reina. Hijo.

Lic. Dolores Adelit Stable. Nuera.

Ing. David Dihigo Adelit. Nieto.

 

AUTORES.

Lic. Martín Francisco Dihigo Reina. Hijo. Licenciado en Cultura Física. Profesor Asistente del Centro Universitario Municipal de  Cruces. Coordinador de la Carrera del mismo nombre. Jubilado reincorporado.

Ms.C. Carlos Manuel Martínez Goitizolo. Profesor Auxiliar y Director del Centro Universitario Municipal  de Cruces.

1 comentario

  1. Cerulia hermano, casi publicamos al mismo tiempo. A penas llegue del trabajo en horario de almuerzo enseguida me puse a publicar el mismo artículo, pues David Dihigo me había llamado por la mañana para decirme que me enviaría la biografía de su abuela para que la publicara y le dije que claro sin pensarlo. Estando en el trabajo la leí desde mi móvil y woowww, muy impresionante la misma. En fin llegue del trabajo sobre las 12 pm como siempre y enseguida sin revisar mas nada en la web porque mi tiempo a esa hora siempre es muy corto la publique, no sabía que tu también la tenias y la habías publicado, ya después hice mi comentario y otros peñistas mas también comentaron en la entrada, por eso no la borre y deje la tuya sola que es 11 minutos mas “vieja” que la mía jeje. Te lo explico para que sepas porque hay dos entradas con el mismo tema, cuando me di cuenta ya estaban los actuales comentarios. Saludos.

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