BARCELONA — Leo Messi es esto. La excepcionalidad convertida en rutina. La magnificencia hecha realidad. Es, hoy, lo que fue en su día Michael Jordan el tipo capaz de convertir una pesadilla en un sueño, el jugador definitivo, el que toma la responsabilidad en el momento oportuno. Todo o nada. Es Messi. El legendario 23 enfundado en el 10.

Messi no jugó frente a España y Argentina fue humillada en el Wanda Metropolitano. Messi no fue titular frente al Sevilla… Y el Barça fue un juguete roto en el Sánchez Pizjuán. Hasta que no hizo acto de presencia el ‘10’, el líder no dio señales de vida en su peor partido desde agosto. En cuanto Leo entró en acción, la noche se iluminó en azulgrana, el líder salvó su condición de invicto, y el mundo del fútbol se convenció de quién es el auténtico número uno.

Existe en la retina el recuerdo de un tal Michael Jordan que fue capaz, en su tiempo, de rescatar a los Chicago Bulls cuando más lo necesitaban. Y la figura de aquel tipo sobrenatural aparece hoy reencarnado en Leo Messi. Del 23 al 10, de la NBA al fútbol, el crack argentino ha acabado por convertirse en el deportista capaz de cambiar la dinámica de un partido prácticamente en solitario.

Jordan convirtió a los Chicago Bulls en un equipo de leyenda que conquistó la eternidad bajo su liderazgo en la misma medida que día a día, partido a partido, el Barça transita por esa misma senda de la eternidad. En Sevilla, en el Sánchez Pizjuán, se vivió este sábado un nuevo capítulo de esta maravillosa historia.

Apagado Sergi Roberto, perdido Jordi Alba, ausente Coutinho, incapaz Paulinho, invisible Suárez, soso Dembélé, impotente Rakitic y superado Iniesta, demasiado solo para pretender conducir a un equipo sin alma en el que a Ter Stegen le llegaban oleadas sevillistas ante las que Piqué tenía que multiplicarse para evitar lo inevitable.

Durante cerca de una hora, el Barça ofreció la peor versión de sí mismo. Lento en ataque y descolocado en la creación, pasó como un auténtico fantasma hasta que entró en acción un Messi que se bastó con su sola presencia para cambiar el escenario del juego. El partido, futbolísticamente hablando, no mejoró y hasta se convirtió en un correcalles sin pies ni cabeza… Pero en la anarquía reinó el de siempre.

Leo apareció furioso y en apenas cuatro minutos disfrutó el Barcelona de tres buenas ocasiones para acortar su desventaja, pero le faltó puntería y provocó que el Sevilla entendiese que echarse atrás podía acabar siendo fatal, por lo que dejándole campo para maniobrar, pero evitando verse encerrado, le buscó a la contra en ocasiones inmejorables para convertir su victoria en goleada.

Siendo una locura de ida y vuelta, Messi supo pensar lo justo y necesario para entender la manera exacta. Su efecto intimidatorio fue de tal consideración que cada vez que apareció el juego se aceleró y si en algún momento dio la sensación de que la empresa era imposible, a la que, por fin, conectó un buen remate Luis Suárez, el ‘10’ solventó que era su momento.

RÉCORD Y DEPENDENCIA

¿El Barça depende de Messi? Imposible a estas alturas rechazar la evidencia, en Sevilla se vivió un nuevo capítulo de ello. Ya no era evitar una derrota que en el fondo se entendería intrascendente; era salvar un resultado que llevase al equipo en volandas hacia un récord histórico de la Liga y Messi, Leo, mostró que quería, que quiere, sumar una nueva marca a su libro de récords.

El Sevilla, el equipo al que más veces ha batido en su carrera deportiva el crack argentino, se preguntará qué hizo mal, o no lo suficientemente bien, para conquistar una victoria sonada. Pero la respuesta llega a través, siempre, de un Messi sobresaliente.

Puede, quizá, que en el minuto 86 Leo estuviera ya rendido a la fatalidad de la derrota, pero en el 87, mientras Suárez celebraba corriendo de vuelta su gol ya se revolvió contra todo el líder del ejército azulgrana. Ahí, probablemente, falló el Sevilla. No entendió la necesidad suprema de anular como fuera a Messi y en cuanto tomó un balón en la frontal lo convirtió en el gol definitivo.

Messi. Y nada más. Fue la noche de Messi. La noche en que se demostró ya sin rubor ninguno, que si el Barça sueña con el triplete debe hacerlo a través de su número 10.

La noche en que Argentina debió comprender que el 6-1 del Metropolitano debe convertirse en una anécdota, triste y humillante, pero anécdota a fin de cuentas porque con el líder en el campo nada se entiende imposible.

Un día fue Michael Jordan. Su leyenda es intocable. Como intocable e irrepetible se adivina es la de Leo Messi.