BARCELONA — España ya no tiene a Puyol. Ni a Iniesta, Xavi, Xabi Alonso, Fernando Torres, Villa o Cesc. Ni a Piqué ni, tampoco, a Casillas. Unos se retiraron y a otros los retiraron, ya fuera en aras de una renovación que se descubre mal entendida o de campañas de dudoso gusto que han acabado desplazando a la selección del lugar que alcanzó hace una década.

Y si se echa en falta la personalidad que tuvo un día con aquellos gigantes que la condujeron a la eternidad, provoca pavor pensar en la recta final de Busquets o Sergio Ramos, los últimos supervivientes de una época que, se teme, no volverá. La ‘España FC’ que un día acuñó Luis Aragonés se teme un simple recuerdo ante el presente de un equipo sin liderazgo futuro, donde el mediocentro del Barça puede perder los nervios de manera incomprensible a la vez que los galones del capitán se diluyen en el campo, arrastrando a los demás a un fútbol de salón pero sin sobresalto ninguno. La España que promete sin cumplir. Otra vez en el callejón de los secundarios.

La brillantez de Ceballos o la irreverencia de Saúl se atascan al lado de la inconsistencia de Isco y el atasco de Asensio. Falta definición en los partidos de alto rango por más que se acomoden en el escenario las goleadas amistosas ante Argentina y Gales o el atropello de Elche sobre Croacia porque tanto en Sevilla frente a Inglaterra o en Zagreb se descubrió ese déficit al que acompaña, por encima de todo, un terrible socavón en defensa, que empieza en la portería y acaba en una zona tan solvente en el pasado como preocupante en una zaga sobrepasada.

Del Bosque decidió en su día apartar del plano a Casillas y le entregó a De Gea un mando que no ha sabido tomar con grandeza. El meta del United no fue capaz de atajar ni un solo disparo en el Mundial de Rusia y su rendimiento no ha mejorado, al contrario, a partir de ahí. La inseguridad que transmite (17 goles en 27 remates) arrastra a una línea defensiva que echa de menos al criticado Piqué, quien dijo basta, harto de estar en el punto de mira por asuntos que nada tienen que ver con el fútbol, y que ha convertido esa zona en un agujero.

Luis Enrique se tragó el orgullo con Jordi Alba pero ni su regreso ha cerrado el grifo y la sangría, por un lado, el otro y por el medio, por arriba o por abajo, ha conducido a una tragedia de dudosa solución.

España siempre fue una digna, muy digna, secundaria en el escenario internacional. Cuando los astros se alinearon, después de su último batacazo en el Mundial de 2006, alcanzó la gloria bajo el mando de un entrenador único y una generación irrepetible. Pero aquel tiempo fue acabándose y el relevo, se ha demostrado, no le da para volver a ser lo que fue. O eso parece.

Y vuelve a la casilla de salida.