La posible última entrevista a Fidel Linares

22/05/18
7:27 pm

 

 

Por el profesor y peñista honorífico:

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

 

 

Para Maraña, de un  amigo.

Una breve introducción (I)

 

   Llevo conmigo la amistad de Fidel Linares Rodríguez, (Maraña) para sus allegados. Nuestros primeros encuentros fueron inadvertidos para él. Quien suscribe era uno de los muchachos que corría para verlo jugar con las novenas sanjuaneras en el estadio de las Minas de Matahambre; la más famosa era El Gacho.  Recuerdo que a un antesalista de aquel team, mi tío Rodolfo(IsoEl Clavo Osaba), le fracturó dos dedos con una línea a la velocidad de la luz. Por allí desfilaron jugadores emblemáticos de la talla de Napoleón Reyes, Pedrito Ramos, Luis Zayas, y Eulogio Osorio Patterson, en distintas épocas. Pero siempre descolló la figura de Fidel Linares.

   Serio, callado y jodedor en el mejor sentido de la palabra, era capaz de reunir a su alrededor a un grupo de compañeros para hacer anécdotas con buena parte de la imaginación, ajustadas lo más posible a la realidad. Las adornaba con el ingenio que la vida le dio. Pero había que esperar por los momentos adecuados y respetarlo tanto como él respetaba a los demás. Cualquiera podía acercársele para un consejo o la ayuda inmediata, sin obstáculos; sabía escoger a los amigos.

   Su niñez y juventud las echó entre Galafre, la finca “La Recompensa”, San Juan y Martínez y los terrenos baldíos de pelota a los que tenían acceso los muchachos. La herencia beisbolera no fluyó, como sucedió con sus hijos años después. En su familia no hubo peloteros, aunque el padre y un tío materno la hayan disfrutado. Presumo que aquella mirada inquisitiva, que escudriñaba hasta el infinito, por simple que fuera, lo llevó a incorporar la cultura de la pelota con pasión, sin otros límites que no fueran los derivados de labrar la tierra para el sustento diario.

 

Fidel Linares Rodríguez

 

   Credenciales de la campiña, en muchos de los mejores jugadores. Orestes Miñoso cortaba caña y marabú en el tiempo muerto para el “Central España”, en su finca natal “La Lonja”, perteneciente al Perico matancero. Tiempo después, Tony Oliva recorrió similar camino, vinculado a la tierra familiar, en el arria de bestias y ganado, en la siembra y el desgaste. Así sucedió con el fundador de Los Linares. Tres ejemplos, en un océano de labriegos-peloteros.

   Fidel pasó trabajo para llevar los bates y guantes a sus manos, antes había que aprovechar los pedacitos de tierras arrendadas, con salarios irrisorios; en esencia, una servidumbre que, además, se agradecía, pues la mayoría no disponía de tales “privilegios”. Él no vaciló, su vida tendría sentido cuando estuviera vinculada al béisbol, fuera de ahí sería un fracasado, y no había venido al mundo para fracasar.

   Antes de 1959, era conocido en casi todo el país, a pesar de no jugar en la Unión Atlética de Amateurs de Cuba, por el color de su piel; tampoco alcanzó el estatus de profesional. Roberto Mesa, un recio toletero cienfueguero que emigró a Pinar del Río hace muchos años, hizo las gestiones para llevarlo a la matancera Liga Pedro Betancourt. Por allá nuestro hombre no se cansó de dar palos de todos los tipos y colores.

   Si humilde y sencillo había nacido, así cultivó la tierra y las amistades, así jugaba a la pelota. Jamás se le oyó fanfarronear ni subestimar al rival, por débil que fuera, ni tratar de hacer espectaculares los momentos fáciles. Carácter forjado sobre un temperamento más bien flemático, observador, meditativo. Un hombre en el más estricto sentido de la palabra, a la que supo ser fiel.

   Con el triunfo de la Revolución dio un vuelco a su existencia. Se entregó en cuerpo y alma a los nuevos tiempos y se incorporó a la vida militar, en el Regimiento de Pinar del Río. Siempre disciplinado, organizado para sus cosas, elementos esenciales para el buen soldado.

   Jamás se arrepintió de tal decisión, aunque a veces la disciplina le entorpecía el juego de pelota; cosas priorizadas, según los superiores. Aquello lo atormentaba, no concebía dejar de jugar, aunque fuera en domingos y días feriados. Ni protestó ni se insubordinó, con la excepción de aquella ocasión en que, seleccionado para el Occidentales de la Serie Nacional, se encaró a un sargento, exigió el permiso y se lo concedieron.

   De cómo conoció a (Panchita), cruzándose miradas desde la Audiencia del pueblo hasta la casa donde ella laboraba, se ha escrito poco, porque ambos, él y ella, han sido consecuentes con la forma de ser: callada, seria, inmutable. Ella me contó muchas cosas cuando la entrevisté para El Niño Linares, meses después de la conversación con su hombre. Casi todas las expuse entonces, pero guardé algunas para cuando se hiciera público el coloquio, quizás el último a su amado. Aquel romance que fructificó en un par de semillas fértiles, brotó de una mirada. Ella conocía bien al militar y pelotero más famoso del pueblo. Mas no todo fue coser y cantar, si tímida es, más tímido era el enamorado, a quien las palabras se le atragantaban. Pujaban por salir, cuando pidió su mano. Por eso digo que el amor fructificó en un silenciode hechos concretos.

   Muchas mañanas frías, tibias y calientes verían aquellos cuatro ojos morenos que aumentaron a seis en octubre de 1967 y a ocho en 1969. Ellos crecieron bajo la rigidez de una formación a la antigua, sin contemplaciones por parte de la madre, quien tuvo que criarlos prácticamente sola, por las ocupaciones migratorias del padre. Panchita Izquierdo, la heroína anónima de aquella familia, supo llevar a los muchachos por el camino del bien. Con Fidel fundó una familia venerable y venerada, que se irguió por los tres varones, bajo la acertada guía de la hembra; conjunción exacta y distinguida. Sin recursos materiales, solo honestidad.

   Cuando decidió dejar la carrera militar, Fidel se fue a San Juan y Martínez a trabajar en el Inder. Entonces se dio a la tarea de impulsar los deportes, siempre con el béisbol en la punta del colimador. El estadio donde tantas veces jugó, situado a la entrada del pueblo, en la ladera izquierda, estuvo en sus manos para lucir esplendoroso, en unión de casi todo el pueblo. Tirando machetazos con la zurda hacía llorar a las inoportunas yerbas y sudaba copiosamente, como si llegara a tercera después de un sólido triple. Imagen inalterable.

   Fidel Linares Rodríguez había nacido el 24 de abril de 1931 y para los Juegos Centroamericanos de Kingston, Jamaica, en 1962, ya contaba con 31 años de edad, todo un veterano. Allá bateó más que la mayoría, pero Cuba perdió y él no fue feliz. Respondió con firmeza a las provocaciones y agresiones. En 1963 se desarrollaron los Panamericanos de Sao Paulo, en Brasil y también integró la Selección Nacional. No se destacó, pero ganamos, y fue más feliz. Para él lo importante era el equipo y su patria. De todas formas, la vida le deparó conectarle un buen batazo al lanzador norteamericano, que abrió las puertas a la victoria criolla.

   Siempre supo estar “detrás. Si había que tirarle una foto al equipo, era el último en posicionarse, lo mismo cuando subían al ómnibus y a la hora del comedor. Si lo situaban en la alineación era feliz, si el director no lo ponía, era incapaz de quejarse: “él sabe lo que hace…”, solía decir. No se jactó de ser un estelar ni andaba por el mundo prodigando las virtudes de sus hijos, a quienes adoró y dedicó lo mejor y más puro de su existencia. Si usted quería entrevistarlo, no le era fácil, siempre salía con aquello de “vayan a ver a fulano, él sabe de eso más que yo…” Y uno se sentía bien ante un hombre así.

   Para la entrevista que sigue a estas palabras, llegamos en una mañana de carnaval sanjuanero Juan Ramón de la Portilla, el chofer y yo. Nos sentamos en el portal de la casa, en unos sillones de muchos años. La gente pasaba, algunos curiosos se acercaban, pero la mayoría parecía estar acostumbrada. La empatía se estableció de inmediato, comencé a hablarle de otros tiempos, de cuando iba a jugar a las Minas, de amigos comunes fallecidos y en activo. Logré respuestas que le salían del alma, ya con la salud quebrantada. Palabras entrecortadas, casi inaudibles.

Era el 29 de agosto de 1999. En aquel momento nada indicaba que lo perderíamos definitivamente el 9 de noviembre del mismo año, dos meses y nueve jornadas después, ni que el día 10 acudiríamos a su sepelio junto al pueblo de San Juan y Martínez.

   La versión que sigue contempla aquellosmomentos y algunos otros que la vida me deparó junto al fundador de los Linares de Pinar del Río, Cuba y el mundo. Ha permanecido inédita por casi dos décadas. Pienso que llegó el momento.

 

 

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Mayo de 2018

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