El entrenador y su corona de laureles

 

 

En la comodidad del sillón casero o en la trepidante tribuna del escenario competitivo, incluso frente al ordenador donde el periodista redacta su reseña, todos jugamos a ser un poco el entrenador, incluso hasta llegamos a expresarnos como si tuviéramos tanto o más conocimientos que él.

No trato de exonerarlos del juicio del respetable, sino de ver a estos seres humanos, no solo desde el resultado deportivo, sino en el alcance de su responsabilidad, aun cuando no siempre se salga de la cancha con la corona de laureles.

Quienes guían al deportista pasan más tiempo con él que sus propios familiares y su ascendencia sobre el atleta es considerable. Si el entrenador aconseja comer verduras, en la casa verán con asombro cómo el niño las comienza a pedir, cuando antes las rechazaba, aunque le costara un castigo; las casi súplicas de los padres porque tomen el cuaderno de clases para estudiar y hacer los deberes escolares, desaparecen si el entrenador lo exige; si este dice que no se puede trasnochar, porque el partido del sábado es decisivo, mamá no tendrá la siempre preocupada vigilia hasta pasada la medianoche, porque el joven llegará temprano a descansar.

A buen entendedor… el entrenador es un líder y sus acciones, enseñanzas y conducta tendrán un impacto en las vidas de quienes entrena y dirige, que sobrepasará el ámbito de la competencia. Es por eso que para juzgar o saber cuándo estamos delante de buenos entrenadores, deberíamos ir más allá de triunfos o reveses, hasta divisar atributos menos cuantificables, pero que harían grande a un deportista en el pináculo de su carrera y que inexorablemente pasan por el rol más importante del que dirige el entrenamiento: el educativo.

A partir de que el niño decide, por sus aptitudes y actitudes, iniciarse en el deporte, hay un camino que no lo diferencia de sus semejantes. Será adolescente, joven y adulto, con las características de cada grupo etario, las cuales correrán paralelamente a su formación y desarrollo en el destino que escogió; ese que le demandará grandes sacrificios, exigentes jornadas de preparación y se expondrá en la arena competitiva al juicio del oponente y de cientos de miles de personas en el mundo entero.

Por eso un buen entrenador debe ser por excelencia un motivador; un creador; ha de desarrollar un espacio continuo de intercambio con sus alumnos, que le permita generar un clima de confianza, de comunicación; un formador de valores como el del juego limpio, donde el esfuerzo tiene que ser el detonante del resultado; promover el respeto y las ansias de saber en su pupilo; un desarrollador de firmeza para darle seguridad a su entrenado.

Ha de saber que sus jugadores necesitan prepararse para la medalla de oro, pero también para aprender a creer en sí mismos. Si no es capaz de explicar, de persuadir y convencer mediante resortes pedagógicos, de hacer de ese binomio (entrenador-atleta) un valladar de valores éticos, aparecería la negatividad y la crítica no constructiva, peligrosísima en las edades tempranas. La frase del técnico inglés de fútbol, Jed Davies, es elocuente:  «Los niños necesitan héroes, no críticas».

Con los juveniles y adultos pasa similar. Si el directivo no propicia la escena dialogante, algunos de los miembros del equipo podrían temer dar una opinión y estaría perdiendo un valioso aporte. Un ambiente como ese, por lo general, lleva al fracaso, aunque el entrenador sea muy capaz y sus jugadores muy buenos. En cambio, si no piensa por sus atletas, sino que comparte con ellos las estrategias y los hace participar en la construcción del objetivo, no solo aceleraría su desarrollo, también conseguiría motivarlos y responsabilizarlos con la misión.

En la palestra el deportista es un reflejo de lo aprendido, en el orden ­técnico y táctico, pero también en su proyección humana. Si es admirado u odiado, independiente de ganar o no, será el resultado de la obra del entrenador. Él es quien blinda con rasgos volitivos al gladiador, el que hace que salga el extra, el que lo prepara lo mismo para la victoria que para asumir el revés, el que es capaz de mostrarle, incluso perdiendo el juego, la experiencia para alcanzar el triunfo.

Cualquiera no puede conducir un proceso de entrenamiento y mucho menos si está de cara a la aspiración en una competencia. Como mismo se prepara un atleta, así tiene que hacerlo él. Anatomía, fisiología, bioquímica, biomecánica, crecimiento y desarrollo, estadística, aprendizaje motor, sicología, medicina deportiva, nutrición, sociología y tecnología de la información y comunicación, son ciencias que lo auxilian, pero ninguna de ellas, ni todas juntas, pueden sustituir su principal arma para vencer y preparar para la vida: la de educar.

Se ha llegado a acuñar la frase de que si el equipo gana es porque los jugadores lo hicieron bien y si se pierde es por el director. Sin embargo, no siempre sus dirigidos llegan a campeones, pero si en esa difícil carrera los gana como hombres y mujeres de bien para la sociedad, entonces el entrenador será un eterno ganador.

Tomado de: Granma

 

1 comentario

    • Valenzuela en 11 abril, 2018 a las 6:36 pm
    • Responder

    Todo está muy bonito Oscar, e inclino la cabeza ante esos entrenadores que se ilustran en la Galería de Valores que acompañan este trabajo, pero reseñaste demasiado los valores positivos de los entrenadores, esos entrenadores con esas cualidades casi siempre obtienen su corona de laurel, ¿Pero las cosas negativas de los entrenadores?, ese que te dice que no debes hacer una cosa y sin embargo es el primero en hacerla, el que no tiene método educativo por tal de obtener su corona de laurel, con estos entrenadores puedes tener la seguridad que sus dirigidos nunca llegaran a campeones y el será un eterno perdedor.

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