Hay que pisar…la base

5.05 pm

 

Por el profesor y peñista honorifico: Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

 

 

Al recuerdo de Yayo

 

El bateador-corredor, con las manos en la cintura, oyó la decisión a pulmón lleno: – ¡Out, no pisó! Las llevó a la cabeza y consciente de la pena cometida, salió cabizbajo hacia el dugout.

   –¿Qué no pisó?

   — Retumbó la voz de Yayo.

Jugadores y aficionados miramos a las gradas por una de las suyas. El inolvidable Rubén, de venas gordas y garganta exclu­siva, presagió un final nada halagüeño en aquella bonita tarde.

En los pueblos pequeños se conocen las virtudes y defectos de sus moradores. La gente habla y conforma sus verdades ajenas, que se tornan versiones de boca en boca, hasta convertirse en bolas. Algunos las persiguen, otros las desechan, los menos prestan oídos y ponen punto en boca.

Que si la mujer de fulano está con mengano y “esperancejo” a la vez. Que sufrió cuando la descubrieron y el de los cuernos verdes la per­donó, porque cualquiera yerra.Se justificó con aquello de que hombres y mujeres pecan, pero reconocen el error y rectifican.

Entonces aparecen los al margen de tales resquicios: –A mí que no me jodan, ese es un tarrú, que no se aparezca más por el estadio. –Nos hace falta, sin él estamos liquidados.–No lo quiero ver más por aquí.

Oí gemir en alguna ocasión al finado Armando Carrejas, hasta que las aguas tomaron su nivel. En estadio de pueblo no hay secretos de peloteros. Se conoce vida y milagro de cada cual, aunque no lo comenten en público. Vida y milagro de cada cual, a la orden del día.

Los fanáticos juegan un papel protagónico. Usted no puede marginarlos, los tiene casi enci­ma, a pocos metros de distancia. Oye cuanto comentan, juran o perjuran. Los conoce tan bien, como ellos a usted.

Yayo González, el hijo de (La China), ya fallecido, fue amigo cercano de mi familia. Está en la galería eterna de la fanati­cada minera. Donde jugó el equipo, estuvo él. Le gustaban las apuestas, y ganar. Eso le gusta a todo el mundo, pero él las estudiaba. Lo mismo iba por Las Minas que por Santa Lucía, si veía mejores posibilidades. Muchos lo consi­deraron un “guerrillero”, epíteto que le endilgan a quienes van contra los suyos.

Algunos llegan más lejos y les llaman traidores, pero él no lo fue, solo que su acentuada perspicacia no le permitía anteponer la pelota a la pasión por las apuestas. Y mayoritariamente ganó, sin importarle mucho lo que dijera la gente, que perdía con más honor, pero perdía. Así se encuentra usted miles de fanáticos.

Las Minas de Matahambre tuvieron buenos momentos económi­cos. Se daban cita vendedores de todo tipo, desde las famosas Lámparas Quesada, hasta agentes de medicina, víveres foráneos, y del patio. De más está recordar que abundaban los burde­les y las casas de juego.

Por allí pasó, antes de 1959, un buen por ciento de las cien mil prostitutas que los datos oficiales ofrecían. El país era un mostra­dor, la fantástica carne femenina se vendía como en los orígenes. En días de pago se estremecían las famosas Cinco Torres, una improvisada posada al aire libre, que hoy llamaríamos ecológica, para amores furtivos. Venía desde la época fundacional del coto minero. Por allí pasamos varias gene­raciones y vivimos sin arrepentirnos.

Cuentan los antiguos que en sus primeros tiempos, cuando no había casas de citas, en intrínsecos parajes se parapetaban hombres y mujeres de toda laya, dinero por medio, para saciar el apetito sexual y económico que vienen dándose la mano desde siempre.

Aquel día, en el estadio, se unieron pelota, fanáticos y el pasado. El juego no era importante, digamos que intrascendente. El manager dio oportunidades a los noveles. En los jardines ubicó al jovencito que pasó por primera sin pisar la almohadilla y pagó su novatada.

Y en ese amasijo de cosas complejas, donde el pensamiento absorbe momentos de mayor o menor trascendencia, tronó la voz de Yayo:

–¡Qué no pisó!  Entonces no salió a su madre.

Tuvimos que sujetar al buen muchacho, herido por su impericia y en el honor maternal. La gente criticó al gritón, pero hubo más risas que otra cosa. La sangre no llegó al río y el recorda­do fanático guerrillero, que aquel día apostó a nosotros, puso una nota discordante de hilaridad.

 

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga.

Julio de 2019.

 

2 comentarios

    • SIEMPRE NARANJA en 22 julio, 2019 a las 8:47 am
    • Responder

    Jajajaja……. Profe como el Yayo hay gente en todos los estadios, así que “no pisó” jajaja……

    Refrescante crónica que une al deporte con la genuina idiosincrasia del cubano…..

    Saludos……..

    • Rojo de Metro en 23 julio, 2019 a las 11:32 am
    • Responder

    Ja Ja Ja Ja Ja. Esta si que no se de donde la sacó. Ja Ja Ja. Como dice Guevara….para guardar.

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