Comparar épocas parece utópico, y mucho más en el béisbol, pero la sabermetría dice que sí es posible. A través de complejas operaciones matemáticas esa ciencia de análisis deportivo nos ayuda a conformar un Camagüey de Oro, selección que estaría lista para medirse con otras novenas “ideales” del país.

Usted puede coincidir o no con los nombres que aquí se citan, pero sin dudas son imprescindibles que “cabrían” en cualquier convocatoria con la franela de las ocho letras.

Primer bate, left field: Cuando Germán Mesa llegó al equipo nacional Luis Ulacia le cedió la titularidad en el campo corto; pero por su bateo y habilidad al “1” hubo que abrirle otro puesto en los jardines. Impredecible y espectacular, de reacciones supersónicas (recuerden “la palmita”), Ulacia fue el primer bate siempre añorado, quinto con más hits en Series Nacionales, cuarto robador (355) y noveno en anotadas.

Segundo, segunda base: Sergio Quesada. Podrían aspirar a su plaza “Lengüita” Fernández u Orestes Pereda, de la etapa pre Serie Nacional; sin embargo, los números del “6” son tan fantásticos que solo apena que coincidiera en época con tantos intermedistas de calibre. Decimoquinto en indiscutibles, primero en veces al bate, noveno en robadas (284), y a la defensa primero en asistencias (6307). Su bateo por detrás del corredor y pivoteo nada tenía que envidiar a los titulares del Cuba.

Tercero, short stop: Amado Ibáñez. Bateador de líneas, habitual por encima de .300. Desde el equipo Cromo escaló dos veces al Cuba, pasó por el Almendares (donde implantó récord de seis hits en un juego), el Marianao y el Habana. Su desempeño también lo llevó a las menores de Estados Unidos (Minneapolis), los Alijadores de Tampico, León (Nicaragua) y a los Cubans Sugar Kings. Sería fundamental incluirlo como antecesor de los “pesos pesados”.

Cuarto, designado: Sol Miguel Cuevas. Su poder y el estudio del contrario lo convirtieron en el bateador más oportuno de la provincia (impulsaba casi cada cinco veces al bate). Fue un coronador de utopías: 83 jonrones, 16 interferencias y una decena participaciones internacionales, amén de una estela récords –insuperables en su tiempo– que le aseguran la plaza de designado en cualquier llamado a filas.

Quinto, right field: Roberto Ortiz. El “Gigante de Senado”. El pelotero más popular de Cuba antes de 1961, símbolo del Almendares y único con un filme propio. En México llegó al salón gracias a sus 35 partidos en línea bateando de hit,y sus cuatro coronas consecutivas de jonrones y slugging. Conectó más de 200 jonrones en estadios de seis países, jugó seis años en las Ligas Mayores, catorce en las menores y en Cuba se convirtió en el hombre que llenaba el Coloso del Cerro con sus batazos: 63 jonrones y 337 impulsadas (tercero y quinto de por vida, respectivamente).

Sexto, tercera base: Me gusta más como antesalista Vicente Díaz, pero su sobrino Miguel Caldés tiene todas las credenciales. Su trunca carrera dejó en registros 176 jonrones, .472 slugging, bateo de .289 y un .942 defensivo malogrado por incursiones en el short. Impulsó casi cada siete turnos. Tal vez lo más memorable fue aquel descomunal jonrón en los olímpicos de Atlanta ’96.

Séptimo, receptor: Ningún cátcher local combina ofensiva y defensiva. Por encima de Evelio Martínez no creo podamos mencionar siquiera a Pedro Cruz, porque el primero era un jonronero de .300 y frenaba el avance de corredores desde la posición de sentado. Dos veces hizo equipo Cuba, fue reserva del Almendares, campeón profesional con Camagüey y el Habana, y Luque lo llevó a los Pericos de Puebla.

Octavo, center field: En cuanto a competencia para los desplazamientos solo Pedro “Pillo” Díaz puede compararse con el vertientino Sandalio Hernández, quien sí lo supera en potencia de brazo. Además, Sandalio ostentaba una defensa exquisita (.960), con gran capacidad para cubrir terreno y bateo de la media (.265), la mayoría con madera. Hizo seis veces el Cuba a eventos colaterales.

Noveno, primera base: Las esquinas deben ser ofensivas, y en la inicial hay una gran competencia entre Leonel Moa (nuestro mayor jonronero y quinto defensivo en Series Nacionales), Loidel Chapellí (el de más promedio histórico), Daniel Hernández y Felipe Sarduy. Haciendo de tripas corazón me decanto por el último, pues en esta ficticia selección ya hay suficientes jonroneros y hace falta alguien que conecte ambos extremos de la alineación. Sarduy fue un jugador de marcas; entre ellas, la espectacular de 642 lances sin error en 1972 y la de 29 turnos seguidos bateando de hit, en 1969.

Utility: Si queremos un “all around” chocador, ese podría ser Félix “Lengüita” Fernández, la estrella del amateurismo de los años ’30 con el Círculo Militar y Naval. Si se desea un slugger capaz de jugar las nueve posiciones (algo bien exótico) entonces la propuesta es Mario Pérez, el mejor de los ’40.

PITCHEO

Los abridores serían Eliécer Álvarez (de la época antigua, es el de mejor promedio de ganados), Juan Pérez Pérez, Gaspar Legón, Oscar Romero y Gregorio Pérez “Mano Negra”. De la actualidad, incluyo a Vicyohandri Odelín (valorándolo hasta la Serie 50).

Habría apenas un zurdo en las aperturas, Alejandro Eiriz, estelar del Regla, autor de un no hit no run en la Liga Amateur de Cuba.

Tres “ligamayoristas” se ocuparían del relevo: como acomodadores el derecho Eduardo Bauta (New York Mets y Cardenales de San Luis) y el zurdo Rodolfo Arias (Medias Blancas de Chicago); mientras, Oliverio “Baby” Ortiz (Senadores de Washington) tendría a su cargo caminar el último tramo.

Para concluir resta el director técnico. Los más románticos apostarán por Carlos Gómez, campeón con Ganaderos, pero dentro de un equipo tradicionalmente perdedor más de 600 victorias con menos de 470 derrotas lo dicen todo.

Tales dígitos pertenecen a Miguel Borroto, nuestro manager con mejores en las Series Nacionales y en toda la historia beisbolera de la provincia. Bajo su mando Camagüey llegó a siete postemporadas (14 ganados y 24 perdidos), con un subcampeonato, tres terceros lugares y dos cuartas posiciones