TURÍN — Luis Enrique entregado. Hundido. Derrotado y sin respuesta. Nunca, desde que llegó al banquillo del Barcelona, se había visto esta imagen del entrenador asturiano, quien se puso al frente del desastre, pero, por primera vez, se desmarcó de sus jugadores.

Encarando el final de su etapa en el Camp Nou, la tristeza que transmitió en Turín incluso provocó la necesidad de poner en el escenario que el mismo técnico al que se va a masacrar desde todos los ángulos es el que dirigió a este Barcelona a la eternidad. En un pasado, eso sí, del que nadie se acordará.

Porque este 11 de abril, en el Juventus Stadium, la pesadilla azulgrana fue de época y devolvió la imagen del 14 de febrero en París. Tan distinto todo y tan similar que incluso hubo momentos casi calcados.

Cuadrado estaba, solitario y expectante, en la banda derecha cuando Higuaín le mandó un pase largo al que debió acudir, tarde, Mathieu. El resultado fue su pase, cómodo, atrás para que Dybala marcase el 1-0.

Buffon metió una mano mayúscula a Iniesta e inmediatamente después Mandzukic superó en un centro raso el marcaje de Sergi Roberto para que, otra vez solo, Dybala anotase el 2-0.

Iniesta y Buffon. André Gomes y Trapp. Dybala y Draxler. El fantasma del 14 de febrero se hizo presente en Turín, cuando del posible 1-1 se pasó al terrible 2-0 a manos de una Juventus desatada como aquel PSG que arrolló al Barcelona en el Parque de los Príncipes y que revivió la pesadilla de un equipo entregado a su destino.

Luis Enrique dijo en la sala de prensa que “mañana será otro día”, pero lo hizo después de, por primera vez en tres años, señalar a sus jugadores como nunca había sucedido.

“Hay que poner más intensidad”, vino a decir el entrenador asturiano antes de calificar como “lamentable” la primera mitad de su equipo.

Por más que se responsabilizase “al 101 por ciento” del resultado, al asturiano se le vio por primera vez entregado a la fatalidad. “Ha sido una primera parte nefasta, la hemos regalado y ha sido muy grave”, expresó un Luis Enrique cuya imagen de derrota, de entrega a la fatalidad , hundimiento y rendición nunca se había visto desde que llegó al banquillo del Barça.

Si comenzó el Barcelona el mes de abril en la situación “que queríamos” de acuerdo a sus propias palabras, en apenas doce días y enlazando dos partidos para el olvido (o la reflexión) tiró por la borda media Liga y se quedó colgado de un nuevo e improbable milagro en la Champions.

Y a fin de cuentas, quizá, sea eso lo que derrumbó el ánimo del entrenador. Agotado mentalmente, el asturiano se mostró apesadumbrado y cercano a un final sin la brillantez que sus éxitos globales merecería. Una triste e inesperada despedida.

En el momento de ponerlo todo en la balanza quedará la gloria del triplete en 2015 y de los trofeos conquistados. También, sin embargo, la sensación de que el Barça de Luis Enrique mutó tanto de la idea principal de este equipo que se transformó en una especie de MSN Barcelona.

Y que cuando el tridente no dio más de sí, el colectivo tampoco acudió al rescate. Ese es, probablemente, el mayor dato para la preocupación futura. Recuperar la esencia más íntima del Barça. Para que más allá de Trapp o Buffon, más allá de los milagros y las decepciones, este equipo devuelva la fe.