DURANTE EL RECESO de mitad de temporada en 2018, Christian Yelich era un pelotero de 26 años quien primera vez era invitado a un Juego de Estrellas, con cifras muy similares a las que había estado acumulando durante cada año de su carrera, con seis campañas en su haber: promedio de bateo de .292, 11 jonrones, 43 carreras empujadas, OPS de .823. En el primer partido de la segunda mitad de la campaña, conectó tres imparables y desde ese día, ha sido el mejor bateador del mundo, con un OPS que prácticamente iguala perfectamente el alcanzado por Babe Ruth en su carrera y un promedio de cuadrangulares que es considerablemente mejor. De esa primera mitad de campaña sumamente buena pasó a ganar el premio al Jugador Más Valioso. De un receso del Juego de Estrellas al siguiente, fue líder de todo el béisbol en promedio ofensivo (por nueve puntos), jonrones (¡con un margen de 13!) e impulsadas (¡por 27 de diferencia); o sea, fue una triple corona escondida. Ahora, tiene mayores probabilidades de ser exaltado al Salón de la Fama.

Estamos en la era de la súper estrella del cambio de swing: un jugador mediocre talla su swing con un gurú del bateo poco convencional, destruyendo y reconstruyendo su mecánica con el madero, pedazo por pedazo, hasta renacer como un semental del bateo de poder salido de la nada. Pero esa no es la historia de Yelich. Él te puede decir lo que él pudo cambiar durante el receso del Juego de Estrellas; no obstante, sigue confrontando dificultades a la hora de responder por qué cambió su mecánica y con toda certeza, no tenía idea alguna de que algo así fuera a ocurrir. Para él, el bateo fue y es cuestión de tiempos, de desacelerar el juego: el estribillo favorito dentro del mundo del béisbol. Pero en retrospectiva, su explosión con el bate sigue siendo misteriosa, porque muchos de los aspectos inherentes al bateo (especialmente durante los microsegundos más cruciales) son toda una locura.

 

“A lo largo de tu carrera, aprendes mucho sobre cómo es jugar béisbol profesional”, dice Yelich. “Empiezas a entender y escuchar más a tu cuerpo. Aprendes a manejarlo mucho”. Joe Pugliese for ESPN

 

En 1927, mientras iba de gira por el norte del estado de California, Babe Ruth se sentó con un periodista de un periódico de San Francisco para hablar sobre el bateo. “No podría explicarte el secreto que tiene, si lo quisiera hacer”, dijo Ruth. “En muchas ocasiones, nunca veo la pelota. Es cierto. Puedes mirarme de forma extraña, pero te digo que, muchas veces, cuando siento que la pelota se acerca desde cierto lugar, solo cierro los ojos y hago swing”.

La mayor parte de las acciones en el béisbol suceden en explosiones de 400 milisegundos: desde el momento en el cual el pitcher libera la pelota hasta que llega frente al plato. Percibimos el mundo aproximadamente a 80 milisegundos detrás de la realidad (más o menos la cantidad de tiempo que requiere una señal visual para viajar hasta nuestro lóbulo frontal); por eso, para un bateador, esos 400 milisegundos se reducen hasta una cifra cercana a los 300. Asimismo, los 150 milisegundos finales, llegan demasiado tarde para ser útiles: en un estudio japonés conducido en 2016, varios bateadores vistieron lentes especiales que se oscurecían en puntos diferentes del pitcheo. Los bateadores cuyos lentes oscurecían su visión 150 milisegundos antes de que el pitcheo llegara al plato no les iba peor que a los toleteros cuya visión no fue oscurecida (A medida que la pelota se acerca al plato, viaja aproximadamente seis veces más rápido de lo que pueden registrar los músculos de la vista y abandona completamente el campo visual del bateador). Por ende, el toletero quizás cuenta con 150 milisegundos para reconocer el pitcheo, determinar su velocidad y giro, predecir donde y cuando llegará al plato y dirigir su cuerpo de manera acorde mediante una complicada secuencia física en tres partes que, en teoría, conectará un punto determinado de una vara de 3 pies con una pelota que el bateador no puede ver. Las personas normales, en condiciones de laboratorio, requieren aproximadamente entre 700 y 800 milisegundos para identificar un pitcheo.

Si piensan sobre esta tarea, se convierte en algo imposible. Literalmente hablando. En 2012, los investigadores de la Universidad de Columbia midieron la actividad eléctrica dentro de los cerebros de los bateadores, mientras éstos intentaban identificar pitcheos. La investigación concluyó, según un artículo publicado en la revista académica Frontiers in Neuroscience titulado “You Can’t Think and Hit at the Same Time” (“No puedes pensar y batear a la vez”), que los bateadores que tomaban las decisiones incorrectas mostraron mayor actividad en su lóbulo frontal.

Esa es la parte del cerebro que trabaja cuando se está deliberando sobre algo de forma consciente: por ejemplo, cuando elegimos entre tomar café o té, Hawaii o Las Vegas. Los bateadores que tomaron las decisiones correctas mostraron mayor actividad en el giro fusiforme, un área del lóbulo temporal que juega un rol fundamental en el reconocimiento facial y de los objetos.

“Ellos son genios atléticos, en todo el sentido de la palabra. Hablamos de cognición a su máximo nivel”, afirma Jason Sherwin, uno de los investigadores de la Universidad de Columbia y quien ahora es CEO de deCervo, una empresa startup que desarrolló una aplicación de entrenamiento denominada uHIT, que ayuda a los bateadores a reconocer pitcheos de forma más rápida. Pero con respecto a la decisión de hacer swing o no, Sherwin afirma lo siguiente: “creo que se trata de una decisión no deliberada. Si intentas más fuerte, estás dañando el proceso”.

En los momentos durante los cuales sucede la acción del béisbol, los bateadores se convierten, esencialmente, en espectadores. Sería una exageración denominar a la decisión de hacer swing como producto del libre albedrío, porque no se trata de una expresión de libre albedrío cuando identificas un rostro conocido en la pantalla de cine. No es cuestión de voluntad: sólo sucede.

Entonces, para poder regresar al tema de Christian Yelich, he aquí el dilema: el deporte se mueve demasiado rápido, aunque tratar de desacelerarlo de forma consciente es algo contraproducente. Superar esos 400 milisegundos implica dominar cada parte del proceso previo para después dar un salto de fe ciega.

 

“En el béisbol, uno usa las piernas mucho más de lo que la gente piensa”, dice. “No creo que se den cuenta de la cantidad de esfuerzo de torsión y tensión que les pones a diario”. Joe Pugliese for ESPN

 

EN EL DÍA LIBRE previo al inicio de la segunda mitad de la temporada del año pasado, dentro del clubhouse de los Brewers en el Miller Park, Yelich se sentó en su vestidor con una tableta y veía viejos videos de sí mismo descosiendo pelotas. Quería recordar cómo se sentía descoser una pelota.

Los videos vistos por Yelich fueron grabados en el verano de 2016, cuando aún era miembro de los Miami Marlins y los recuerdos que volvían a su mente eran del 3 de julio de ese año. Él y los Marlins se encontraban en Fayetteville, Carolina del Norte, para jugar un partido en noche de domingo contra los Atlanta Braves en la base militar de Fort Bragg. Luego de visitar un complejo de empacado de paracaídas y dar un tour por el puesto de vigilancia de la Armada ese mismo día, Yelich acorraló a los instructores de bateo de los Marlins, Barry Bonds y Frank Menechino, para hacer rutinas de entrenamiento con lances suaves. La temperatura en Fayetteville era de 91 grados Fahrenheit y se encontraban en una carpa improvisada sin aire acondicionado.

Las sesiones en la jaula de bateo entre Yelich y sus entrenadores estaban frecuentemente llenas de tensión, incluso sin contar con el calor sofocante de Carolina del Norte. Los lances suaves de Menechino llegaban muy rápido, con el objetivo de recrear las velocidades en las cuales se deben tomar las decisiones en los partidos. Diseñaba las rutinas con el fin de hacerlas competitivas y se burlaba de sus pupilos para agregar mayor presión. Menechino y Bonds siempre querían ir paso a paso, reforzando los pequeños éxitos alcanzados en el trayecto. Yelich quería ver todo el panorama a la vez. Sus entrenadores querían trabajar en su mentalidad; Yelich quería trabajar en su mecánica de bateo. También pensaban que él era mejor toletero de lo que demostraba y querían que él hiciera cosas que no creía fuera lo suficientemente fuerte para alcanzar.

Yelich había formado parte de la organización de los Marlins por espacio de seis años. Criado en Westlake Village, California, a media hora al norte de Malibú, no provenía de una intensa formación dentro del béisbol. Ni su padre ni su madre habían practicado este deporte jamás y él no sentía pasión arraigada por alguna franquicia del área de Los Ángeles. (Se convertiría en aficionado a los Yankees y particularmente de Derek Jeter). Cuando tenía 7 años, intentó abandonar el béisbol porque no le gustaba ser golpeado por los pelotazos; no obstante, su madre le sobornó para que siguiera jugando este deporte.

Su swing (un golpe nivelado con la mano zurda que ha sido objeto de comparaciones con Mark Grace, uno de los grandes bateadores hacia la barda contraria de los años 80 y 90) le llegó de forma natural. No se puede decir lo mismo con respecto a sentir que éste pertenecía a algo más grande. Yelich se preocupaba constantemente por ser descendido a Ligas Menores, mucho después de que eso fuera una amenaza creíble. Yelich (más amistoso que carismático) es descrito frecuentemente como una persona humilde y esa humildad le viene de forma genuina. En ocasiones, se manifiesta como aversión al riesgo. Tiene la tendencia de rechazar observaciones y consejos que él no solicitó, como un acto reflejo.

Sus coaches en los Marlins sabían que él contaba con mayor poder del que mostraban sus totales de jonrones; lo podían ver en la práctica de bateo y la forma tan fuerte en la cual conectaba sus roletazos. Yelich, de alguna forma, lo sabía también, pero el cambio conlleva riesgos. (Y, siendo justos, nadie pensaba que tenía esa clase de poder, digna de Babe Ruth). “Estaba muerto de miedo”, recuerda Menechino. “Le dijimos: ‘Confía en nosotros. Mantente en este camino. No lo entenderás de inmediato’. No comprendía lo buen bateador que iba a ser. Todos lo sabíamos”.

En este día de julio de 2016, los coaches de Yelich le machacaban la necesidad de “hacer swing hacia abajo”, un viejo consejo del bateo que se ha convertido con mayor frecuencia en objeto de burla por parte de los coaches de bateo más progresistas, considerándolo inapropiado para el deporte moderno. El movimiento que gira en torno al “ángulo de lanzamiento” estaba cobrando auge alrededor de las Grandes Ligas. Una cantidad de veteranos prominentes estaban reconstruyendo sus swings con el objetivo de elevar mayor cantidad de pelotas y aprovechar las pelotas cada vez más vivas que se veían en las Mayores. En esta era fue cuando Yelich se convirtió en una rareza: Conectaba la pelota fuertemente, pero en mayor medida se mantenía sobre el terreno y frecuentemente la enviaba hacia la barda contraria, desperdiciando así su poder natural. Esto no sucedía de forma intencional. Simplemente se trataba de la forma en la cual él bateaba: en parte se debía a su swing y en parte a sus tiempos. Tenía la tendencia de batear “profundo”, sobre el plato, en vez de hacerlo al frente. Podía halar los pitcheos adentro, pero si el envío era por el medio o a la mitad por la esquina de afuera, la terminaba enviando hacia el terreno opuesto. Se le preguntaba a Yelich de forma regular por qué no conectaba una mayor cantidad de elevados para así aprovechar su bateo de poder. Estaba harto de escuchar esa pregunta. Batear una pelota de béisbol ya es suficientemente difícil, expresó, e intentar batear “hacia arriba” podía redundar en que le saliera el tiro por la culata de manera espectacular. “Si no eres lo suficientemente fuerte”, expresó en 2016, “el ángulo de lanzamiento no es tu amigo”.

Entonces, ¿hacer swings hacia abajo? Que consejo tan extraño para uno de los bateadores de roletazos más fiables del mundo. No obstante, esa rutina no trataba de su verdadero trayecto de swing. La idea era trabajar en su mentalidad. “Todos tienen un swing hacia arriba”, dice Menechino. “De hecho, nadie hace swing hacia abajo. Solo es un tema de percepción. Esa rutina tenía la intención de recortar su trayecto, hacer que el codo estuviera más cerca del cuerpo, no ir alrededor de la pelota sino de hacer un movimiento compacto”.

Así fue como Yelich hizo swing “bajo” a todos esos envíos suaves y las cosas comenzaron a tener sentido. Atacaba pelotas por la mitad de afuera y lograba enfrentarlas frente al plato, donde podía elevarlas. Seguía discutiendo con sus coaches (“¿Hacer swing bajo? ¡Estoy conectando elevados!”). A pesar de ello, se lo reiteraban: Sigue haciéndolo, sigue haciéndolo. “Consigues esta mentalidad y las cosas surgen de inmediato, como no me había ocurrido antes”, dice Yelich. “Tu cuerpo, de hecho, no hace lo que tu mente está pensando, aunque se trata de una forma de llegar hasta allí”.

Ese verano, Yelich experimentó el primer incremento sustancial de su vida en lo que respecta al bateo de poder y se dio cuenta de que había atacado tarde a los pitcheos durante toda su carrera. No tan tarde como para no ser exitoso (de hecho, su calidad mostrada en casi todos los demás elementos del béisbol le hacía encontrarse al borde de alcanzar el estatus de All-Star siendo bateador de roletazos), pero sí demasiado tarde para conseguir un punto de contacto que le hiciera batear para poder. “Manejar los momentos es una cosa sumamente difícil de enseñar”, dice Menechino. “Puedes enseñarle cómo prepararse para batear, pero ¿enseñar a manejar los momentos? Es casi imposible”. Es algo que solo puede llegar por la vía del hallazgo y Yelich lo halló, de forma breve y fugaz.

Después, lo perdió. Tuvo otra sólida pero poco notable campaña en 2017 y fue canjeado a Milwaukee dentro de (tal como le gusta decir a Derek Jeter, héroe de niñez de Yelich y actual CEO del equipo) una liquidación hecha por los Marlins. En 2018, se encontró involucrado por primera vez en su carrera dentro de una carrera por el banderín.

Eso era en lo que estaba pensando cuando veía ese video el día antes de comenzar la segunda mitad de la temporada 2018: ¿cómo puedo recobrar esa sensación? ¿cómo puedo manejar mis tiempos de la mejor manera, para así chocar la pelota frente al plato en vez de llevar mi swing hasta lo profundo?

Yelich se fue a las jaulas de bateo del Miller Park. Producto de un antojo, intentó pararse más derecho, acercar más sus pies, las manos un poco más altas, los hombros cuadrados. Así hacía swing en la secundaria y por eso, ese swing no le era extraño. Cuando comenzó a jugar pelota profesional, cambió su swing para abrirse más, con una posición algo mas baja, en parte porque le facilitaba reconocer los pitcheos mucho más veloces que estaba viendo por primera vez. Ahora ya se trataba de un grandeliga con seis años de experiencia. Había visto miles y miles de pitcheos similares. Era mejor a la hora de pensar ante las secuencias que los pitchers tenían mayor probabilidad de utilizar en su contra. Y se encontraba más calmado al plato: ya no corría tanta sangre hacia su cabeza.

Entonces, Yelich se paró más derecho. Con ello, entendió que su “carga” (la fase previa al compromiso físico, en la cual el bateador retrocede un poco para ganar energía) le colocó en una posición para tomar pausa, durante una fracción de segundo, antes de atacar la pelota. Llegaba un poco antes, estaba más equilibrado y listo para avanzar en dirección a la pelota. Las pelotas no llegaban profundo dentro del plato; les conectaba justo en frente. Esto cambió la trayectoria de las pelotas bateadas por él.

Quizás lo más importante era que esta nueva “carga” le permitía creer (mentalmente hablando, en el subconsciente, en los milisegundos cuando su giro fusiforme hacía el trabajo de reconocimiento de patrones para así determinar si podía batearle a un pitcheo) que una mayor cantidad de pitcheos parecían conectables. He aquí lo que quizás sea el elemento más revelador de lo ocurrido después del receso del Juego de Estrellas de 2018: Comenzó a hacer swing a una mayor cantidad de pitcheos temprano en los conteos. En el primer partido de la segunda mitad, tuvo tres turnos al bate con un solo pitcheo (línea para out, doble, triple), la misma cantidad que tuvo durante todo el mes de abril. Sumó la misma cantidad de hits en el primer pitcheo en esa serie a tres partidos que la conseguida en los dos meses previos al receso del Juego de Estrellas. Pasó de ser uno de los bateadores más pasivos frente al primer pitcheo de todo el béisbol a ser uno de los más agresivos. Esto fue, según jura el propio Yelich, un cambio para nada intencional: fue solo el resultado de encontrarse en una posición apta para halar el gatillo. Él nunca eligió hacerlo como parte de una estrategia. Esto no era producto de la labor de su lóbulo frontal. Su cerebro lo estaba eligiendo por él.

Yelich admite que todo lo anterior podría sonar como “una locura”; no obstante, él se mantiene fiel a una regla del bateo: “No importa lo bueno que sea tu swing o los pitcheos a los cuales les haces swing. Si no llegas a tiempo, no le podrás batear”. A medida que seguía haciendo ajustes en las semanas siguientes, se sintió cada vez más y más confiado para atacar pitcheos por todas partes en la zona de strike. Especialmente, hizo swing más frecuente a los envíos afuera, los cuales son precisamente los pitcheos que recibe con mayor frecuencia y con los cuales conseguía con mayor frecuencia los fuertes roletazos (ya ese no es el caso). Ahora, Yelich bateaba mejor que nunca esos pitcheos, haciendo del plan de ataque de los pitchers su mayor fortaleza. Halaba mayor cantidad de pelotas, elevaba más pelotas por los aires, halaba mayor cantidad de pelotas hacia el aire. Niega que se encuentre intentando hacer esas cosas a propósito. “Navega en piloto automático”, dice Menechino en señal de aprobación. “No tiene que sentirlo”.

Algunos peloteros han reconstruido sus swings pedazo por pedazo, de manera deliberada. No obstante, en el caso de Yelich, él necesito hacer exactamente lo opuesto. Cuando él enfrentó su problema directamente a los ojos (demasiados roletazos, no bateaba suficientes elevados), comenzó a dudar de sí mismo. “Por accidente, me topé con algo que verdaderamente me ayudó”.

El coach de bateo envió a su expupilo un mensaje de texto, pocas semanas después del inicio de la segunda mitad: “¿Ahora estás empezando a creer que eres un Hombre?”, “Ni siquiera puedo entender lo que está ocurriendo en estos momentos”, respondió Yelich. “Pero sí lo creo”.

 

“Uno juega béisbol todos los días, así que cada vez que sucede algo, como chocar contra una pared o ser golpeado por un pelotazo, realmente no tienes oportunidad de recuperarte”, dice Yelich. “Simplemente estás aguantando eso por el resto del año”. Joe Pugliese for ESPN

 

EXISTE UNA SENSACIÓN bastante común entre los seres humanos denominado “Fenómeno del lugar alto”. Se trata de esa ráfaga de ansiedad que se puede sentir en la cima de un edificio alto, o a la hora de conducir al borde de una montaña. El mismo que hace sentir que, a pesar de tener una consciente aspiración de sobrevivir, súbitamente alguien salta desde esa azotea o se desvía del camino. El temor de que ciertas partes de tu cerebro que no crees capaz de controlar terminan controlándote.

Así debe ser la vida de un bateador terriblemente exitoso, quien puede llegar a sentir, súbitamente, la desolación producto de que su cerebro (la parte que no pueden controlar) terminará rebelándose para fallar. El bateo es un acto de fe y la fe, dentro de cualquier contexto se encuentra bajo constante reto, siempre vacilante.

Cuando Yelich se para en el círculo de espera o camina hacia el plato, a veces tiene una sensación, una especie de duda en sí mismo, que le dice “no tienes en este momento posibilidad alguna”. “Simplemente, te abandona”, afirma. Al final, tiene la sensación de poder controlar los momentos más trascendentales de su vida. “No sé por qué. La primera vez que te ocurre, te hace morir de miedo”. A veces, esto dura un solo turno al bate. A veces dura semanas. “Y entonces, eventualmente… esto puede sonar estúpido, pero puede ser un solo swing, bien sea en práctica de bateo, en el círculo de espera, un roletazo en un partido, un hit y sientes: ‘Oh, ahí está’. Viene y se va, rápidamente. Por eso, termina siendo algo tan enloquecedor. Hace que mucha gente dentro del béisbol se vuelva loca”.

A final de cuentas, son pocas las cosas producto de su visión en las cuales puede depender un bateador. Y pocas las cosas que puede controlar, aparte de eso: Puede refinar su swing hasta que se haga automático. Puede estudiar sus propias fallas con el fin de entender cómo los lanzadores se le enfrentarán. Puede prepararse para cada enfrentamiento individual para así anticipar cuál pitcheo le lanzarán, y puede aprender a procesar secuencias en los 15 segundos que transcurren entre cada pitcheo, para así enviar simples instrucciones previas a su subconsciente. Puede aprender a distraerse cuando está en el círculo de espera y la sangre comienza a correr hacia su cabeza. Puede desacelerar todo, pero entonces llega un pitcheo, un lanzamiento que puede ver durante 150 milisegundos y el bateador solo puede depender de sí mismo, en busca de una fe que le diga que puede hacer nuevamente algo que ya hizo antes.

 

A veces, Yelich tiene la sensación totalmente opuesta a “no tienes posibilidad en este momento”: El partido parece transcurrir en cámara lenta. Pero esa sensación también desparece y eventualmente, tiene que lidiar otra vez con esa mala sensación. Incluso le ocurre hoy en día, después de haber pasado más de un año con la prerrogativa de ser el mejor bateador del mundo. “Sé esto muy bien”, concluyó Babe Ruth en esa entrevista de 1927: “Un hombre no se puede preocupar y batear jonrones”.

Yelich ha pasado por esto antes, en docenas de ocasiones. Ahora, es capaz de desacelerar un partido. Puede respirar profundamente. Se puede distraer con el plan que diseñó antes del partido para atacar a este específico pitcher y recordar que esa sensación no es real. Puede evitar la paradoja que conduce a tantos peloteros a la locura: la misma que dice que intentar con mayor afán empeora las cosas. Se puede decir a sí mismo, poco convencido y a la vez, de forma útil, que la mala sensación pasará.

Y hasta ahora, así ha sido.