COLUMNA ‘EL PULSO’

CIUDAD DE MÉXICO — Pep Guardiola ama al Barcelona y el Barcelona ama a Pep Guardiola. Sin embargo, no volverán a estar juntos. Son como esas parejas en las que cada uno elige un destino alejado del otro de forma inexplicable, pese a saber que tomados de la mano serían felices… Otra vez.

Fueron cuatro años de un romance casi perfecto, con escasos altibajos, en el que 13 títulos representaron el premio a la belleza, a un estilo irrenunciable e irrepetible, porque no solo se trató de ganar, el cómo fue igual de importante.

Sin experiencia en la dirección técnica de un equipo profesional, salvo el trabajo en La Masía con juveniles, Guardiola encabezó a una “generación única e irrepetible”, a la que otorgó siempre todo el crédito por marcar un antes y un después en el futbol.

Hay equipos cuya eternidad está por encima de cualquier resultado, y el Barça de Pep es uno de ellos. Era una orquesta virtuosa en la que nadie desafinaba, pese a que algunos de sus artistas tenían mayores notas que otros.

Se marchó el 5 de mayo de 2012. Messi le dijo adiós fiel a su costumbre, sin hablar, pero sí con cuatro goles en un Derbi Catalán.

Se fue porque tiene una fe ciega en los ciclos, y mente y corazón le dictaron que era tiempo de cerrar el más estético de todos.

En alguna ocasión platicó que le gustaría retirarse como empezó: dirigiendo a juveniles en La Masía… Tal vez, aunque suene a utopía, a los futuros Puyol, Xavi, Iniesta o Messi. Nunca se sabe, así como tampoco si se dará el reencuentro entre Pep y el Barça.

Lo cierto es que hoy, con el regreso de Zinedine Zidane al Real Madrid tras apenas nueve meses de distanciamiento, el barcelonismo que tiene memoria y añora los ‘años maravillosos’, siente un poco de envidia, pues tal vez Guardiola nunca vuelva a casa.

El romance perfecto existió, sí, pero no se repetirá.