Collantes no se “despinta”

16/12/18
5:48 PM

 

Enrique Collantes, uno de los camagüeyanos en las Ligas Menores norteamericanas, repasa las historias de su vida beisbolera entre Cuba y Estados Unidos.

 

 

 

Enrique Collantes no olvida sus mañas con una pelota en la mano. Foto: Oreidis Pimentel

 

 

Quedaba el ligero eco de un pecoso curveador por las tierras rojas del central Jaronú, y su estela de ponches más lejos, detrás de las humeantes torres del San Germán, hoy holguinero ingenio Urbano Noris del otrora gran Oriente. Así eran las notas disponibles del pitcher Enrique Collantes, uno de los camagüeyanos en las Ligas Menores norteamericanas, pero habían pasado demasiados años.

Un documental transmitido en el 2016 permitió dar con la pista del casi olvidado jugador desde que se “perdió” en el Nueva York de 1957. A él le llegó allá, lejos, la noticia del recuerdo perenne en Cuba, lo cual alegró sus días de enfermedad entre los fríos del norte.

Y Collantes luego retornó, aquí estuvo, con su nariz aguileña igual a las fotos de antaño, con una gorra de los Mulos de Manhattan, aunque me dijo que prefería a los Mets, con un acento que me recuerda a los latinos del Bronx, pero la memoria intacta, como si no hubieran pasado más de ocho décadas: “Quedan pocos de mi época”.

Las huellas recientes de las sesiones de hemodiálisis en un brazo no le restan precisión a su otro de lanzar cuando en strikes de locuaz conversación se trata.

El Pinto de Jatibonico

Collantes, o simplemente “El Pinto”, llegó al box como casi todos los buenos pitchers, por el azar de un descarriado juego donde nadie sacaba outs y luego eso fue lo suyo.

“Nací en Jatibonico, en 1934, pero mi padre obtuvo un empleo en la capital provincial, Camagüey, como ferrocarrilero, y vinimos para la barriada de La Vigía.

“Empecé en la escuela superior número 5, como tercera base, pero un maestro me pidió que pitcheara, lo hice cinco innings y me gustó. Luego estuve con Gabriel Mola, en los Tigres de Santa Ana, jugábamos todos los domingos en el campo de Berondo, cerca del Cuartel Agramonte”.

– ¿Entonces dejó los estudios por la pelota?

“Sí. Pasé por la Academia Riverón e iba a entrar a la Escuela de Comercio, pero siempre me iba con muchos equipos por allí. Fíjate que me fui tres meses a jugar con Jaronú por todos los bateyes en la Liga Intercentrales, aunque aquel equipo era muy malo en ese año.

“Eso sí, cada vez que iba a Vertientes, con la novena que fuera, mataba a ese team ¡Creo que en mi carrera gané más de 40 juegos contra Vertientes! No sé qué pasaba con ellos, no me bateaban y eran los mejores, ni ellos se lo explicaban. Allí conocí al mejor primera que he visto en el amateurismo y en el profesionalismo, Bernardo Cuervo.

“Luego el cátcher Osorio vino a buscarme para ir a la Liga Popular, entonces decidí dedicarme al béisbol.”

De un batey a Michigan

 

San Germán fue uno de los equipos campeones de la Liga Popular de Oriente, un circuito amateur entre centrales nororientales, alguna que otra localidad y la representación de las minas de níquel de Nicaro. Ese monarca debía eliminarse con el campeón de occidente para representar a Cuba en el torneo de la American National Congress, en Battle Creek, Michigan.

En 1951 asistió Báguanos, y en 1952 y 1953 San Germán, en cuya primera travesía estuvo Collantes, y en 1954 cerró el ciclo Tacajó.

Nuestro protagonista cobraba 15 pesos semanales en la nómina azucarera, más la comida y una pequeña habitación en la llamada cuartería, o nave para los empleados.

“¡Mano! ¡Yo tengo un récord, 11 ponches por cuatro juegos consecutivos, 44 en total!

“San Germán tenía un buen equipo, aunque yo ahora me acuerdo de pocos nombres. En el campo todos tenemos apodos, por ejemplo, Abril McDillon era «Tinta rápida», Ángel Vinent era «Muñanga», estaban también «Cubano», «Grillo»… Eran buenísimos peloteros, ¡pelamos a los militares del Regimiento 7! De Osorio te digo que se dormía en el dugout ¡Qué bárbaro! Pero era tremendo cátcher, yo me comunicaba con él sin señas, hasta con la vista. Me decía: «¡Candela!», y yo soltaba curva pa’ abajo. Me lo repetía y si el bateador pensaba que era lo mismo lo cruzábamos con recta.”

Aunque le menciono a sus colegas camagüeyanos Rafael Ayala, Miguel Alfredo “Pico” Navarro y Rodolfo Arias, a los que sí recuerda, en la lista solo resurge Julio Portilla, “un negro de 6’4, voz finita y que daba tremendos palos”. No es para menos, este último, del central Francisco, fue a Michigan, y luego a Puerto Rico con los Mulos de Nicaro.

“En la semifinal del 52 ganó «Pico» y gané yo contra el Granados de Cienfuegos. Luego, en la final contra el Regimiento 7, de Columbia, yo obtuve dos victorias. Allí relevé a «Pico» en los últimos cinco innings y di un jonrón con dos en base. Entonces, como es la juventud, de fresco pedí la bola y metí nueve ceros en el segundo. El administrador del central le ganó 10 000 pesos al general del regimiento.

“Ya en Michigan había mucho frío y el torneo fue un desastre. Contra West Virginia di lechada, pero después de ganarle al team Kalamazoo… ¡Nos apretaron los umpires a lo descarado! Le dije a mi cátcher: «No me pidas un carajo, voy a tirar recta al medio para que la canten o la boten». Era bola, bola y bola por más al medio que la tirara… ¡Coño, 14 bases me cantaron!

“Los propios americanos, el público, lanzaban los cojines de los asientos y tuvieron que parar el juego. Nos fuimos todos. Yo siempre he tenido mal genio, entonces llamé al traductor para preguntarle cómo se mentaba la madre en inglés, pa’ gritárselo al ampaya. Al otro día todos los periódicos hablaban del escándalo. Es que no podían dejar ganar a los cubanos y los íbamos a pelar.”

Sobre los criollos se lanzaron como fieras los scouts de los Medias Blancas de Chicago. Algunos firmaron, otros, como Rodolfo Arias, tuvieron la prudencia de esperar a una mejor oferta en Cuba. Collantes fue de esos, pero más que la paciencia, lo invalidaba su corta edad: apenas tenía 18 años y debía esperar por el permiso paterno.

 

Entre Indios y Cowboys

“En La Habana me esperaba en el aeropuerto, con un cartel, el secretario de Bobby Maduro, el dueño del Cerro, de los Sugar Kings y del Cienfuegos. Me convencieron de un mejor contrato con los Cubans, al final una sucursal del Cincinnati, porque era verdad que ellos hablaban español y en Chicago yo no hablaría nada de inglés.

“Después, en México estuve con Estrellas Yucatecas, quienes me pagaban el cincuenta por ciento del salario y la otra mitad los Sugar Kings”, recuenta Collantes.

– Estuvo entre Indios y Vaqueros, Cocoa, en la Florida State League, West Palm Beach, en la Internacional, y luego Tucson, en Arizona ¿por qué tantos cambios desde niveles diferentes como D y B en 1954?

“Cuando ya estaba en West Palm Beach se acabó la plata y me devolvieron al Cocoa.”

– Según la Sociedad Americana de Béisbol Reference fue utilizado mayormente como relevista, aunque otorgó muchas bases por bolas…

“Sí, es verdad, di unas cuantas… ¡Ese año en total yo gané 12 y perdí 5, con 1.65 de carreras limpias! Mi director en West Palm Beach era Gilberto «El Jibarito» Torres, quien fue el que me enseñó a tirar la bola de nudillos, porque alternaba también como pitcher, pero en Cocoa estaba el viejo manager Martin. Cuando llegué por segunda vez me preguntó por los días de descanso. Le dije que dos, me respondió: «hoy tres, mañana ya puede lanzar», y me puso contra Daytona Beach, que en cuatro temporadas nadie los había blanqueado.

“Tony Pacheco, el segunda base cubano, me dijo que esa gente nunca había visto una curva como la mía. Batearon un hit, de machucón. ¡Se cayó el estadio! Me invitaron gratis al mejor restaurant de la ciudad y a una tienda de sport, donde por firmar autógrafos a los clientes me regalaron dos pares de spikes de piel de canguro, carísimos, y dos guantes Wilson.”

-Hay un vacío en su carrera. En el año 55 no lanza, sin embargo, volvió en el 56 a una clase inferior, a la C, en Arizona ¿Qué sucedió?

“Me lesioné el codo… ¡Fatal! Parece que no calenté y al tirar una curva pa’ abajo sentí un tac. No le di importancia, pero al otro día era insoportable. Me tuvieron que operar.”

– ¿Tommy John?

“Peor. Se me astilló un hueso y me cortó el tendón. En el 56 regresé como relevista… ¡Mano, no tenía fuerza en los dedos, se me caía la pelota en el box, incluso al tomar las señas! Fue mi fin. En Yucatán y Mérida me quedé sin fuerzas, no podía hacer más nada. Vine a Camagüey y como quería empleo me fui a Nueva York, hasta hoy.”

Sin tiempo para más

En sus manos de viejo pelotero, le entrego a Enrique Collantes una gastada bola con costuras rojas. Los restos de la arcilla en la piel de la esféride le recuerdan los tiempos del central Jaronú. No olvida sus mañas.

“Si sabes tirar curva, no importa cómo la agarres, pero hay formas en la que te sientes más cómodo, hay que empujar con el dedo pulgar. El cambio lo lanzaba con todos los dedos; no importa si tiras a 100, no te va a llegar a 80. No se pueden hacer movimientos extraños porque te delatas, hay que tirar la recta y el cambio con igual wind up.

“También tiraba knuckleball. Por las dos costuras, en dependencia como aprietes un dedo y aflojes otro, la bola se va sola hacia los lados, no hay que mover el brazo, como en el screwball. La bola nueva, con más brillo, es cuando más efecto toma. A mí no me gustaba ensuciarla con la arcilla, como muchos sí lo hacen para restarle vista al bateador. Yo confiaba en mi arte, el problema del pitcheo es mover la bola, en Grandes Ligas si no lo haces así en dos o tres innings te matan, aunque seas supersónico. Yo lo que más alcancé fueron 88 u 89 millas, a veces 90, no la mantenía, pero la movía mucho.”

– En su primer año en las Menores coincidió con un único cubano en Cocoa Indians, el gran campo corto Leonardo Cárdenas…

“¡Oh, Leo! ¡Un fenómeno! ¡Tremendas manazas! ¡Atrapaba todas las pelotas! Él siguió a otro nivel superior al mío, pero siempre andábamos juntos a pesar de que él era negro. Una vez me fui en un autobús con él, pues yo me quedaba en Coco Beach y él seguía para Orlando.

“Nos sentamos en la tercera fila de una guagua casi vacía y enseguida vino el chofer: «Ey, you are black, get out…Ey, on the back». «¿Ah que te pasa a ti, tú estás loco? ¡Somos cubanos, peloteros!», le dije. Pues no, el tipo decía que los negros para atrás, y me fui con Cárdenas, aunque yo soy blanco. ¡Qué cosa ese racismo! Había bebederos distintos en las gasolineras, baños limpios para blancos y letrinas para negros. ¡Si a mí me contaron que Luque, que era colorado con ojos azules, le decían negro, y es el único cubano con 22 victorias en una temporada!”

– ¿Se mantiene al tanto de la pelota cubana?

“¡Claro, y de todo lo de Cuba! En casa siempre pongo un canal de televisión, Cuba Play. Yo y mi señora vemos novelas, la pelota, el atletismo, lo que pongan…El béisbol actual ha cambiado, hay jugadores que ganan millones y no merecen miles. Hubo una época donde me desencanté del béisbol, sin embargo, tuve el privilegio de coincidir en mi juventud con Tata Solís, Severino Méndez, Ultus Álvarez, Orlando Peña, Oliverio y Roberto Ortiz, y luego entre los veteranos que hacíamos partidos en New Jersey con el Zorro Versalles, Sandy Valdivieso, Edmundo Amorós y Max Lanier.”

La de Collantes, fue una joven carrera cortada de cuajo. En Cuba pasó muchos spring training con los Cuban Sugar Kings, incluso hizo extensas giras por el país, siendo profeta en su tierra, Jatibonico, o bajo las luces del estadio de Morón.

“Maduro siempre me desestimó, me mandaba a las Menores o me decía vete a México, pero nunca me dieron el tiempo que yo quería. Viví mi vida hasta lo que pude, hice lo que pude… era muy sabroso levantarme a las cinco de la mañana, ir a la piscina y nadar, el desayuno, luego correr y más entrenamiento lanzando, y en la noche al estadio.”

Las anécdotas parece que no tienen fin. Es un partido largo y entretenido, mas con lógico fin de una entrevista que pretende repetirse en primavera: Collantes no se “despinta”.

 

Tomado de: Oncubamagazine

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