MLB; Cuando No Hay Mañana

20/9/17
9:21 pm

 

 

Al observar a los Indios en su histórica racha, quedó claro que lo más sorprendente sobre este equipo no eran las victorias.
by Wright Thompson

Los Indios de Cleveland regresan a casa en medio de la noche, ganadores de 15 partidos consecutivos y contando. El sentimiento dentro del avión se parece al de un ejército o una banda de rock marchando por un continente, exhaustos pero conectados en espíritu: hermanos de armas. Al día siguiente, los jugadores vuelven al trabajo. Una ligera brisa sopla por los pasillos vacíos del estadio, llenos del olor de palomitas de maiz y mantequilla. Los Indios no han perdido durante dos semanas, arrollando durante la etapa cumbre de la temporada y listos para ir a los playoff. Su manager, Terry Francona, va de su casa al estadio en el trayecto de dos cuadras en su scooter, saludando a los policías y otros trabajadores. En el clubhouse, hace natación para ayudar a la circulación en sus piernas, plagadas de lesiones. Se sometió a una cirugía cardiaca dos meses atrás y solo se perdió seis encuentros, siendo hijo de un pelotero profesional y padre de un Marine, curtido en combate.

Un guardia de seguridad de edad avanzada llamado Bill, quien trajo su almuerzo en una bolsita plástica para sándwiches, se sienta en las afueras del clubhouse. Un letrero en las puertas reza la palabra “PRIVADO”. Especifica: nada de esposas, agentes, abogados, solo “miembros varones de la familia inmediata”, indicando que es apropiado para los padres y abuelos, hermanos e hijos. No hay nada en los deportes profesionales que se asemeje a un clubhouse de beisbol. No es un lugar solo para vestirse y desvestirse, es un oponente en un combate de boxeo de sombras, más semejante a una cancha de golf que a un vestidor de fútbol. Los partidos individuales se ganan o pierden en el campo, pero las temporadas se ganas o pierden en las horas interminables que transcurren entre cotejos, 162 partidos en 183 días, una carga tan difícil como cualquier otro aspecto físico de este deporte. Los peloteros son famosos por sus supersticiones y rutinas sin cambios, por hablarle a los bates y orinarse en sus manos, destruir termos y gritarle a los periodistas y entre si mismos. Todas esas cosas son reflejos exteriores de la ansiedad interior que crece día tras día, serie tras serie. En muchas ocasiones, se burlan en público de sus frágiles intentos de imponer orden sobre el caos, silbando al cruzar el cementerio de los sueños rotos del béisbol.

Esto nos trae al altar en la esquina izquierda trasera del clubhouse de los Indios.

La pieza en el centro es una estatua tamaño grande de Jobu, el dios vudú de la película Grandes Ligas, la cual, obviamente, tiene como libreto una rach de triunfos. En las dos temporadas más recientes, ha pasado de tener solo al Jobu principal a incluir dos Jobu mas pequeños. Hay dos cigarros bajo el gran ídolo, y otro está encima de un vaso para tomar tragos pequeños. Alguien ha dejado una muestra de colonia Yves Saint Laurent. Un aficionado envió una patata, y la han colocado fielmente en el altar, el cual es apenas un gabinete de oficina de plástico. Ahora la patata está germinando. Es un poco asquerosa. Hay un pequeño aparato para inciensos que reza “Fiesta en la casa de Napoli” y un paquete de incienso. Hay tres botellas de ron Bacardí para aviones y, a los lados de la estatua, hay dos quintos de ron marca Jobu, el cual sí existe.

Este altar es algo muy astuto, una referencia a la cultura popular, burlándose de la mera idea de una racha, incluso un comentario con respecto al hecho que un grupo de hombres puede poner sus diferencias a un lado en búsqueda de un logro común. Claramente un chiste, ¿verdad? Claro que lo es, porque, ¿qué clase de loco va a crear un altar para un dios pagano de una película? Excepto que… No se le permitió a un canal de televisión local filmarlo. Kipnis mira hacia abajo y nota qué hay una pequeña Post-it con un diseño muy cuidado en su dibujo y que asemeja un tatuaje, dejado sin explicación, en ofrenda a la fuerza que controla las rachas en el béisbol, sea cual sea. El dibujo no estaba allí cuando dejaron Cleveland.

Sonríe.

“Esto es algo nuevo”, afirma.


Francisco Lindor (de pie) le trajo a todo el mundo batas extra grandes de color azul luego de habwer conseguido 18 victorias. 

LOS INDIOS ganaron siete partidos más antes de perder contra los Reales, marcando un récord de 22 triunfos al hilo, superando a equipos de la talla de los Yankees de 1947 y los Cachorros de 1935. Para los peloteros, esta cadena no se siente como una lucha por un puesto en la historia. Siguen sus vidas mundanas día tras día. Llegan temprano, hacen su trabajo, estudian video y leen informes de cazatalentos, se estiran y levantan pesas. Entre partidos, en vez de hablar sobre la seguidilla, hacen la actividad que los peloteros saben hacer mejor.

Matan el tiempo.

Los días se mezclan y se convierten en una jornada interminable, con tres horas de pelota de por medio, antes que los peloteros vuelvan una vez más al clubhouse. En los vestidores a la izquierda de Jobu, dos jugadores hacen un cambio en su fútbol americano de fantasia. Los novatos recién ascendidos buscan la cocina. Otros matan el tiempo jugando dominó o cartas. Hay una mano de solitario a medio jugar en una mesa. El catcher Roberto Pérez está en una épica batalla de Mario Kart con uno de los asistentes del camerino, a los que se les llama cariñosamente como “clubbies”. Pérez grita y se ríe (“Esa fue buena”) cuando a último minuto le vencen. El hijo de Pérez, quien viste el número de su padre al igual que sus sombras negras de ojo, gatea por la habitación. Llega a la esquina y ve a su padre sentado en su puesto, El Niño corre. Se toman de la mano y dejan el clubhouse.

 

Para deleite de sus fanáticos, ningún equipo logró más victorias en fila que los Indios de Cleveland en el 2017.

Los Indios ganaron el viernes: 16 partidos seguidos.

Hay lotes de cartas y mesas de cribbage regadas por el vestidor. Francona tiene una batalla diaria de cribbage en su oficina. Quizás sea el único manager del béisbol que juega a las cartas con sus jugadores. Los Indios adoptaban el antiguo juego, el cual también es muy popular dentro de los submarinos norteamericanos. Es una metáfora apropiada. Verdaderamente, un clubhouse realmente se siente como vivir dentro de un barco de guerra o un autobús de un tour de banda musical. El mundo se mueve a un millón de millas por hora. No obstante, dentro de la burbuja, están solos y aislados. Poco cambia. Hace setenta años, Joe DiMaggio fielmente ordenó media taza de café a un clubbie de los Yankees, costumbre fiel que mantuvo partido tras partido durante toda su carrera, incluyendo la racha de 19 partidos seguidos que él y sus compañeros disfrutaron en 1947. No hay mucha diferencia entre ese mundo y el que hoy ocupan los Indios. La familia de los peloteros sigue fiel a esos códigos de segunda mano.

Ganaron el sábado: Ya son 17.

El jardinero novato Greg Allen es ascendido el 1 de septiembre y se encuentra con los Indios en Detroit; llama por teléfono a su padre, quien sufre de problemas en su espalda, y le informa la noticia. Allen tiene una gran sonrisa y prepara planes para enviarles a sus padres la pelota de su primer imparable. En su nueva vida como profesional, ha permanecido tranquilo, viendo a los veteranos, tratando de entender la cadena de jerarquía y su lugar dentro de ella. En su segundo día en Cleveland, entre los triunfos 15 y 16, le pregunta amablemente a un clubbie por el lugar en el cual podría estacionar su vehículo, en vez de pagar la costosa tarifa diaria de valet parking en el hotel en el cual se hospeda.

“Puedes dejarlo en el estacionamiento de los jugadores y caminar desde ahí”, le dice el hombre.

“Bien, bien”, le contesta Allen, agradecido.

La racha de victorias es más larga que toda su carrera en las Grandes Ligas.

A menos que se les presionara, los Indios no querían hablar de la racha, al menos no durante la misma. Michael F.

Ganaron el domingo: 18 y contando.

Joe Smith y Cody Allen preparan alquileres de vehículos con la secretaria de viajes para un viaje en carretera a California: planifican jugar golf en un día libre. Antes, compraron dos toros para rodeo junto con Bryan Shaw. Shaw se conecta a Internet y compra una pelota autografiada por Ted Williams. Ahora, llega a diario un flujo constante de cajas. La estrella en ascenso Francisco Lindor le compra a todos batas de tamaño grande azules con sus nombres y números en las espaldas. El pitcher Mike Clevinger se compra una chaqueta de tela de jeans muy parecida a algo que se puede conseguir en una cápsula del tiempo de Laurel Canyon de los años 70.

Josh Tomlin y Cody Allen usan botas de vaquero de piel de avestruz que combinan.

 

Ganaron el lunes: 19

Tomlin y Smith discuten con respecto a quién lanza más fuerte. Miran una página web llamada Baseball Savant. Smith apunta a una estadística llamada velocidad percibida.

“Dominaré en eso”, dice.

“Te apuesto a que no me dominas en eso”, responde Tomlin.

Empiezan a decirse cuál es el pitcheo más rápido de cada quien.

“¡He lanzado más fuerte que tú!”, dice un triunfante Tomlin. “¡Significa que puedo lanzar más duro que tú!”

“No, no, no, no, no, no”, responde Smith.

“Tengo que hacer una vaina”, dice Tomlin, entre las risas de ambos. “No tengo tiempo para tonterías contigo”.

El martes, ganaron su partido número 20, con una blanqueada de su as Corey Kluber

Kluber tiene una reputación de ser un robot del béisbol. Sin embargo, dentro del camerino, el hilarante Tomlin hace reír a Kluber, lo cual podría explicar el por qué sus vestidores están uno al lado del otro.

Combinan dos latas casi llenas de Copenhagen en una sola. Se prueban zapatos.

Beben montones y montones de Muscle Milk.

Andrew Miller revisa por Internet las cámaras de seguridad de su hogar en Florida a fin de revisar los daños que pudo haber causado el Huracán Irma. Cambia el canal del televisor y sintoniza el Canal del Tiempo. Llama a su madre, quien evacuó desde la costa oriental de la Florida a su casa de Tampa, y luego evacuó de nuevo hasta Gainesville. Al acercarse la tormenta, piensa con respecto a su anillo de Serie Mundial y su colección de camisetas en su casa. Craig Breslow pasa y mira las imágenes desde Naples, donde vive, y reconoce en la toma de la cámara la calle, muy cercana a su hogar. Miller se preocupa por su anillo.

“¿Dónde está el tuyo?”, pregunta.

“Boston”, responde Breslow.

Los Indios se alzaron con el triunfo el miércoles: No. 21, y rompen el récord de la Liga Americana.

Dentro de su hogar subterráneo, en el nivel bajo del estadio (LL en el botón del ascensor) discuten y se alimentan mutuamente. En un punto, el cerrador Cody Allen felicita al abridor Trevor Bauer. Han vivido hombro con hombro durante meses. Bauer es un amante de la física y el análisis avanzado, y Allen es aficionado por los cinturones de vaquero y los toros de rodeo. Ellos pueden ser más distintos el uno del otro, pero en esta habitación entienden las cosas más importantes para cada quien. Eso es un camerino.

“Buen trabajo, Trevor”, dice Allen. “Estuviste asombroso”.

Hablan con sus familias por teléfono. Hacen crucigramas. Hablan con respecto a la filosofía de empacar para un viaje largo en la carretera.

“Un par de jeans”, dice Allen.

“¡¿Un par de jeans?!”, responde Joe Smith, entre risas.

“¡Me los pongo por dos horas diarias!”, responde Allen.

Los Indios ganan el Jueves. Es el número 22, la mayor cantidad de victorias consecutivas en la historia del béisbol. (Sólo los Gigantes de Nueva York de 1916 tuvieron más juegos sin perder, con 26, y un empate). Después de la hazaña, hacen lo mismo que han hecho durante todo el año. Ese el núcleo nervioso de un camerino, las tres pizarras que le indican a los peloteros dónde estar y cuando. Cada día indica la hora del estiramiento, práctica de bateo, el himno nacional y el primer pitcheo, junto a cualquier otro evento especial. El cronograma les evita distraerse pensando en el futuro o quedarse estancado en el pasado.

Hay yoga a las 2. Capilla a las 3:30. El barbero ya llegó.


“El éxito puede enredarte. A veces piensas, ‘dejo de hacer esto o aquello porque estoy bien´. Se requiere de mucha disciplina mental a fin de mantener un programa, sin importar los resultados.”

– Trevor Bauer

LOS INDIOS HACEN TODO ESTO y más. Sin embargo, lo que no hacen, excepto cuando son interrogados directamente, es hablar de la buena racha, al menos mientras está viva.

“La mentalidad realmente no está inmersa en la racha ganadora”, dice Greg Allen.

“No estamos muy metidos en ella como ustedes”, dice Cody Allen.

El resto de las personas, ciertamente, sí hablan al respecto. Hay analistas que la han denominado la racha más dominante de béisbol que jamás se haya jugado. Comandados por Edwin Encarnación y Carlos Santana, Cleveland ha bateado más jonrones que carreras anotadas por sus oponentes. Kluber y Carlos Carrasco lideran al staff de pitcheo que muestra una efectividad menor a 2.00. Su diferencial de carreras durante los 22 triunfos es mayor que el diferencial de carreras durante toda la temporada pasada, y ese equipo ganó el banderín.

Barrieron a los Orioles y a los Tigres.

Sin embargo, ellos rápidamente afirman que no están tan preocupados por el record.

“No hemos hablado al respecto”, dice Kluber.

“Jugamos buen béisbol”, responde el jardinero Jay Bruce.

Los jugadores siempre están preocupados en evitar cualquier cosa que pueda romper ese delicado equilibrio que han conseguido un día de rutina tras otro. Solo un raro equipo puede ser como los Indios de 2017. El resto de las novenas permitirían que la cadena de triunfos los absorba, incluyendo a los Indios del año pasado. Uno de los peloteros cita a un ex coach de Cleveland, Scott Radinsky, quien lanzó en las Grandes Ligas y fue líder de una banda de punk underground pero importante, siendo una especie de espíritu libre que permite que un camerino funcione bien, buscando un punto medio entre las divas y lo loco.

Siempre dijo que quería jugar con la clase de hombres con los cuales se podía permitir perder.

La misma idea le aplica al ganar.

Los Indios afirman que su seguidilla le trae algo de claridad y respiro. Sin embargo, se niegan a perseguirla, o regodearse en ella, o pretender que tiene un significado o valor propio, distinto a permitirles volver a la postemporada, en la cual quedaron cortos por apenas una carrera el año pasado.

Una racha de triunfos les conlleva atención y presión, la cual continuará existiendo hasta que la chispa que la creó se extinga. Así que, han hablado durante seis meses en tiempo presente, tomando los consejos de su manager, quien condujo 22 conferencias de prensa post partido dando vueltas y evadiendo decir que la racha tiene algún significado. “Ese es el por qué Tito es tan bueno haciendo lo que hace”, dice Allen tras un triunfo, mientrass Penn University y Penn State disputan un partido en un televisor cerca de su vestido. “No importa si ganamos 10 al hilo o perdimos 8 consecutivos, sigue siendo el mismo”.


Como hijo de un ligamayorista, Terry Francona creció en estadios y se siente como en su casa entre los jugadores.

 

AL FONDO Francona se sienta en su oficina tras una imagen de gran tamaño y enmarcada con él de niño, en el dugout de los Indios junto a su padre. Francona es, quizás más que cualquier otro en el béisbol, una creación de este raro y subterráneo mundo del camerino. “Probablemente me sienta aquí más cómodo que en cualquier otro lado”, afirma, gesticulando en señal de mostrar los muros de concreto. “Creo tener ventaja porque crecí acá”.

Varias de sus memorias más tempranas se originaron en los camerinos.

Su padre, el Tito Francona original, jugó para nueve equipos, incluyendo seis campañas con Cleveland. El joven Terry una vez caminó por un parque antes de un partido a fin de poder estrechar la mano de Ted Williams. “Señor Williams”, dijo, “Soy el hijo del señor Francona, y él quiso que yo viniera a saludarle”.

Williams sonrió al niño.

“¡Pues bien, eres un niño muy apuesto!”, respondió. “Quiero que me digas algo, jovencito. ¿Puedes batear?”

Francona vio la forma en la cual los amigos de su padre se trataban entre sí y aprendió también del béisbol. Cada lección que recibió sobre la forma en la cual se comporta un hombre le fue administrada por peloteros. Su sentido del humor, su ética, su código personal, todos fueron formados dentro de un estadio. A los 11 años, Francona pudo ir con su padre por la carretera para una gira por tres ciudades, por Minnesota, Chicago y Kansas City, volando aviones y montado en autobuses, oyendo chistes soeces y llenándose los bolsillos de caramelos del camerino, todos gratis. Su madre lo despachó con un cabello bien arreglado y lo recibió de vuelta todo roído, y disfrutando cada minuto de su experiencia.

“Probablemente fueron los 10 días más divertidos de mi vida”, dijo Francona durante la racha de sus Indios.

Francona ha sido muy feliz durante las últimas semanas, no por el hecho que conduzca a un equipo a hacer historia, sino porque ha estado dentro de un estadio de béisbol. Sentado en su oficina, con una temperatura de 68 grados Fahrenheit, recuerda algo que dijo su antiguo jefe Theo Epstein sobre él. “Ama este deporte”, Epstein le dijo al redactor de béisbol del Boston Globe Dan Shaughnessy. “Físicamente, ama al camerino. Emocionalmente, creo que le gusta el hecho de apartarse del mundo exterior. Hay gente que mantiene una frontera entre su empleo y el resto de su vida. Tito marca una frontera con el mundo real y se dedica por completo al camerino. Adora cada aspecto de lo que representa un camerino”.

Francona sonríe al recordar esa descripción.

“Recuerdo cuando lo leí”, dice Francona. “Dije, rayos, obviamente sabía que Theo es un hombre muy inteligente, pero si iba a ser franco, pues eso se le acerca mucho. Para mí, probablemente este sea mi mundo real. Lo admito”.

El camerino le costó un matrimonio y su salud, y no puede contar con exactitud las noches que ha pasado echado en un sofá en un estadio, bajo una sábana, en soledad. En su oficina en Cleveland, hay un afgano con los colores rojo y azul de los Indios que definitivamente parece que está ahí para algo más que mera decoración. La mayor parte de los días, Francona llega a su oficina temprano, no porque sea un trabajador dedicado, indica, sino porque se siente en casa. El ver un estadio cobrar vida lo hace feliz. El estar sentado en una catedral vacía como Fenway o Wrigley le calma: el pasado y el presente se combinan, las cosas que ve y aquellas que recuerda se combinan. Le gusta la forma en la cual sonaban las pizarras en el viejo Yankee Stadium porque quizás Babe Ruth llegó a oír ese ruido. Ahora, disfruta los lobbies de hoteles, porque le recuerda aquellos tiempos cuando visitaba a su papá en la carretera, dándole a su viejo tiempo de dormir y prepararse para el partido.

Cuando se le pregunta, indicará al menos una superstición.

Hay un amigo suyo, al cual él ha apodado Nube Gris, quien siempre le trae mala suerte.

“No le hablo”, dice Francona. “Sólo por mensaje de texto. Me ha costado un empleo y no voy a dejar que interfiera otra vez”.

La simplicidad es la meta principal a la hora de hacer su existencia. En Boston, pasó la mayor parte de sus temporadas viviendo en un hotel. Para Francona, todos los días son iguales, desde la cantidad de botellas de agua que agrupa en el dugout, la hora de natación que hace y el partido de cribbage que organiza. “Tengo un auto acá que uso tres veces al año”, dice. “Me abrumé un poco. Lo llevo al centro. Conozco a todos los policías. Es Cleveland. Después de los partidos, iré por la calle y me dicen, ‘Oye, buen partido'”.

Apunta a la puerta de su oficina.

“Está estacionado justo aquí, por el pasillo”.

Francona jugó por 10 temporadas en Grandes Ligas y bromea con sus peloteros con respecto a la terrible carrera que tuvo. Sin embargo, jugó con dolor severo y lesiones mediante, siendo un fijador que entiende las esperanzas que todos los peloteros traen consigo al camerino. Entiende las dudas, los miedos, el ego y el pavoneo, y los problemas internos que cada uno de esos elementos intentan resolver. Durante la racha, con cada vez más periodistas apareciéndose en la pequeña sala de entrevistas buscando hablar de la cadena, está más interesado en entender el por qué los Browns dejaron ir a Joe Haden, quien fue a un Pro Bowl, rechaza hablar sobre perseguir récords, habla sobre lo fluida que es una temporada y cómo sólo existe el hoy. Sonríe y asienta cuando la gente sigue haciendo preguntas, como si ellos pensaran que él los evade, en vez de entender que está adhiriéndose a los códigos que aprendió de niño.


El ganar trae consigo presión, pero Corey Kluber lució como un robot asesino durante la racha.

 

LA RACHA DE TRIUNFOS no significará nada entrado octubre. Hace un año, los Indios ganaron 14 al hilo, pasaron la aplanadora con sus oponentes, y aún quedaron a un juego de llevarse la Serie Mundial. Esa derrota en el Juego 7 influyó muchas cosas con miras a la presente campaña, incluyendo los 22 partidos que el equipo ganó de forma consecutiva. Kipnis, el monje del camerino encargado de Jobu, asumió el revés del Clásico de Octubre de una forma más intensa que el resto.

“Se destruyeron muchas cosas”, dice.

Toma una pausa.

“Fui una de ellas”.

Durante el noveno inning del Juego 7, disparó una bola hacia la línea del jardín derecho que cayó en foul. En frente de su vestidor, afirma haber visto esa repetición muchas veces. “Por la fracción de un centímetro”, dice, haciendo una demostración con su mano del ligero cambio de ángulo del bate que hubiese cambiado sus vidas. Su mano no parece moverse. Es una diferencia muy pequeña. “Al mes siguiente estás en tu casa en ropa interior comiendo pizza”, dice, “y estás viendo a (Anthony) Rizzo y a (Kris) Bryant en Saturday Night Live y eres algo así como la piedra en el zapato”.

Cuando la gente ligada al béisbol mira a los Indios, más que preguntarse qué tipo de estadísticas utiliza el equipo a fin de ayudar a sus pitchers a evaluar a sus oponentes, pueden hacerse otra pregunta. ¿Cómo este equipo no permitió que la derrota tan dolorosa y por than poquito el año pasado acabara con esta temporada antes de comenzar?

La respuesta es Francona.

A principios de temporada, el equipo sufrió una amarga resaca. Kluber dice que los titulares tenían lentitud y estaban toscos. Kipnis dice que los partidos no parecían importarles tanto. Francona convocó un raro mítin a principios del verano, sintiendo que su equipo estaba atascado en la amargura de la temporada pasada, sin estar viviendo día a día, rompiendo el código. Los peloteros dicen que las cosas empezaron a cambiar tras la reunión, y la racha de triunfos es el ejemplo más vívido de ello. Hay otros, sin embargo.

La seguidilla del año pasado tuvo significado y afectó la dinámica dentro del camerino de distintas maneras. Todas muy reales. Si la música no sonaba dentro del camerino, alguien diría algo. El ganar cambió el ambiente dentro del equipo y, cuando todo terminó en Toronto, eso es todo lo que podían pensar.

“Eso es lo más impresionante de esta racha”, dice Bauer. “Sales al terreno y no se siente que hay una seguidilla de triunfos en desarrollo. Tuvimos una durante la pasada temporada, la intensidad aumentó y llegamos al punto en el cual nos afectó. Este año se siente totalmente distinto”.

Bauer ha estado viendo a Francona de cerca y considera que la vida de Tito, creciendo dentro de un camerino, y las décadas de experiencia en los mismos como adulto, le han provisto prácticamente de un sexto sentido con respecto a las sutiles dinámicas interpersonales que algunos managers ni siquiera saben que existen.

Ningún equipo ha ganado tantos partidos de forma consecutiva como los Indios de Cleveland en 2017. No obstante, esa no es la manera en la cual desean que esta temporada se recuerde. El octubre pasado les dejó deseando sentir esa felicidad y nerviosismo de nuevo. Casi han podido superar un largo periodo de 183 días.

El hecho que la racha haya terminado es casi un alivio, porque ahora pueden ocuparse de lo realmente importante.

La postemporada arranca en menos de un mes.

“Uno piensa…”, dice Kipnis. Luego inhala profundamente, como si respirara aire puro por primera vez. “…Que estamos de vuelta. Puedes ver cómo estamos jugando. Este equipo lo ha estado esperando. Ves que nos acercamos, y estamos casi de vuelta allí”.

Wright Thompson es redactor senior de ESPN.com y ESPN The Magazine

 

 

 

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