Ni Roberto Mancini ni una nueva delantera ni el sentido homenaje que sirvió de prolegómeno al partido entre Italia y Ucrania ayudó para que la azzurra sacara un buen resultado del Luigi Ferraris de Génova.

El partido sirvió para recaudar fondos para las familias de las 43 víctimas que perecieron en el derrumbamiento del puente Morandi en agosto pasado en la capital genovesa, pero ni siquiera el marco emotivo del partido hizo que la selección de Mancini pudiera conseguir la victoria ante una Ucrania muy venida a menos en el último lustro.

 

El seleccionador sorprendió al armar el equipo con un 4-3-3 en el que Chiesa y Bernardeschi ocuparon los extremos, mientras que Lorenzo Insigne –de lejos el mejor wing del país– tomaba la plaza del 9.

Que en un equipo con Inmobile, Zaza o Balotelli, entre otros delanteros seleccionables, deba ser Insigne la referencia goleadora dice mucho de la idea futbolística de Mancini.

La decisión de colocar como punta de lanza al mejor extremo italiano del momento – el mismo que Giampiero Ventura no hizo jugar de titular en el partido contra Suecia que podría haber clasificado a Italia al pasado mundial – no sólo anulaba al del Nápoles, que no está acostumbrado a jugar con tan poco espacio y acosado por dos centrales corpulentos, sino que además limitaba el desborde por banda que Insigne provee al equipo.

El resultado fue un juego espeso de Italia que, a pesar de dominar la primera parte, no fue capaz de reponerse cuando Malinevsky empataba el partido siete minutos después de que el delantero de la Juve Federico Bernardeschi pusiera el 1-0 en el marcador.

La última media hora de juego desnudó por completo lo que es Italia hoy en día: un equipo venido a menos, con jugadores de baja calidad comparados con las generaciones que les preceden y, lo peor quizás, un equipo que parece no tener corazón ni alma para sacar esta situación adelante.

El 2018 se cerrará para la selección con un partido ante Estados Unidos el 20 de noviembre, y hasta entonces jugará dos partidos más de la Liga de Naciones de la UEFA, contra Polonia y Portugal. De momento, y a falta de esos tres partidos, la azzurra sólo ha podido ganar un partido en todo el año; fue ante Arabia Saudí, en un amistoso, y con un marcador de 2-1.

Con el partido ante Ucrania, Italia continúa alargando la peor racha sin victorias en casa de su historia centenaria, con cinco encuentros en la lista ya, mientras que este fue también el octavo partido -precisamente desde la repesca ante Suecia en la que se empató 0-0 y se certificó que se perdería el segundo mundial de su historia – en que el conjunto transalpino recibía al menos un gol en contra.

La cara de Roberto Mancini tras el encuentro transmitía la desolación que existe en el equipo. Ni siquiera el renovado mediocampo, donde Jorginho y Verratti se repartieron el timón, pudo ilusionar a una afición que se está acostumbrado a no ser protagonista, por mucho que esto vaya totalmente en contra de su orgullo histórico de campeón.

En rueda de prensa tras el partido el técnico explicaría que, a pesar del resultado, él estaba contento porque en realidad habían merecido marcar algún gol más, por lo que acabó dejando toda la responsabilidad en los hombros de sus futbolistas, señalando sobre todo a la delantera por su falta de contundencia ante el marco ucraniano.

Lo cierto es que sus palabras sonaban a excusas que un técnico que lleva apenas unos meses en el cargo y está buscando rehacer el equipo tras la debacle pre-Rusia 2018 no debería estar poniendo. A Italia le faltan muchísimas cosas, no sólo acierto ante portería, y quizás la más importante es la ilusión.

Claro, que pedir a Roberto Mancini que ilusione a un grupo puede ser una misión imposible. Quizás por ahí empiezan los problemas de esta squadra.