Me gusta la gente que lucha y no se rinde. Que hace un esfuerzo extra, que es apasionada, que deja lo que hay que dejar para transmitir lo que hay que transmitir. Me gusta la gente que respeta, que escucha antes de hablar, que conoce sus limitaciones y por ende desarrolla hasta el extremo sus fortalezas. Me gusta la gente, también, que sabe dar un paso atrás para que otro se luzca, pero que es oportuna para dar un paso al frente con el fin de que un compañero no se exponga. Se trata, quizás, de la lógica recurrente de dar antes de recibir. De tener la fortaleza mental, la determinación para el acto pequeño y la visión de grandeza para el acto mayúsculo.

Manu Ginóbili sigue adelante y regala enseñanzas noche a noche que exceden el triunfo inmediato. Un profeta que se queda para contarle a los más jóvenes que hay un camino posible que es largo y desgastante, que está repleto de incertidumbres, pero que vale la pena recorrerlo. Porque la grandeza de Manu no tiene que ver con el tapón quirúrgico a James Harden que lo llevó de nuevo, curiosamente y valga el juego de palabras, a ser la tapa de todos los diarios. Tiene que ver con haberse preparado, con la mentalidad de un ganador, con las resignaciones de un monje budista, para ese momento que, quizás, no ocurra nunca. Porque esos son los peligros del deporte, las cosas pueden pasar o no, pero sólo los grandes de verdad tienen la capacidad de ganarle certeza a la duda. Los ganadores dejan todo esperando la oportunidad y entonces sí, cuando sucede, la dulzura derrota a la agriedad. Todo, absolutamente todo, habrá valido la pena.

Y entonces, otra vez, volvemos a ver al escolta de casi 40 años haciendo cosas de un chico de 20, como si la dorsal de su camiseta hiciera un guiño irónico a Cronos, un mensaje directo de que el tiempo, por estas tierras, jamás ha pasado. Esa es la ilusión que enamora, verlo a Manu desplegando su cabellera al viento una vez más, retroceder con él y volver a sentir que todo puede ser posible. Que somos jóvenes de nuevo y que lo que pasa ahora será para siempre. Son personas que nos permiten soñar despiertos, que nos inspiran, que desgarran tejidos invisibles para traer recuerdos guardados de emoción plena. Volver a alguna parte, aunque sea a nosotros mismos. Siempre volver.

Pero el ilusionista, para generar el truco, necesita atravesar miedos y superar resignaciones. Y hay que tener mucho, pero mucho coraje para salir al ruedo, noche a noche, a exponer un legado sin fisuras como el de Manu. Saber que las piernas no responden como antes, que falta explosión pero que hay que reinventarse para seguir en esta caza obsesiva de sueños de básquetbol. Acostarse con dolores, sacrificar tiempo con la familia, tener claro que hay placeres guardados que deben esperar porque todavía hay cosas por decir en un deporte que lo tiene, desde hace años, como una figura imprescindible.

Ya no está Tim Duncan, Tony Parker quedó fuera de acción por lesión, pero queda un viejo loco que avanza de nuevo surcando el río. Uno se pregunta hasta cuándo, pero el sobre que contiene la respuesta continúa vacío. “Manu es uno de los competidores y ganadores más grandes de todos los tiempos. Nos ayudó a hacerlo otra vez hoy”, dijo Gregg Popovich en conferencia de prensa.

Ginóbili, el embajador ilustre de las pequeñas cosas, vuelve a ser gigante. El fuego sagrado se mantiene vivo en sus entrañas.

Y su leyenda, de nuevo, está en boca de todos.