El dilema de Valido… y el Comandante

10/17/2016

9:24:54 AM

 

Por y en Colaboración con la Peña

osaba

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

 

 

El dilema de Valido… y el Comandante

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

 

–Tira duro.

–No se te ocurra tirar duro.

 

Ahora no hablaré del camarada, militar o padre de familia, solo algunas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. No era difícil escuchar aOwen (ElGallo) Blandino, aquel tercera base de los equipos villareños y del Cuba en los años sesenta: — ¡Qué Valido ni Valido, aquí no hay más Valido que yo! — Después se abrazaban.

   Durante el Primer Llamado del Servicio Militar Obligatorio (1964-1967), me había graduado de machetero. Al finalizar la XI Serie, cuando habíamos comenzado en labores tabacaleras y terminamos tumbando caña, nos llevaron al Central Sanguily, en La Palma. Me vieron cortar y a alguien se le ocurrió una competencia con Valido. Él era un huracán, ni remotamente podía ganarle mocha en mano. Acepté el reto con una condición: el vencedor sería quien primero tumbara y apilara sus cuatro surcos; cayó en la trampa. Salió a la guardarraya un buen tramo delante, yo apenas apuré el paso. Él las tiraba al montón y mis cañas estaban organizadas; en un santiamén las apilé. Valido renunció y tuvimos que ayudarlo con las suyas.

En una temporada había conectado 13 jonrones, abrió esa senda en Vueltabajo, después vendrían los Linares, Casanova, Madera, Peraza, Saavedra y compañía. Más de una vez fue golpeado duro por pelotazos. Conocí de una anécdota parecida en Matanzas, pero viví la que sigue.

Una noche jugaríamos con Industriales en el Latino. Por la tarde pasaban para el comedor Rodolfo Puente, entre los mejores torpederos, el slugger Armando Capiró y el antesalista Germán Águila, quien años después sería un eficiente ampaya. Valido afilaba los spikes en las gradas detrás de home. — ¿Cómo estás Valido? – Preguntó Puente. – Bien. — ¿Qué haces? — El santo me pide sangre y esta noche jodo a alguien aquí. No hubo más.

   El juego avanzó, por los Azules lanzaba Rigoberto Sánchez, conocido por Bulto de Ropa: veloz, grande, colorado, fuerte, peludo, parecía un americano big leaguer;Julio Romero por nosotros. En su segunda vez al bate, Valido recibió un bolazo en la cabeza.Nos asustamos y corrimos hacia él. McDougal, como le decimos algunos por aquel jardinero de los Yankees que jugaba a partirse el alma, se puso de pie, sacudió la osamenta y salió disparado para primera. Bufaba como toro de lidia. Y en la instalación no cabía otra alma. Cuando arribó a la inicial, Marquetti le oyó decir: — Ahora van a ver quién es Valido. — Y una palabrota.

   Al primer lanzamiento se fue para segunda. Habría sido un out seguro, por el perfecto tiro de Lázaro Martínez, mas nuestro hombre llegó como una fiera a la almohadilla y el camarero Ubaldo Álvarez, pelota en mano, se quitó del medio. Siguió para tercera, con Águila sucedió igual. En home lo toreó Lázaro, quien no osó enfrentarlo. El desaforado corredor saltó, pisó la goma limpia con sus spikes bien afilados que pedían sangre, y no tuvo que utilizarlos. Entonces gritó, mirando al lanzador: — ¡Yo soy Valido! A mí hay que respetarme. Ni siquiera los ampayas le llamaron la atención, a fin de cuenta no hubo jugada, en una de las carreras más fáciles que se haya visto. Y la fanaticada azul ardía.

   Años atrás sucedió el hecho que da nombre a este capítulo. El lanzador se llevó las manos a la cabeza cuando vio el disparo desde 350 pies, se quitó la gorra y retumbaron sus palabras: — Esto es increíble. – Eran, aproximadamente las tres de la mañana y el día parecía comenzar en el vacío estadio. Los pocos ojos iban hacia el pitcher. Días fundadores donde se unía la leyenda de las bolas y los strikes, con jugadores de todos los colores, sin mirar por encima del hombro. Madrugada invernal, estrellada, linda para la pelota, si no fuera por la hora, el cansancio acumulado del batallar en el terreno, y la tensión.

   A las dos horas de aquel día se había aparecido el entonces primer ministro Fidel Castro al Latinoamericano, para descargar la jornada sabatina. Venía de inaugurar una presa en Oriente, una vaquería modelo, y una escuelita rural, según confesó.

   Mientras, una voz retumbaba en los albergues: — Arriba muchachos, que llegó el Comandante y vamos a jugar. Fidel Linares preguntó: — ¿Y qué hora es? – Felipito Álvarez respondió rezongando: — ¿Y eso qué importa? Ahí está el Jefe y vamos para allá ¿O tú no quieres ir? – Ni muerto me quedo aquí. — Ya se distinguía la figura del líder de la Revolución triunfante de 1959, que hacía lanzamientos con un traje de Orientales.

A instancias suyas se formaron dos conjuntos, con él alinearon los vueltabajeros Felipe Álvarez en el campo corto, Fidel Linares en el jardín central y Tomás Valido en el derecho, quienes integraban la reserva de Occidentales para la III Serie Nacional. Linares era un establecido. El improvisado team lo dirigía FranciscoChito Quicutis.

   Comenzó. A la altura de la segunda entrada Germán Águila conectó un doblete. Fidel lo miró con cara de pocos amigos, y el bateador con cara de carnero degollado, como pidiendo perdón. El lanzador volvió a mirar las señas del catcher, discrepó y lanzó una recta por el centro de home, quizás un poquito en la esquina de afuera. El hombre madero en mano no la perdonó y disparó un batazo hacia la pradera derecha que parecía remontar a Valido, quien se estiró cuanto pudo para capturar la pelota. Desde la incómoda posición, disparó para la antesala y Germán, que había salido confiado en pisa y corre, fue puesto out. La bola llegó de aire y el umpire lo decretó con toda la fuerza que le permitieron sus pulmones.

   Ni corto ni perezoso, el ilustre lanzador paró el juego y llamó a los integrantes de las dos novenas, alrededor del box. Le apretó el brazo a Valido y preguntó: — Ven acá muchacho, ¿cómo tú te llamas? — Tomás Valido. — ¿De dónde eres? — De Bahía Honda. — ¿Con qué tú tiraste a tercera? – Con el brazo Comandante. – Si los americanos vienen no hace falta darte ningún fusil ni un cañón, yo no había visto un brazo así, tú lo que tienes es un mortero.

   Oyó un par de criterios y alabanzas para el jovencito de veintidós abriles, le hizo múltiples preguntas que respondió como pudo, pidió un bate y se dirigió al home. Entonces comenzó el dilema.

— A ver muchacho, lánzame tú a mí, y tira duro. — Valido, que jamás se había encaramado a un box, no lo pensó dos veces. Tres guardias lo escoltaron. Entonces oyó una voz bien cerca: — No se te ocurra tirarle duro al Comandante, lo puedes golpear. — Así no, te dije que tiraras duro. — Ordenaba el Primer Ministro. — No puedes tirar duro. — Sentenció con decisión el escolta.

   En el dilema más complicado de su carrera, cumplió la orden cercana por temor al dead ball. Cuando el bateador conectó un par de buenas líneas se dirigió al manager: — Oye Quicutis, quiero que me entrenen a este muchacho como pitcher, ese brazo no se puede desperdiciar, a esa velocidad no hay quien le batee. Tú me respondes por eso. El asombrado director, refunfuñón como pocos, cumplió la orden con buena cara… hasta un día: — Valido, a partir de mañana te incorporas al entrenamiento de los lanzadores.

   Así fue, el inexperto comenzó a entrenar durísimo e incorporó el wind upa lo Manuel Alarcón, exagerado. Había que verlo tirar “piedras”. Se agachaba buscando señas que sistemáticamente violaba, acto seguido se incorporaba, giraba sobre los hierros del afilado spike, enseñaba el número y sin mirar lanzaba para la goma. Los jugadores no querían enfrentarlo. Más bases por bolas y pelotazos, que outs. La gente entraba asustada al cajón de bateo, porque dolían de verdad y ponían en peligro sus vidas. Todavía lamenta el que le propinó a su amigo Luis Castro, el hermano mayor de Juanito, ya desaparecido.

Pudo tirar sobre las 98 famosas millas que entonces no se medían, pero no había nacido con vocación de lanzador, ni deseos, ni control, ni asumió la orden como definitiva. Su verdadero oficio estaba patrullando la llanura central, allá donde pocos lograron vencerlo. También donde podía dar rienda suelta al brazo con que la naturaleza lo dotó y el bate deslugger.

   Una tarde, con Pedro Chávez doblado sobre home por un pelotazo, Quicutis lo llamó: — Que me perdone el jefe, pero tú no eres ni serás pitcher, vete para allá atrás y gánate un puesto. — Entonces corrió feliz por el centro del diamante, para grabar su huella por los estadios de Cuba.

(Tomado del libro Un novato en la XI Serie, en proceso de edición, del autor de este trabajo).

1.- Tomás Valido

    3.- Con Julio Romero

4.- Tomás Valido (izquierda) y Apolinar Barrios 2.- Tomás Valido y Alfonso Urquiola

 

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga.

Octubre de 2016.

 

6 comentarios

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    • Ramón García en 17 octubre, 2016 a las 11:55 am
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    Grandes recuerdos y mucha nostalgia me vienen a la memoria con este artículo del profesor Osaba.
    Así que Valido le metió el pié a los industrialistas ? NO conocía esa anécdota.
    Recuerdo perfectamente a Valido, uno de los primeros peloteros de Pinar cuando eran la cenicienta.
    Ese era un gran incentivo que tenían los integrantes del Cuba, Fidel se les aparecía a cualquier hora y con gran frecuencia, aunque fuera a conversar con ellos y los inspiraba. Ahora………Esto también tiene que ver con el estado actual de nuestro deporte en general.
    Con gran placer leo todo lo que me cae del profesor Osaba, y repito que lo considero el más importante historiador actual de nuestra pelota.
    UN saludo

    1. Al igual q yo, aunq comente poco en sus trabajos…Pero q sepa el maestroq q aquí todos apreciamos muchísimo la labor q realiza y todas esa historia q nos cuenta de primera mano…Exquisita la historia sobre Valido…

  1. Como nos tiene acostumbrado el profesor Osaba siempre tiene algo de la historia que no conocemos y por demás interesante e instructivo.

    • Valenzuela en 17 octubre, 2016 a las 2:41 pm
    • Responder

    Así se jugaba la pelota cubana, la pelota de verdad, a demostrar en el terreno lo que se valia, nada de caritas y batecitos al aire, nuestro beisbol está lleno de historias como esa que se están olvidando poco a poco, las gracias al profesor Osaba por rescatarlas, debe haber sido el único lanzador con guardaespaldas al lado, aunque del contrario por supuesto, es verdad que le metió el pie a Industriales ¿ Pero que hicieron los guardaespaldas con el?jejejejejejej. Saludos

  2. Me gustan todos estos relatos y anecdotas, es muy bueno conocerlas. En cuanto al lanzador Rigoberto Sanchez, me parece que los narradores le decian: LIO, Rigoberto Lio Sanchez

    1. No, le decían “Bulto e´ Ropa” (abreviado: el Bulto)…Lo conocí muy bien porq vivíamos cerca en el centro de Gcoa…!Tremendo pitcher y si no se destacó más de lo q lo hizo es porq los Industriales tenía en su época una constelación de estrellas…No estaba muy bien de la cabeza y terminó deambulando por las calles guanabacoenses como esas personas idas del mundo real…Eso sí, nunca le faltó el respeto ni agredió a nadi (hasta donde conozco)…Luego perdí su pista cuando emigré hacia otro municipio…No obstante puedes leer algo sobre su persona en uno de mis Strike! (ni recuerdo el título) dedicado a su memoria …

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