CHICAGO – Corría el 2 de octubre y el otoño ya se había asentado sobre la ciudad de Chicago. Las temperaturas se encontraban alrededor de los 60 grados Fahrenheit, las hojas comenzaban a caer y las multitudes disfrutaban de los cafés ubicados al lado de las aceras cercanas al Loop, disfrutando su último momento de una cena al aire libre antes de que se produjera la inminente llegada del clima gélido. Y yo, ¿qué hacía? Me dirigía hacia el aeropuerto con una maleta. Pronto sabría que ésta pesaba 72 libras. ¿Un peso excesivo? Nada que ver. Era la hora de los playoffs.

Cuando llegué a Houston ese día, la sensación térmica según el sistema RealFeel alcanzaba los tres dígitos en grados Fahrenheit. Durante las siguientes semanas, iba y salía de Houston, mientras que la ola de calor persistía hasta que, eventualmente, cedió para dar paso a la versión de la costa tejana del otoño.

Fui hasta St. Petersburg, Florida, ciudad en la cual, si se caminaba por las aceras del centro durante las tardes, había poca evidencia de que se estaba celebrando un evento deportivo importante. Viajé hasta Nueva York, donde hacía frio, caía la lluvia y el ritmo alcanzaba un nivel que Chicago no puede igualar del todo. Fui hasta Washington, D.C., donde un nuevo vecindario estéril está creciendo alrededor del Nationals Park como si fuera una especie invasiva.

No obstante, siempre regresaba a Houston y al Minute Maid Park hasta que, finalmente, hace aproximadamente una semana, todo llegó a su final cuando unos Astros a los cuales hice seguimiento durante 29 días sucumbieron a manos de los Washington Nationals. En ese momento, la ola de calor se había convertido en un recuerdo distante. A finales de esa noche, después del Juego 7 de la Serie Mundial, una fría brisa soplaba sobre el centro de Houston mientras caminaba por ese trayecto tan conocido hacia mi hotel, con ese morral familiar sobre mis hombros y mi cuello alcanzando lo más alto posible.

En medio de todos esos viajes, había béisbol y sólo béisbol. Realmente, es así de simple. Uno acude a los partidos, escribe sobre ellos y el contexto mayor que les rodea. Durante la postemporada, los relatos cambian con cada resultado final. Difícilmente, existe la oportunidad de darle sentido a todo lo sucedido antes de intentar entender lo que podría implicar con miras al partido o serie siguiente. Los equipos caen eliminados y uno les da sepultura rápidamente, enfocándose en los sobrevivientes, hasta que solo queda uno. Es todo un torbellino.

Actualmente, después de hacer el trabajo preparatorio pendiente con miras a una temporada baja que comienza independientemente de si estamos o no preparados para ella, podemos repasar todo lo que sucedió en octubre y destacar unos pocos elementos que destacaron, más no fueron objeto de la constante cobertura regular. Aquí les ofrecemos algunos de esos comentarios que nos quedaron del mes más exigente, devastador, impredecible, difícil, gratificante y mágico del calendario del béisbol.

1. La calidad de Juan Soto alcanza niveles históricos

Miren, esto ya lo sabíamos. Soto cumplió 21 años durante la Serie Mundial y, según el manager Dave Martínez, disfrutó de su primera cerveza durante la celebración de Washington posterior al Juego 7. Es líder de todas las listas posibles de “peloteros más jóvenes”, tal como se puede esperar de un chico que sumó OPS de .937, 56 jonrones y 7.6 de bWAR en la campaña en la cual tenía 20 años. No obstante, verle jugar este octubre, cuando estábamos en los momentos clave de toda la temporada y la competencia alcanza su mayor nivel, es difícil evitar reflexionar sobre el nivel de juego que Soto puede llegar a alcanzar.

Se trata de algo que va mucho más allá de sus destrezas sobre el terreno: hablamos de su paciencia a nivel de elite, el poder que le hace llevar la pelota a todos lados del terreno, la habilidad de hacer que la pelota choque con el bate cuando él lo necesita. También se trata de su hermética seriedad, su mentalidad intelectual con la cual intenta mejorar constantemente y su comportamiento absolutamente imperturbable en situaciones de alta presión. Ni siquiera el mismo Mike Trout ofrecía pruebas de su calidad de este tipo a una edad tan joven; primero, porque estaba un poco mayor que Soto cuando llegó a las Mayores y porque los Angels no le han dado la misma clase de oportunidad para consolidarse en octubre,

No creo que hubiese escrito lo siguiente antes de octubre, pero en estos momentos, si tuviera que elegir a un pelotero para liderar a mi equipo durante los próximos cinco años, tomaría a Soto. Quizás elegiría a Trout para el próximo año o dos pero, con miras al futuro, no estoy seguro de que otro pelotero tenga la clase de potencial que nos ha mostrado Soto en forma de destellos, dentro de lo que ha sido un inicio brillante para su carrera.

2. Mientras menos pitchers, mejor

La forma en la cual Martínez redujo su staff de lanzadores durante el mes de octubre y aprovechó a sus mejores (y más encendidos) brazos para salir airoso en los playoffs representa el ejemplo más claro de cómo el béisbol de la era actual es un animal muy distinto en los playoffs, comparado al resto de la temporada. Según TruMedia, los pitchers de los Nationals lanzaron 1.086 pitcheos durante los playoffs en situaciones de baja o media presión. De esos lanzamientos, 1.014 (93%) fueron enviados por seis pitchers: Max ScherzerStephen StrasburgPatrick CorbinAnibal SanchezDaniel Hudson y Sean Doolittle.

Hudson es el miembro “extraño” del grupo, considerando su poco historial; sin embargo, cualquiera que haya visto jugar a los Nationals durante las semanas finales de la temporada pudo presenciar como Hudson emergió de las ruinas de un bullpen golpeado como brazo confiable. Martínez necesitaba de cada pitcheo que lanzó Hudson en el mes de octubre, incluyendo el último a Michael Brantley que puso punto final a la Serie Mundial.

Dentro del crisol de octubre, se siente que cada roster de cada equipo tiene verrugas con hematomas que terminan haciendo un furúnculo completo (Relájense, señores dermatólogos… estoy haciendo una metáfora). Al limitar la exposición de tu staff de lanzadores, terminas disimulando esas metáforas. Fue una actuación magistral por parte de Martínez, incluso si lo terminó haciendo por mero producto de la necesidad. Mi única crítica sería que fue Hudson y no Doolittle quien hizo el último out. Tengo mis razones, totalmente egoístas, para sentir dicha reacción.

3. Gerrit Cole fue el as del pitcheo de Houston

Mi candidato para el premio Cy Young de la Liga Americana es Justin Verlander, porque eso fue lo que pensé al terminar la campaña regular. Cierto que yo estaba plenamente consciente de la racha que disfrutaba Gerrit Cole y lo cerca que estaban sus estadísticas generales de Verlander. No obstante, a la hora de tomar una decisión que no se puede fallar, sentía que Verlander había demostrado, con toda certeza, que fue el mejor pitcher de la liga en 2019.

Conferimos los premios basándonos en lo hecho durante la temporada regular; a pesar de ello, después de haber hecho seguimiento a los Astros durante la totalidad de su carrera en los playoffs, no hay duda en mi mente de que Cole es el mejor pitcher en este momento. No se trata de menospreciar a Verlander, en ninguna circunstancia. Sin embargo, había un nivel de comodidad totalmente diferente en Houston cuando Cole estaba sobre la loma, en comparación con el resto de sus lanzadores, incluyendo el propio Verlander.

Cole está a su máximo nivel en la actualidad, y está desempeñándose en un ámbito que pocos lanzadores son capaces de alcanzar. Combina el dominio con la precisión mejor que cualquier otro lanzador del béisbol mayor, con la posible excepción de Strasburg. No sé si Cole logrará alcanzar la longevidad de Verlander, porque pocos lanzadores han podido hacerlo. Aunque, considerando su historial de durabilidad (llegando lejos en los partidos, aperturas hechas, mantenerse fuerte durante el transcurso de toda una temporada), parece estar listo para convertirse en principal candidato al Cy Young todos los años. Además de convertirse en un hombre bastante adinerado.

En lo que respecta a su enfrentamiento con la prensa después de la Serie Mundial, en el cual Cole usó una gorra de la agencia Boras Corporation y adoptó una aptitud al mejor estilo “toma este empleo y métetelo”, realmente no sé que conclusiones tomar. Aunque, si me pongo en su lugar, vi a un atleta, enfadado por el hecho de que su equipo había perdido la Serie Mundial y que se sentía, comprensiblemente, irritado porque no fue utilizado en un esfuerzo para evitar ese resultado y probablemente no pensaba que tenía que ponerse frente a las cámaras y micrófonos por última vez porque, saben, él no participó en ese encuentro.

4. Olvídense de las actuaciones en situaciones de baja presión

A finales de la temporada, hice algunos ejercicios estadísticos que sugirieron que la tabla de posiciones serviría como mejor elemento de pronóstico del éxito en la postemporada si restábamos las actuaciones en situaciones de baja presión. Mi idea era que eso se debía, en mayor medida, a ignorar las estadísticas de jugadores que probablemente no verían acción en octubre.

Hice dichos ejercicios justo después del fin de semana del Día del Trabajador en Estados Unidos (a principios de septiembre), por lo cual aún quedaba una buena dosis de béisbol por jugar en la campaña regular. No obstante, en ese momento, las cifras obtenidas en situaciones distintas a las de baja presión nos sugerían este orden jerárquico en la Liga Americana: Astros sobre Yankees en la Serie de Campeonato de la Liga Americana, Rays y Twins como perdedores en la Serie Divisional de la Liga Americana y Athletics como los derrotados en el partido por el comodín en el Joven Circuito. Muy bien.

Este método no fue tan profético en la Liga Nacional. Los Dodgers habrían vencido a los Nationals (por poco margen) en la Serie de Campeonato de la Liga Nacional, con Braves y Cardinals perdiendo en la Serie Divisional y los Diamondbacks como perdedores del comodín en la Liga Nacional. Entonces, el ejercicio no salió tan bien, pero sí apuntó a los Nationals como favoritos en la Nacional junto a los Dodgers, equipo que, obviamente, dejaron fuera en la Serie Divisional.

Efectuaré otras pruebas al respecto durante el invierno; aunque en este momento, creo que existen suficientes elementos para incorporar este ejercicio dentro del modelo de simulación de temporada que utilizo para generar probabilidades. Y realmente, lo anterior sirve como reiteración de lo que expresé previamente con respecto a los staffs de pitcheo: el béisbol en la postemporada se convierte en algo totalmente diferente. Es diferente, en mayor medida, porque la cantidad de jugadores en cada equipo que intervienen en situaciones de alto impacto es reducida de manera sustancial.

5. Replanteemos las celebraciones.

Tal como lo reseñó mi colega Jeff Passan, estuve presente cuando se desarrolló toda la debacle de Brandon Taubman dentro del clubhouse de los Astros después que estos se impusieron en la Serie de Campeonato de la Liga Americana en Houston. Para decir lo menos: fue algo surrealista ver cómo todo ocurrió dentro del clubhouse del equipo que acababa de conseguir el triunfo.

Esta noticia ha sido ampliamente analizada y con toda razón: hubo varios temas fundamentales que salieron a relucir como consecuencia obligatoria de esa diatriba mal planteada. Hay un aspecto que no ha sido discutido, porque realmente es algo colateral. Ahora que ya tenemos cierta distancia del calor de la controversia, quiero plantear la siguiente pregunta: ¿Es hora de replantear los parámetros de las celebraciones que se desatan en los clubhouses después de una clasificación?

El incidente con Taubman fue extremo, pero toda la situación es una receta para el desastre y siendo sinceros, siempre lo ha sido. Podemos recordar incidentes tales como Deion Sanders bañando reiteradamente a Tim McCarver en el clubhouse de los Braves porque este último había criticado al primero por seguir jugando fútbol americano durante la Serie Mundial. En todas y cada una de estas celebraciones, ocurren cosas increíblemente estúpidas. Hace un par de años, un pelotero arrojó a un veterano periodista dentro de una tina con agua helada. Todos los periodistas pueden estar seguros de que terminarán bañados en champán y cerveza, independientemente de si les gusta o no. Y no pueden evitarlo: su trabajo los obliga a estar allí.

He llegado a esta conclusión con el tiempo y ha sido el producto de encontrarme en dicha atmósfera en varias ocasiones. El problema es que todos los equipos cuentan con uno o dos instigadores. No necesariamente son los mejores peloteros. Usualmente, no lo son. Se trata de algún jugador que ve apenas una parte de la acción en el terreno, quien al menos puede resaltar gracias a su fastidio en las celebraciones, intentando superar lo que él vio en otras “fiestas” similares. Se combina la euforia con beber en exceso y la testosterona furiosa de un montón de atletas veinteañeros y tenemos toda clase de ingredientes negativos en acción.

Y no se trata de que todos los miembros del equipo desean participar. Uno puede ver la expresión de reserva en los rostros de algunos peloteros. Hubo un jugador de los Astros, cuyo nombre no revelaré, a quien estaba buscando después de la Serie de Campeonato de la Liga Americana y que no logré ver durante largo tiempo. Finalmente, cuando se estaba calmando el ambiente, escondió su cabeza y se dirigió a su vestidor. Su uniforme estaba seco. ¿Dónde estaba celebrando?

Me doy cuenta de que lo anterior parece ser el refunfuño de un anciano. Típicamente no soy mojigato con respecto a estas cosas. Pero, cada vez más estas celebraciones se sienten artificiales y tontas. Todas son iguales, equipo tras equipo, temporada a temporada. Y se sigue el mismo procedimiento: se adhieren películas protectoras de plástico a los vestidores, los peloteros reciben gafas de plástico y una dotación sin fin de alcohol. No hay nada original y orgánico en ello. Es obligatorio y un sinsentido. Y necesita que se celebre en un sitio alejado del acceso a los medios de comunicación.