NBA; LeBron James es la ley en el Este

Colaboración, peñista Rafael Rodríguez

 

Nadie lo había hecho desde los Celtics de Bill Russell (1962-66): LeBron jugará su quinta final seguida tras promediar ante los Hawks 30,2 puntos, 11 rebotes y 9,2 asistencias.

En el noreste de Ohio nada llega regalado. Todo hay que ganárselo. Trabajas para lograr aquello que quieres. Estoy preparado para aceptar el reto. Vuelvo a casa”. Así terminó la carta que LeBron James dictó a Lee Jenkins para anunciar en Sports Illustrated su regreso a Cleveland Cavaliers. Fue el 11 de julio y entonces ya intuíamos que el orden de la NBA iba a volver a reorganizarse en torno a la mudanza del mejor jugador del mundo, cuyas decisiones provocan revoluciones copernicanas, terraformaciones que redefinen las reglas de la liga.

La primera regla en la Conferencia Este dicta que el que quiera llegar a las Finales, tendrá que hacerlo a costa de LeBron James. Si puede. Es el cancerbero, el guardián de las llaves. Es, en realidad, la unidad de medida en la Conferencia débil: el Rey va a jugar su quinta final de la NBA seguida y la sexta en nueve años. En los tres en los que no ha representado al Este (2008, 09 y 10), el equipo que avanzó tuvo que derrotarle en playoffs: dos veces los Celtics del big three, una los Magic de Dwight Howard. Según ese principio básico, Cleveland Cavaliers se convertía automáticamente en Miami Heat: el favorito, la apuesta obvia. Dinero en el banco. Y a 27 de mayo LeBron James está de nuevo en la final de la NBA. No sólo es el mejor del mundo: es una certeza. Para hacerlo ha tenido que exprimirse a unos niveles que apenas se la recordaban en playoffs, donde promedia más de 42 minutos en 172 partidos y casi una década. Ha tenido que ejercer de líder, guía y casi padre en un equipo disfuncional hasta los traspasos navideños (Mozgov, JR Smith, Shumpert); Un proyecto que marchaba 19-20 el 13 de enero, en seria amenaza de ruina. Ha tenido que lidiar con rumores de su mala relación con David Blatt, un recién llegado en términos NBA, y Kevin Love, que se lesionó en primera ronda y dejó el nuevo big three en menos, muy poco tras la tendinitis que persigue a un Kyrie Irving que volvió a jugar en el cuarto partido.

Con todo y contra todo, a martillazos y baloncesto, LeBron ha vuelto a entrar en playoffs en ese formato suyo de montaña de músculos de apariencia imbatible. Y los Cavaliers jugarán su segunda final después de la de 2007 (con él, claro). Y se convierten en el primer equipo desde los Lakers 1982-83 que pasan de tener el número 1 del draft (James Worthy entonces) a jugar las Finales. Y David Blatt ya es el primer entrenador rookie que noquea en playoffs al Entrenador del Año (Budenholzer). Y los Cavs son un grupo unido de personalidades de repente funcionales y coherentes. Gracias a LeBron porque saben con quién juegan y como quién tienen que jugar. Lo dice JR Smith, la mejor metáfora de esa reeducación: “Hasta ahora no ha habido ni debate entre Michael Jordan y el resto. Era una paliza pusieras a quien pusieran en la balanza. Pero ya no es sí o sí Jordan, a partir de ahora hay que meter en el debate a mi chico”. Su chico es LeBron James. Claro. Y su equipo, pese a la lesión de Love y los problemas de Irving, se ha convertido en el tercero que gana su Conferencia con dos derrotas o menos (12-2 en su caso) desde que las tres rondas se juegan a siete partidos (2003). Es la debilidad estructural del Este pero es mucho más que eso. Es LeBron James.

Y bajo la lupa, este es el LeBron que va a jugar las Finales 2015: en playoffs promedia 27,6 puntos, 10, 4 rebotes y 8,3 asistencias por partido. Casi un triple doble, números de Magic Johnson. Se ha quedado a unos minutos más de pista en el cuarto partido (se quedó en 29, con todo resuelto muy pronto) de promediar el primer 30+10+10 de la historia en una eliminatoria. Su firmar final a esta final de Conferencia ante Atlanta Hawks es 30,2 puntos, 10,4 rebotes y 8,3 asistencias. Una monstruosidad que no describe por completo su absoluta y asombrosa incidencia en el juego, su ascendencia casi ritualista sobre compañeros y rivales. LeBron James va a jugar su quinta final seguida y eso es algo que sólo habían hecho hasta ahora ocho jugadores, entre 1962 y 1966, de los Celtics de Bill Russell y Bob Cousy, los dos únicos que como él fueron también All Star en esas cinco temporadas. LeBron, eso sí, es el primero que enlaza esas cinco peleas por el anillo con dos equipos distintos. Los Heat y estos Cavaliers que son ya LeBron, una unión indivisible a partir de la narrativa del hijo pródigo. Vuelta a una casa que era una ruina y a una ciudad que arrastra la mayor historia negra del deporte estadounidense: los Cavaliers no han ganado ningún título en su historia y Cleveland no se ha llevado ninguna gran alegría deportiva desde que los Browns ganaron la NFL en 1964. Por eso aquel “God Hates Cleveland” (Dios odia a Cleveland) de Bill Simmons. Y contra eso, ningún antídoto posible que no sea el propio Dios de la ciudad, LeBron James.

Se jugó (para el 4-0) un partido, claro. Pero apenas. Los Hawks llegaron casi sin vida a la serie, quedaron en la UVI tras el 0-2 de Atlanta y perdieron toda esperanza, ya sin Kyle Korver, con la ultra dolorosa derrota en la prórroga del tercer encuentro, su último asidero a la temporada en la que alcanzaron las 60 victorias, la final del Este y, ahora parece muy lejano, el mejor mes de la historia de la Regular Season: 17-0 en enero, cuando su quinteto al completo fue elegido Jugador del Mes. De ahí a las lesiones y la descomposición por falta de profundidad de un equipo que jugó un baloncesto celestial demasiado lejos de las fechas definitivas, justo cuando aquel 19-20 de los Cavaliers. Al final, de vacaciones tras derrota por 30 puntos, la segunda mayor en la historia de un último partido de final de Conferencia sólo por detrás el +31 con el que ventilaron los Lakers a los Sonics en 1987.

A los Hawks les abandonó su estilo fluido y tan difícil de puro fácil: de un 38% en triples durante la temporada (segunda marca de la NBA) a un 23% en esta eliminatoria, un 26/111 que choca con el 49/123 de los Cavs: 40%. Eso marcó los tres primeros partidos: el cuarto fue una coreografía de despedida, LeBron feliz en el banquillo en el último cuarto y la grada cantando “N-B-A fi-nals”. En 3 minutos el partido estaba 12-4, en 9 24-14 y en 18, 53-33, dentro de un segundo cuarto en el que LeBron firmó 10 puntos (5/8 en tiros) y 3 asistencias: influencia directa en 17 de los 27 puntos de su equipo. Así son las cosas y esta es la ley del Este. Atlanta Hawks ha firmado una temporada colosal y así se recordará en cuanto quede en perspectiva este feo cierre. Pero el billete para la final es para Cleveland Cavaliers por muchas razones pero finalmente por una absolutamente básica. Una certeza tras la redención y la vuelta a casa: Cleveland va a jugar las Finales de la NBA porque tiene a LeBron James. Punto.

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