El talentoso, alegre y orgullosamente dominicano Manny Machado es la cara de la nueva identidad de MLB

14-6-17
11:39 PM

 

 

por Tim Keown

Esta historia aparece en la edición de Béisbol Experience de ESPN The Magazine a la venta el 26 de junio.

El béisbol, Dios, qué juego tan brutal. Tan perverso. Hasta sádico, la verdad. cómo se mete bajo tu piel y te hace sentir miserable. Si pasas un rato en un camerino de beisbol uno se empieza a preguntar por qué alguien se pone a jugar esta cosa. A veces parece que todos en este deporte se despiertan cada mañana tratando de decidir si estarán enfadados o amargados. Apropiadamente, la palabra favorita del pelotero es grind, o fajarse, en castellano, como si el hecho de jugar 162 partidos en una temporada fuese el equivalente en el deporte de una expedición polar en el siglo 18. Incluso, los buenos momentos son considerados como engañosos, porque si hay algo que los peloteros conocen sobre el fajarse – o sea, esta dolorosa e infeliz experiencia de pasar seis meses de ir de superficie dura en superficie dura – es su capacidad infinita de hacerles poner los pies sobre la tierra.

Quizás por ello, trabajan tan fuerte para crear la ilusión de la banalidad. El camerino de visitantes en Detroit, por citar un ejemplo, tiene una mesa con cartones de golosinas como Dubble Bubble (tres sabores), platos con Jolly Ranchers, Salvavidas, Big Red, Tootsie Pops y Blow Pops, tres clases distintas de barras de proteínas, dispensadores de ositos Gummi, maní, caramelos y chocolates Reese’s Pieces, cubetas de semillas de girasol en bolsas de tres tamaños distintos. Esto crea la apariencia de la distracción, como la promesa de un dulce luego de ir al pediatra, pero al menos esto hace que el camerino aparente ser un lugar divertido.

Ocasionalmente, sin embargo, una anormalidad cruza estas puertas, un hombre que juega este purgatorio de deporte con felicidad y brillo, un hombre cuya sonrisa no sólo aparece (y aparece frecuentemente), sino que hace erupción. Patrulla una extensa área cerca de la tercera base, un país de maravillas rodeado (apenas) por la segunda base, el jardín izquierdo y el plato. Bajo su camiseta, viste una franela con la frase “¡Ponle acento!” en español. Manny Machado puede ser muchas cosas, pero infeliz no es. Rayos, incluso su nombre, con sus consonantes que aparentan ser un ejercicio de enunciación, suena divertido.

Machado es estrella y símbolo, un dominico-estadounidense de 24 años de edad nativo de Miami que convive entre dos culturas y reside en una tercera. El béisbol está cambiando o quizás, para ser más precisos, está siendo cambiado. Gradualmente y a veces, a regañadientes, la cultura del béisbol está desechando las formas de sus abuelos ceremoniosos. Las estrellas jovenes de este deporte, los Bryant y Lindor, Harper y Arenado e incluso un Trout, tan inhibido él, traen un brillo al béisbol que está borrando aquella represión que se escandaliza con muestras públicas de felicidad y le rinde tributo a aquellos que lo hacen ver tan difícil como sea posible.

Pensamos de una forma que nos hace decir ‘fuera lo viejo y entra lo nuevo'”, dice Machado. “Nos gusta divertirnos, salir y disfrutar. Siempre con una sonrisa en nuestros rostros, jugando el deporte que amamos”.

Machado se mueve con una soltura que coquetea con la elegancia. Sus saltos sin fin y su fluidez inusual han creado hasta leyendas (posiblemente exageradas) sobre su creación. Ha sufrido cirugías idénticas en cada rodilla, una en 2013 y otra en 2014. El manager de los Orioles Buck Showalter afirma: “Estaban tan sueltas que necesitaban ser pegadas, por lo que fue bueno para nosotros que se arreglara las dos cuando era más joven”. Eso significa que la soltura de Machado es tanto fisiológica como de estilo.

“La forma en la que juega… Sin quedarse con nada, no es sólo de él, es ese arrojo que tienen los chicos de Miami”, indica el jardinero central de los Orioles Adam Jones. “Uno lo ve, se sabe que es de Miami”.

“Solo tenemos que divertirnos y salir allá afuera a disfrutar”, dijo Machado. “Siempre con una sonrisa en nuestros rostros, solo jugando el juego que amamos”. THOMAS B. SHEA/USA TODAY SPORTS

Machado pasa aquellos momentos tranquilos en el estadio revisando las tribunas, como si cada una de las caras presentes tuviera información importante que conocer. Debe ser el líder de la liga en arrojar pelotas a los aficionados. Saluda a cada corredor que llega a la tercera, y a algunos a los cuales no llegan, al chocar su guante con la espalda del corredor. Habla con umpires, catchers y cualquiera que lo desee escuchar en dos idiomas.

Machado y el intermedista Jonathan Schoop han sido amigos desde que comenzaron juntos en ligas menores en 2010, y ambos, de forma independiente, apuntan a la foto que cuelga en la sala de entrenamientos, que los muestra celebrando su campeonato en 2011 en el equipo Clase A sencilla en Frederick. Discuten sobre todo y todos: ajedrez, video juegos, fildeo, bateo. Hay días en los cuales se denominan como amigos y otros solo compañeros de equipo. Es un chiste frecuente; un amigo es alguien con quien conversas de todo, incluyendo tus cosas personales, mientras que tu compañero de equipo está ahí solo para jugar béisbol contigo. No es claro dónde están los límites y qué comprenden.

“Hay veces en las cuales a él no le gusta que le diga la verdad”, dice Schoop en un día de primavera en el cual Machado, por razones aún sin especificar, quiere que todos sepan que es día de “Sólo Compañeros”. “Por eso peleamos mucho. Cada día tenemos algo por lo cual discutir. Pelearemos hoy, y a los dos minutos ya estaremos bien”.

Más temprano en el día, sentado en el dugout cuatro horas antes del partido, Machado es acompañado por el catcher Welington Castillo. “El Niiiiii-ño,” Machado le dice al compañero que conoció por primera vez cuando jugaron para República Dominicana en el Clásico Mundial de Béisbol este año. “Es mi chico, este que está aquí. Dice la verdad, me mantiene con los pies en la tierra”.

<p”¿es eso=”” difícil?”,=”” le=”” pregunto=”” a=”” castillo.<=”” p=””>”Un poquito”, me dice, entre risas.

Todo esto nos indica: Machado no es, de acuerdo a cualquier definición racional, ser uno de aquellos peloteros que se faja. Aunque esto es engañoso. Indique esto a cualquiera de sus compañeros y dicho compañero le verá con expresión de molestia. Oh, y le dirá en el tono de voz de un gran oráculo, que Machado se faja, y que sugerir lo contrario, o sea, sugerir que juega al béisbol con una felicidad sin preocupaciones que lo hace inmune a los fuertes rigores de la pelota, es cometer un acto de blasfemia que desafía cualquier clasificación. Le trato de preguntar a Jones, otro hombre que parece encontrarse en una relación monógama con la felicidad, que explique la habilidad que tiene Machado de hacer que una dura jugada parezca divertida, y lo mejor que puedo hacer es preguntarle: “¿Crees que juega al béisbol con una facilidad que hace que la gente…”

“¿Le tenga envidia?” interrumpe Jones. “Sí, juega con esa facilidad que hace que la gente le tenga envidia. Cuando hace cualquier jugada, lo hace parecer fácil. Cuando comete un error, si alguien ve esa misma actitud de despreocupación, piensan que no le importa. Pero, 10 minutos antes, vieron una jugada que nadie ha hecho en mucho tiempo. Hay quienes deben trabajar más duro para conseguir las cosas más simples, pero él no tiene que hacerlo”.

No se equivoquen, Machado se faja. Les dirá que él se faja porque es algo que se debe hacer. Se faja en cada partido, cada turno, cada pitcheo. Te fajas o quedas fuera, es tan simple como eso. Quizás sea una carga divertida, pero sigue siendo una carga, y a veces, el divertirse viene con un precio.


BUCK SHOWALTER SE SIENTA en su escritorio en el Oriole Park at Camden Yards mostrándose sumamente perplejo. Ha dirigido a Machado desde que el tercera base llegara a vestir el uniforme de los Orioles hace casi cinco años atrás cuando tenía 20 años y se esperaba que su futuro determinara el destino de la franquicia. Es un protector de Machado. Hace dos años, hizo el paso extraordinario de visitar al gerente general del condominio en el cual Machado vivía con su esposa, Yainee, luego de escuchar que un vecino estaba acosando a Yainee cuando Manny se encontraba fuera de la ciudad. “Esto es algo importante para la ciudad de Baltimore”, Showalter le dijo. El vecino se quedó tranquilo.

Showalter es un hombre paciente, y habla del mundo como alguien que ha visto casi todo y se lo ha quedado para consigo. Sin embargo, no tiene paciencia en el tema de Machado. “Es la clase de chico que quieres ver cruzar tu puerta con tu hija”, dice Showalter. Sacude su cabeza lentamente y hace un guiño. “Hay gente que tiene problemas con él, pero no lo puedo entender. ¿Es acaso porque él hace que todo lo que hace parezca fácil? Tiene cierto brillo en su juego, y hay gente que no quiere oír a alguien decir: “Así no lo hacíamos en nuestra época”. Él aporta algo al béisbol, y hay gente que quisiera opacarlo. ¿Quieren que todos sean iguales? Qué aburrido”.

La vida ocurre en fases. La primera historia que Machado cuenta sobre su vida para nada aburrida parece ser algo… pues… aburrido. Tiene que ver con una cerca. Cuando tenía 5 años de edad, ya el béisbol lo había invadido. Cada día después de la escuela en Hialeah, Florida, Manny pasaba horas lanzando una pelota de tenis contra una pared a las afueras de la casa que compartía con su madre, hermana mayor y su abuelo, nacido en Dominicana. Robaba jonrones ficticios en la puerta al lado del garaje. Cada tarde, cerca de las 4:30 de la tarde, cruzaba la calle para llegar a la casa de sus tíos y esperar a Geovanny Brito estacionar su carro después de trabajar. Cuando tío Gio llegaba a casa, casi siempre entre 5:00 y 5:30 PM, no terminaba de sacar los pies del auto cuando le daba el guante y era saludado con la frase: “Aquí vamos, jefe. Vamos a darle”.

Cuando Manny tenía 9 años, él y su tío Gio caminaban a un parque en el barrio, Machado se ponía de espaldas a la cerca del outfield y su tío le bateaba líneas y roletazos. “Balas a 10 pies de distancia”, dice Machado, moviendo su cabeza. Cada día, Manny regresaba a buscar a su tío, con dos guantes en la mano, un raspón nuevo en su cuerpo, y mayor rapidez en sus manos.

“Así es que uno mejora”, indica Machado. “No dejes que la pelota te golpee. Atrápala o déjala correr. Y si la dejas correr, es cuando dejas de jugar. Así que hay que mantenerse allí.”

Creció en un barrio latino, con amigos latinos, y su primer equipo, en lo que llama una liga de viajes de bajo presupuesto, jugaron juntos por varios años mientras vestían camisetas con un número a la espalda y “Jefes” al frente (“quizás compraron 20 camisetas por $100”, dice Manny), y pantalones de béisbol blancos (“comprados en la ya difunta cadena de tiendas deportivas Sports Authority”).

“Pensábamos que éramos ligamayoristas con nuestra goma de mascar Big League Chew, las barras negras bajo nuestros ojos, teníamos estilo”, dice Machado. “Nos gustaba mostrar emoción, y no hay mucha gente a la cual eso le guste. Éramos en nuestra mayoría latinos, le hablábamos a nuestros padres en español y a nuestros compañeros de equipo en inglés. Nuestros padres se metían en broncas muchas veces. Verdaderas riñas. Hubo unas buenas, y otras muy buenas. OK, unas malas, de verdad. Recuerdo que hubo una con muchos bates presentes. Mucha sangre. Fue muy feo”.

Machado recuerda estas historias a fin de mantenerse humilde y recordar, parece que cuenta esta memoria a fin de decirse: “Siempre nos llevamos bien con los chicos del otro equipo. Después de los partidos, jugábamos partidos de béisbol de dos en dos de béisbol o baloncesto mientras que los adultos seguían discutiendo. Eso es lo que recuerdo”.

Para la época en la cual Machado llegó a la escuela secundaria en 2006, fue comparado con otro famoso miamense de origen dominicano, Alex Rodríguez. En parte debido a su reputación, Machado comenzó a entrenar a los 17 años con jugadores de la Universidad de Miami, incluyendo Yonder Alonso, cuya hermana, Yainee, se convertiría con el tiempo en la esposa de Machado.

“La primera vez que lo conocí era súper delgado, esbelto y con poca consistencia muscular”, dice Alonso, quien ahora juega con los Atléticos de Oakland. “Pensé, ‘necesita comer y entrenar'”. En noviembre, dice Alonso, Machado no podría saltar lo suficiente para poder golpear el tablero en una bandeja de baloncesto. Para febrero, ya podía hacer clavadas. En junio, Baltimore lo seleccionó en el tercer turno del sorteo de 2010.

Machado sería el próximo gran campocorto de los Orioles, excepto que, ocurre, en 2012 los Orioles necesitaban un tercera base, al menos uno mejor que Wilson Betemit, quien cometió 15 errores en 102 partidos. En la segunda campaña completa de Machado en las menores, estando en Doble-A, el instructor viajero Bobby Dickerson se involucró en una misión de operaciones especiales. Su objetivo: hacer de Machado un terecra base sin permitir que nadie, siquiera el propio Machado, supiera lo que estaba ocurriendo. Dickerson consiguió formas creativas de hacer que Machado llegara al estadio temprano. “¿Puedes jugar una posición de hombre?” fue una de sus invitaciones más exitosas. Con el secreto intacto, Dickerson manejó a casa desde Aberdeen, Maryland, y llamó a Showalter. “Él es mejor que todos los que tienes allí ahorita”, dijo, “y sólo ha estado entrenando en esa posición por dos semanas”.

De todos modos, esa proyección fue conservadora. Machado registró un WAR de 1.6 en 51 partidos en esa primera campaña de 2012, duplicando el 0.8 de Betemit en 102 cotejos. Terminó entre los cinco primeros en la votación al Más Valioso de la Liga Americana en las dos últimas temporadas, conectando 35 y 37 cuadrangulares y terminando con WAR de 7.1 y 6.7, respectivamente. Todo ello ha despertado el hacer una nueva clase de proyección: el tamaño de su contrato una vez consiga la agencia libre luego de concluida la temporada 2018. Casi con certeza llegará (o incluso superará) los $400 millones.

“La forma en la que juega… Sin quedarse con nada, no es sólo de él, es ese arrojo que tienen los chicos de Miami. Uno lo ve, se sabe que es de Miami.”

– ADAM JONES

Machado no tanto busca atención, es que su juego la exige. Su swing turbulento se desata como si alguien se arrebata las sábanas de la cama, desde su oído derecho y llegando a su fin cerca de la zona detrás del plato. Al momento que su fluidez termina, uno jura que el bate de 34 pulgadas tiene como 6 pies de largo. Sin embargo, el brillo de Machado es más visible cuando toma el cuadro interior. La forma como ubica su cuerpo al determinar la trayectoria de la pelota y el arco del salto es algo que se acerca al arte. Machado ganó el Guante de Platino en la Liga Americana en 2013, consagrándolo como el mejor jugador defensivo de la Liga y, en Baltimore, donde Brooks Robinson sigue siendo uno de los peloteros más amados de todos los tiempos, ya no es una blasfemia el sugerir que el chico que solía estar de espaldas a la cerca creció para ser el mejor tercera base defensivo de la historia del béisbol.

“Quien quiera que haya sido la persona que le enseñó a atrapar un rodado — mis respetos”, dice Jones. “Por favor, que venga a enseñarle a mis hijos”.

Existe un riesgo en atribuir los rasgos de la personalidad y las cualidades atléticas a la base cultural, pero la tranquilidad de Machado y su carencia de timidez son cosas que él mismo asocia con su crianza inmersa en la cultura latina. A pesar de estar fuertemente arraigado a Miami, Machado no duda en considerarse como pelotero latino y dice estar “100 por ciento” identificado mayormente con compañeros y oponentes latinos. “Hablo con todos, pero la mayoría de las personas con las que comparto son latinas”, dice. “En nuestra mayoría, estamos juntos”. Esta fraternidad es fuerte. En el primer día de su primer viaje en carretera como miembro de los Orioles, un asistente del camerino de los Vigilantes le entregó un plato de comida latina. “Nelson Cruz te envió esto”, dijo. También ocurrió al día siguiente, y en la jornada posterior.

Ese nexo, y el deseo de rendir honor al legado de su familia y la memoria de su abuelo ya fallecido, le hizo tomar la decisión de jugar con República Dominicana en el reciente Clásico Mundial de Béisbol, celebrado en marzo pasado. Lo vio como una oportunidad de aprender más sobre su cultura y jugar de la forma expresiva, llena de celebración y sin complejos que recuerda de niño. “Estábamos ahí celebrando como si estuviéramos en pequeñas ligas”, dice Machado. “La gente nos detesta a veces porque nos gusta divertirnos, sin importar lo que ocurre. Perdemos y nos divertimos. No vamos a cambiar. La generación joven, pues así jugamos. Si vamos a jugar pésimo, pues jugaremos pésimo, pero lo vamos a hacer así. Siempre seremos igual, sin importar lo que ocurra”.


Cualquier transgresión que cometa Machado hoy traerá a la memoria los recuerdos de su explosión de ira hace tres años en una serie ante Oakland. EVAN HABEEB/USA TODAY SPORTS

QUIZÁS ESTE SEA el momento apropiado para cruzar el río de los pasados pecados de Machado. Ha transgredido varias normas del famoso código, o “librito” de reglas no escritas en el béisbol: trotes lentos tras un jonrón, lenguaje corporal mal interpretado, y otros delitos menores reales o inferidos, de acuerdo a normas vagas y poco conocidas de dicho “librito”. La capacidad de ofensa dentro del béisbol, después de 150 años, sigue sorprendiendo.

Cualquier transgresión, bien sea por acción u omisión, siempre traerá recuerdos de aquella explosión de hace tres años en una serie contra Oakland, cuando Machado se ofendió por un supuesto toque o “tag” muy duro por parte de Josh Donaldson y lo hizo tomar la actitud de “perro caliente” (en el vocabulario particular del béisbol) que incluyó el golpear al catcher Derek Norris con dos swings y, luego de casi ser golpeado dos veces por pitcheos, el arrojar su bate hacia el tercera base Alberto Callaspo.

“Hay cosas que hizo a principios de su carrera por las cuales estoy seguro que no se siente orgulloso”, indica Dickerson, ahora coach de tercera base de los Orioles. “Estando cerca de él, pues yo tampoco me siento orgulloso de eso. Sé que aprendió de esas experiencias. Una de ellas fue lo que pasó con Donaldson, como manejarlo y el poder asumir sus propios errores”.

Durante un partido este abril, Showalter, cabizbajo y con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta, caminó hacia la loma a fin de hacer un cambio de lanzadores luego de una mala cobertura de un toque de bola. Cuando llegó, vio y preguntó, “¿qué pasó con cubrir el toque?”.

Antes que Showalter terminase su frase, Machado respondió: “Sé que la c–ué. La ca–é, pero lo entiendo. No sucederá de nuevo. La explosión quedó en mera molestia. Showalter se mostró indeciso. “Me quedé ahí parado”, dice, “pensando ‘bueno, creo que debería estar molesto'”.

Machado ha madurado, y el béisbol está cambiando. Lentamente, sí, pero sin duda está cambiando a favor de aquellos como Machado, que prefieren celebrar a gruñir. Ambos cambios fueron muy visibles el 21 de abril, cuando Machado se deslizó alto hacia el segunda base de los Medias Rojas de Boston Dustin Pedroia, quien debió abandonar el partido y perder tres cotejos más con una lesión en su rodilla. Machado debió soportar una de las cacerías en busca de justicia más impredecibles de tiempos recientes: una muestra de venganza de dos semanas, en dos ciudades, a mitad del Atlántico, tan sórdida que quizás hizo a los combatientes olvidar sus origenes.

Luego que Chris Sale, en el quinto partido en medio de todo el embrollo, se convirtiera en el segundo lanzador de los Medias Rojas en quedar a centímetros de golpear las rodillas de Machado, con una recta de 98 millas por hora (la quinta bola de rango mayor a 90 millas que Machado esquivó desde su tristemente célebre deslizamiento), Showalter llamó a Machado a la pasarela que conecta al dugout de los Orioles con el camerino.

“Estoy pensando en sacarte del partido”, dijo Showalter. “Los árbitros no te protegerán. El otro equipo está preocupado por tu seguridad. Convénceme del por qué debo mantenerte jugando. Si no puedes, te saco. Házme creer en tí”.

“Estoy bien”, respondió Machado.

“No me convences, Manny. Si te suspenden, le hace daño al equipo. Si caes en la tentación, ganan ellos”.

“No, de verdad”, respondió Machado. “Estoy bien, tranquilo”

Machado tomó una pausa, vio a Showalter y dijo, “pero, si ocurre de nuevo…”

“Si ocurre de nuevo”, dijo Showalter, “me tendrás que golpear, porque todos vamos a salir”.

Tres semanas después, ninguno de los compañeros de Machado quiere hablar sobre el incidente con Boston, y tampoco él. ¿Acaso hay algo más por decir? Además, está en una situación difícil: si se le pide que explique algo al respecto, no sabe cómo se tomará dicha explicación, o como responderán aquellos que tienen el famoso “código” en un cofre de oro consigo. Las consecuencias son importantes. Machado, quien expuso una vez más otro aspecto del “librito” vacío y arcaico, se convirtió en una persona por la cual sentir simpatía. La respuesta al supuesto delito de Machado por parte de los Medias Rojas fue tan absurda que no hubo forma de defenderla.

“Uno tiene una oportunidad”, dice Machado. “Una oportunidad. Eso es lo que tienes. No puedes seguir adelante buscando cortar cabezas. Entiendo la situación. Comprendo que Pedroia es el mejor jugador en ese equipo, entiendo que hay que golpearme. Está bien. Golpéenme, supérenlo, golpéenme en el sitio apropiado, tomo primera base y seguiremos jugando pelota”.

Todo es un drama falso, dice Showalter. Un pitcher lanza adentro un envío quebrado y los aficionados responden de forma tal que el bateador piensa que debe mostrar enfado, y uno de los lanzadores del equipo de dicho bateador podría decidir tomar represalias. Se asemeja a un paciente cuando se le pregunta ‘¿Te duele esto?’ tantas veces que al final responde, ‘pues, sí, creo'”.

“Tengo una pregunta para todos ellos”, dice. “¿Qué tan hombres se sienten cuando están parados en la loma y alguien cae en la caja de bateo con sangre saliendo de sus oídos?”


A medida que Machado ha ido madurando, el béisbol también ha ido cambiando — lentamente, sí, pero sin duda en favor de aquellos que, como Machado, prefieren celebrar que gruñir. GAIL BURTON/AP PHOTO

ESCRIBE LAS iniciales de su abuelo frente a la tercera base, pareciendo un artista firmando su obra. FN, por Francisco Núñez, quien falleció en 2009 antes que pudiera ver a su nieto unirse a una generación de peloteros que podría cambiar al béisbol. Núñez podría ver que su nieto tiene un arte puramente expresionista y que el cerebro no cuenta con la capacidad para poderlo asimilar a tanta velocidad. Uno mira suficiente béisbol y ciertas proyecciones comienzan a aparecer en la conciencia, incluyendo una que nos dice que la pelota que se dispara de una pieza de madera de maple a más de 100 millas por hora y salta lejos de la línea antes de llegar a tercera base será un doble por las esquinas.

Aun así, Machado fildeó esa misma pelota, luego que fuera conectada por Russell Martin de Toronto a finales de mayo. Se deslizó por un lado e hizo saltar su cuerpo, como si se deslizara sobre el hielo, para quedar frente al jardín izquierdo y soltar la bola a la segunda para así comenzar una doble matanza. ¿Cómo se puede escribir? Quizás de esta forma: hace surf sobre el terreno. Es el mejor surfista sobre tierra del mundo. Fue precisamente el tipo de jugada que causó que Showalter, a principios de los entrenamientos primaverales, le dijese al nuevo coach de pitcheo Roger McDowell: “Me dejas saber cuándo hayas visto algo que nunca hayas visto antes”. Bajando su cabeza bajo una banca imaginaria en un dugout imaginario, Showalter hace una imitación de la reacción de McDowell tras unas semanas de ver jugar a Machado. Suelta un dedo frente a él. Una vez, dice. Otro dedo, son dos. Otro, ya son tres.

“¿Conocen la frase ‘no intenten esto en casa'”?, dice Showalter. “Así es Manny. Lo que hace en el terreno, pues, no lo intenten hacer en casa”.

Sin embargo, en una noche de miércoles a mediados de mayo, las fuerzas sádicas que rodean al béisbol parecen ganar. Las consecuencias que imponen el jugar este deporte día tras día son casi demasiadas para soportar. La expedición llega a nivel de crisis: no hay comida, ya casi no queda fuego o nada para quemar. El partido termina con Machado siendo ponchado con un swing sospechoso. Los Orioles pierden, la carrera del empate queda esperando remolque. Todos quedan debilitados, casi que aferrándose a las fotos de los seres queridos.

Esta derrota ocurre en medio de un periodo terrible para los Orioles (siete reveses al hilo, 13 en 16 encuentros) y uno hasta peor para Machado, quien pasa por un horrible slump que causará que su promedio de bateo decaiga, llegando a .205 a finales de mayo. Ocurre casi dos semanas después que Dickerson se sentara con Machado y le dijera, “la definición de quién eres es cómo te comportas en tus peores situaciones”.

El camerino está casi vacío. Machado camina cerca de su casillero, con el partido aún metido en su mente, cuando el lanzador Wade Miley llega con un iPad en sus manos.

“No te has ido,” le dice a Machado. “Mira esto.”

Machado se detiene.

“No quiero que te molestes, bro,” dice Miley.

“Pues ya lo estoy”, responde Machado.

No obstante, Machado sonríe. Ahí está su explosión de nuevo. Esto es lo que Alonso, su cuñado, quiere decir cuando expresa: “Manny puede dejar ir las cosas, hombre”. El ponche parece haber ocurrido siglos atrás, y Machado se rie con Miley antes que el lanzador se vaya, ligeramente confundido. Es un pequeño momento, imperceptible entre la interminable miseria del tener que “fajarse” eternamente. Sabe que habrán heridas y gente que dude y que hay aquellos que piensan que el béisbol debe ser gobernado por un antiguo código que es tan inviolable como permanente. Sin embargo, siempre estará esa sonrisa, y la confianza, y el momento de calma para entonar una oración y trazar esas iniciales en el sagrado terreno. Y, siempre habrá otro día para representar esa cultura. Siempre somos los mismos, sin importar lo que ocurra — y eso exige que la felicidad sea algo más que una mera ilusión.

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Tim KeownKeown es escritor senior para ESPN The Magazine y columnista de ESPN.com.

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FUENTE: ESPN Digital

 

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