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En esta era de métricas y participación de audiencias, algunos ven a Cristiano Ronaldo y Lionel Messi como los blancos más fáciles para lanzar sus dardos. Son talentos taquilleros porque generalmente hacen de lo increíble algo rutinario. La mayoría de nosotros lo comprende y aprecia. Quizás no de la misma forma, sin embargo, siempre con un inmenso respeto implícito por lo que hacen en el ámbito del fútbol y con todo derecho, generan mayor conversación que prácticamente cualquier otra figura en este deporte.

A pesar de ello, existe una parte de dicha conversación que es oscura, despiadada y pueril. Una se basa en intentar imponer su opinión sobre el otro, aversión y los insultos, que utiliza las estadísticas y trofeos obtenidos como armas, usan las vidas privadas y sesiones fotográficas como si mantuvieran el puntaje de un juego imaginario de “el mío es más grande que el tuyo” donde ambos (o, mejor aún, sus hazañas) se convierten en sustitutos de sus hinchas.

No se trata de atacar a aquellos que se apasionan un poco en exceso. Es simplemente, el precio que se paga por las cosas que hacen de este un deporte grandioso. Pasión, tribalismo, un escape de la rutina cotidiana, cuando se permite a un montón de gente que quizás jamás has conocido jugar un juego a fin de determinar tu estado de ánimo: los deportes de equipo son todo lo anterior. Todos sabemos (o deberíamos estar conscientes de) la etimología de la palabra: “fan” de fanático, una persona llena de entusiasmo excesivo y obtuso.

Todos hemos estado allí. Nada nuevo bajo el Sol. Los fanáticos se burlan entre ellos. Para muchos de ellos, esto forma parte del ritual. A pesar de ello, hemos entrado en un territorio ligeramente distinto con el eterno debate entre Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Entre los comentaristas más apasionados (que a menudo, son también los más insultantes y/o paranoicos), se encuentran ciertos tipos que no parecen ser hinchas de los equipos para los que juegan o, en el caso de Cristiano, han jugado previamente, bien sea a nivel de clubes o de selecciones, al menos según la revisión básica del cronograma. Y es aquí donde entramos, al menos en el caso del fútbol, en una situación sin precedentes y totalmente desconocida.

Figuras de la talla de Pelé, Diego Armando Maradona o Johan Cruyff fueron convertidas en ídolos y fueron súper estrellas mundiales también; aunque usualmente era mediante los equipos para los que jugaban. Si bien Maradona fue sumamente popular, no ocurrió que un grupo de hinchas del Barcelona se pasaron al Napoli, cuando el argentino pasó a jugar a la Serie A. Pelé está identificado con el que podría ser considerada la selección más grande de la historia de los Mundiales (Brasil en 1970), un club altamente representativo (el Santos) y el New York Cosmos, con todo el alboroto que representaron en los años 70. Cruyff fue la pieza central del “Fútbol Total” pregonado por Rinus Michels en el Ajax y en la selección holandesa, antes de mudarse al Camp Nou para convertirse en una figura intrínsecamente ligada a la marca Barça (una relación que crecería cuando Cruyff se convirtió en técnico del club culé).

No estoy seguro de que pueda aplicarse la misma circunstancia a Messi y Cristiano, al menos en lo que respecta a esta particular sub-categoría de hinchas, que parecen estar completamente obsesionados con ellos. Messi ha pasado 18 años con el Barcelona, ganando todo lo posible a nivel de clubes; sin embargo, éste no se ha apoderado de la marca de su club tal como ocurrió con Maradona en Nápoli o con Pelé y la selección brasileña y el Santos, o incluso con Cruyff con el Ajax y el Barça. Se podría decir algo similar con Cristiano en las nueve temporadas que jugó con el Real Madrid.

Parte de ello podría deberse a que el mundo del deporte se ha globalizado y cambiado. Las súper estrellas son hoy en día marcas propias a un extremo jamás visto en el pasado y los patrocinadores ahora apoyan al individuo tanto como al equipo (o cuidado si más). En ese sentido, estamos en una ruta similar a la trazada por la NBA: dondequiera que vaya LeBron, las miradas y los dólares le seguirán.

Otra parte también podría deberse a que, si bien el balompié sigue siendo un deporte de conjunto (hoy más que nunca, podría decirse), la forma en la cual muchos lo viven y experimentan ha cambiado radicalmente. Antes, no teníamos resúmenes en tiempo real en redes sociales: si querían ver a Maradona o Cruyff, había que sentarse a ver partidos completos. No teníamos memes listos para ser publicados en Facebook, resaltando sus proezas goleadoras, prestos para ser compartidos. Y no existía Instagram. Todo esto se presta para celebrar al individuo más que nunca, particularmente entre cierto grupo de hinchas a nivel global.

También una parte de ello radica a la forma cómo han cambiado las comunicaciones. Tal como mencionamos previamente, las redes sociales permiten que cualquier individuo con un teléfono inteligente se convierta en editor o medio de comunicación. Igualmente, existe una sensación de desconfianza y cuestionamiento de los medios tradicionales dentro de un panorama multicanal, como nunca lo habíamos visto. El apogeo de las carreras de Pelé y Cruyff se produjo antes de mi época y fui niño en plena era Maradona; sin embargo, cuando reviso la cobertura de aquellos tiempos, me queda la impresión particular de que lo que dijera el “experto” en televisión o periódicos era santa palabra para muchos.

A medida que las audiencias masivas han aprendido a tener mayor pensamiento crítico y mientras el fútbol se ha expandido a regiones del mundo donde existen menos medios tradicionales, ese respeto se ha desvanecido. Quizás no sea coincidencia que uno de los temas mas frecuentes en la “Trolósfera” que gira en torno a Messi y Cristiano (una vez descalificado el otro de la forma más cruel) es indicar cómo los medios de comunicación son responsables de subestimar a uno y darle bombos al otro sin parar.

Por supuesto, todo se trata de una vasta conspiración.

El otro elemento que distingue este fenómeno es que existe una rivalidad natural. Uno es el ying del yang del otro jugador. Si bien hemos visto grandes rivalidades deportivas en el pasado (piensen en Magic Johnson vs. Larry Bird en el baloncesto, o Roger Federer vs. Rafael Nadal en el tenis masculino), es extremadamente raro contar con dos candidatos al “Jugador más grande de todos los tiempos” en la misma era. Y ninguno ha llegado a las alturas de sentir hostilidad entre los aficionados de dichos individuos. (Seamos honestos: Roger Federer es un tipo tan agradable que uno se sentiría terriblemente mal si se es súper aficionado de Federer y no se imita la inquebrantable amabilidad de su héroe).

Para muchas personas, existe una tendencia natural a elegir un lado de la discusión y quizás esto se vea magnificado por el hecho de que se trata de dos súper estrellas muy visuales y no verbales. Pelé, Maradona y Cruyff eran divertidos de ver, pero también eran frecuentemente interesantes y entretenidos de escuchar. Las entrevistas con Messi y Cristiano son tan divertidas como una cita con el odontólogo. No necesariamente se trata de que sean menos inteligentes o interesantes que sus predecesores; solo que vivimos en un mundo en el cual el mensaje de los atletas debe ser, antes que todo, visual y de imagen. (Además, existe el hecho de que muchos atletas entendieron hace largo tiempo que no decir nada importante generalmente juega a su favor en el sentido comercial y deportivo)

 

De hecho, ambas figuras son apoyadas en su mensaje visual al hecho que parecen más personajes de caricaturas que gente normal. Messi es diminuto. Cristiano parece una estatua de un dios griego que acaba de cobrar vida. Si los vestimos con sus mejores trajes siguen pareciéndose a Messi y Cristiano. Si vestimos de etiqueta a Pelé y Cruyff, parecen sujetos que uno podría ver en los pasillos de la bolsa de valores de Wall Street. (El caso de Maradona, obviamente, es diferente, porque él es “El Diego”).

Este ejercicio de branding ayuda a explicar su éxito en el ámbito del mercadeo. Es fácil “captarles” de la misma forma que es más fácil entender una película taquillera de Hollywood con muchas explosiones que una cinta independiente brillante pero llena de diálogos como vehículo conductor. Es la misma razón por la cual la primera película vende fácilmente alrededor del mundo y la otra se pierde e la traducción.

Entonces, juntemos todos los ingredientes. Contamos con dos súper estrellas que difícilmente hablan, que parecen salidos de los X-Men y quienes logran hazañas supernaturales en la cancha de fútbol. Le otorga al hincha licencia para proyectar no sólo amor y admiración por ellos, sino otras cualidades que uno desea atribuirles. ¿Padre cariñoso?