La última entrevista (inédita) que dio Jesús Guerra

28/12/17
01:54 AM

 

17 de diciembre de 2017. Adonis es ingeniero y lleva horas caminando descalzo desde que salió en la tarde del día antes de su casa en Guanabacoa. No lleva nada, no toma nada, no come nada. Así lo prometió en el recorrido de casi 50 kilómetros de un extremo de La Habana a otro. Sus pies están mugrientos, su pullover morado no soporta una gota más de sudor y su short de saco no para de producirle una comezón insoportable. Empató la tarde con la noche, la noche del 16 con la madrugada del 17.

Es el cuarto año consecutivo que practica el mismo ritual. Se lo debe al viejo Lázaro mientras le mantenga con vida a su madre enferma de cáncer. Adonis, prácticamente desfallecido, llega a Rincón sobre la 1 de la madrugada. Como él, miles de creyentes le profesan veneración in situ a Babalú, de mil maneras desgarradoras.

17 de diciembre de 2017. Es la una de la madrugada en una sala del hospital Finlay, conocido como Hospital Militar, en Marianao. Jesús Guerra Hernández tiene 69 años y siente que se le apaga la vida. Al igual que la madre de Adonis, tiene cáncer. Su hijo, que también se llama Jesús e igual que su padre fue pelotero, pitcher los dos para más señas, le sostiene la mano y le pide que no se muera. Puede que ambos no sean creyentes, o probablemente sí, quién sabe, por lo que los dos podrían estar pidiéndole internamente al viejo Lázaro que en esa sala no muriera nadie. Al menos no ese día, 17 de diciembre.

Exactamente cinco minutos después, a la 1.05 de la madrugada, Jesús Guerra moría, a la vez que, en la periferia habanera, Adonis le prendía una vela a San Lázaro en la Iglesia de Rincón. Rezaba, le agradecía y lanzaba la promesa cíclica. Se despedía luego, para llegar a Guanabacoa y abrazar a su madre con cáncer, pero viva.

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Lamentablemente, este fue el prólogo menos deseado de la entrevista que me diera varios días antes de su fallecimiento el pinareño Jesús Guerra, el formador de lanzadores que, al igual que él, terminaron siendo estrellas. Su salud se veía desmejorada, aunque el viejo Guerra todavía conservaba esa voz de locutor y el catálogo de anécdotas y conocimientos que nunca pensó en llevarse.

La noticia de su muerte rápidamente terminó siendo muy dolorosa. De qué otra forma puede ser, si hacía pocos días lo tenía frente a mí, de pie, ocupando espacio de la grabadora digital con todas las respuestas precisas a todas las preguntas que yo le hacía. Su entrevista quería sacarla más adelante, para los primeros meses de 2018, sin embargo, Guerra no me lo permitió, no sin antes luchar sin piedad contra su enfermedad, como lo hizo 14 veces ante Vinent y lo derrotó en diez ocasiones. Solo que ahora, desgraciadamente, ni su repertorio envidiable, ni su control casi perfecto, ni su mesura sobre la tabla de lanzar fueron suficientes para ganar el juego de su vida.

Aquí les dejo la entrevista del 26 de Vueltabajo, lo más seguro la última que diera en vida ese hombre que sentó cátedra en el beisbol cubano desde la posición de atleta y de entrenador; que jamás tocó la arenilla de la derrota en eventos internacionales a la vez que ganaba 22 partidos; el profesor por excelencia de Contreras, Vera y Lazo; el Guerra que murió dando guerra y que como pelotero ganaba partidos masticando aspirinas, porque su codo no podía más y el dolor lo enloquecía.

“Como todo muchacho de mi campo, empecé en las vegas de tabaco y después pasé a los juveniles. Fui al Ateneo Deportivo de Pinar del Río, lancé un partido e hice el equipo de Vegueros en 1964. En mi paso por las Series Nacionales no puedo pasar por alto a un director como José Miguel Pineda, quien tuvo el arte de aglutinar efectivamente el trabajo realizado por Jorge Fuentes, Charles Díaz, Jorge Hernández, al punto de que convirtió en una familia a un equipo de pelota.

“Me retiré en 1982, luego de mantenerme durante 13 temporadas, en las que gané 114 juegos, perdí 84, tuve la suerte de ser el primer pinareño en lanzar mil entradas, ganar cien partidos en Series Nacionales, dar 30 lechadas y ganarle a los americanos durante una Copa Intercontinental en Cuba. Luego de mí, llegó una constelación de pitchers, Pinar del Río ha aportado 23 lanzadores a la selección nacional contando los últimos”.

¿Qué momentos prefieres poner en primer lugar cuando hablas de tu paso por los equipos pinareños?

 “Ser campeón nacional en aquellos tiempos era lo más grande y lo logré. Yo lanzaba generalmente los juegos inaugurales de cada Serie Nacional y Selectiva, era el abridor de Juegos de Estrellas, tenía muchos duelos memorables con Vinent, 15, 16, 17 innings 1-0, creo que de 14 duelos con él pude salir victorioso en 10, un pitcher fenomenal. Ese primer campeonato que ganamos significó un desborde de personas, desde la entrada de Pinar del Río hasta la calle Real, muy grande ese equipo y una locura lo que vivimos junto al pueblo.

“Aunque no tiene que ver con mis actuaciones como jugador de Pinar del Río, priorizo todos esos años en que trabajé en Santiago de Cuba, Las Tunas, Matanzas y por último cuando vine para Pinar del Río, donde ganamos con Urquiola la Serie 50, no estuve en la 51 ni en la 52, Alfonso me mandó a buscar para la 53 y la ganamos también.

“Son tantas cosas que tengo que agradecerle al beisbol. Ser director de cuatro Academias Provinciales, descubrir y desarrollar a Contreras, Lazo y Vera, contrario a lo que me decían varias personas que no trabajara con ellos, porque uno era muy viejo, el otro muy torpe y el otro muy regado. Sin embargo, ellos son los tres pitchers más grandes que ha dado este país en los últimos 20 años. El último buen lanzador que dio Cuba fue Lazo, de allí para acá, con el respeto de todos los lanzadores, no hay pitchers de ese nivel.

“Yo iba a la preselección nacional y había 20 lanzadores, 17 tiraban más de 90 millas, Carrero, Santana y yo tirábamos 87 u 88 millas, lo que teníamos buen repertorio y buen control. Ahora hay escasos pitchers que sostienen las 90 millas y tienen un repertorio muy pobre.

“Antes que me lo preguntes, te digo que con el equipo Cuba viví momentos inolvidables. El primero de ellos fue vestir las cuatro letras por primera vez en 1974, pues uno sueña y se convence que hay sueños que cuestan mucho convertirlos en realidad. Poco a poco fui creciendo y fui testigo del primer enfrentamiento del beisbol cubano con el japonés, asistí a los Juegos Panamericanos de 1979, a Copas Intercontinentales, a Campeonatos Mundiales, a topes contra profesionales, estuve siete u ocho años en el equipo nacional hasta que mi brazo me falló, recuerdo que el último juego que lancé se lo gané a Habana campo, a Pedroso, el padre de Pedrosito. Me quité la camisa y dije no pitcheo más, terminé.

“Yo masticaba dos aspirinas cuando salía a lanzar y si llegaba al quinto inning masticaba otra. Eso era cada vez que salía, cada cuatro días. Fueron tiempos muy duros, mi brazo me dolía muchísimo y así logré muchas de mis victorias”.

Pero nunca perdiste el tiempo, como tienden a hacer varios deportistas cuando se retiran, y te centraste en tu superación.

“Yo era un guajiro con séptimo grado de escolaridad y me propuse fuertemente superarme, y eso quedó evidenciado en mi matrícula y Licenciatura en la Universidad, que me facilitó tener cinco conferencias editadas, dos libros, participar en cinco Fórums de Ciencia y Técnica, entre otras investigaciones que he presentado con el propósito de contribuir al desarrollo de la pelota.

“Ya te digo, en toda mi experiencia en cuatro provincias conocí a numerosos entrenadores muy capacitados que no están poniendo su talento en la Serie Nacional. Entonces los ves trabajando con atletas lesionados, cuando no debe ser así, el atleta tiene que llegar sano a las manos de los mejores, para que los mejores eviten que se lesionen”.

Cuando me hablabas de tus mejores momentos con la selección nacional, saltamos de palo para rumba, y no tocamos esa Copa Intercontinental de La Habana 1979 que mucho significó para ti.

 “Omisión imperdonable —sonríe. Ese evento me marcó, como también lo hicieron el Panamericano de Puerto Rico, el Mundial de Japón, yo nunca picheaba contra los equipos flojos, Vinent era el primer lanzador y yo el segundo y primer relevo. Fue en la Copa, aquí en Cuba, que le ganamos a los americanos, pues Vinent abre y explota en el cuarto inning, donde entré yo y resolví el problema y luego nos impusimos.

“En ese evento tuve un encuentro con Fidel que me marcó para toda la vida. Al terminar los entrenamientos, me llamó en el sótano del Latino y me preguntó cómo me sentía y si le podía ganar a los americanos ese juego importante. Le respondí que estaba preparado para eso, él me dice que no podía amilanarme ante situaciones complejas y le respondo que él nos había enseñado a no rendirnos en momentos difíciles”.

¿Qué factores consideras que han repercutido en que la salud del pitcheo cubano hoy esté tan crítica?

 “Supongo que hay que mejorar la selección de talentos. Hay que ir a buscar a los atletas, como si es en el medio del monte, porque existen, yo aprendí eso del viejo Pando, que había que salir a ver a los guajiros jugar. También hay que trabajar fuerte la parte técnica, hablamos mucho del repertorio y no hablamos de control. Para qué yo quiero cinco lanzamientos si no domino ninguno, además, queremos que un muchacho de 15 años tire nudillo, sin dominar la recta, ¿qué cosa es eso? Domina primero tu recta, tu curva, y algo que se ha perdido en Cuba, el cambio de velocidad, que son los lanzamientos básicos. Junto a todo eso, mucho trabajo y mucha calma, que lo demás sale solo”.

¿Cómo es posible descubrir a uno de los mejores lanzadores de Cuba viéndolo jugar en la tercera base?

“Estoy viendo un juego entre dos CPA y en el octavo capítulo dan un roletazo por tercera, le da en la rodilla la bola y se aleja a casi un metro. Entonces, desde el suelo tiró a primera y dije coño, que brazo tiene esa tercera de Sandino. Se acabó el juego y fui a hablar con el muchachón y me dijo que había terminado el tecnológico de Agricultura y que estaba sin trabajo, y le pedí hablar con su padre. Eso fue un domingo y el miércoles hablé con su viejo, mientras su hijo sacaba boniatos en un surco.

“Lo traje para Pinar del Río y fue así que descubrí a José Ariel Contreras. A Lazo lo botaron de la EIDE con 13 años y un día me fue a buscar al Capitán San Luis. Me dijeron que no cogiera a ese muchacho que era el diablo, cuando le hice la prueba 91 millas. Entonces dije a este me lo llevo yo, no me importa que sea el diablo o la candela. Pero todo eso sale con trabajo y paciencia”.

¿Dispuesto a regresar si te llaman?

“Claro que sí, siempre y cuando exista una seriedad determinada en lo que se va a hacer, aporto la experiencia y mis conocimientos, con amor, mucho amor”. (RCD)

 

Tomado de: Cronodeportesonline

1 comentario

    • El Loko en 28 diciembre, 2017 a las 8:01 pm
    • Responder

    Tremendo pitcher, yo recuerdo esos dos juegos contra Estados Unidos en la Copa Intercontinental de Cuba, porque se jugó en toda la isla y el primer juego fue asi, como relata Jesús Guerra, con Vinent de abridor y relevando Guerra, pero en el segundo juego, abre Jesús Guerra y releva Braudilio Vinent, un juego quedó 7-4, ahora no recuerdo cual fue..ese equipo de USA tenía a Terry Francona, Joe Carter, Pat Dobson y Ken Dailey, luego de gran desempeño en MLB

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